N° 1750 - 30 de Enero al 05 de Febrero de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáIngeniero Comercial, Abogado, Médico, Antropólogo, Ingeniero Agrónomo, Biólogo Marino, Economista y otras tantas profesiones universitarias, corresponden a cada uno de los 23 ministros que acaba de nombrar Michelle Bachelet para integrar su gabinete de gobierno.
Todos ellos son profesionales universitarios y dos de cada tres han realizado estudios de posgrado en el extranjero. Además, de los nueve candidatos que compitieron para acceder a la Presidencia, todos hablaban más de un idioma y varios habían estudiado o trabajado en el exterior.
El gobierno de Bachelet es “de izquierda”, pero muy diferente a la izquierda mediocre, populista y grotesca que gobierna en varios países de la región. Una izquierda que desprecia a la gente formada, a quienes tratan despectivamente de “tecnócratas”, tal como en las peores épocas de la “revolución cultural proletaria” china, donde valía más un analfabeto que un gran científico o un profesor.
En Chile —y aunque a muchos les pese, gracias a Pinochet—, la sociedad aprendió (paradójicamente) a defender valores que son claves para la salud de una democracia: que el Estado administre bien la cosa pública, que la libertad de comercio favorece a los sectores más humildes y que la integración al mundo globalizado es buena para la competitividad y el bienestar de la nación. Esto permitió que, en épocas de bonanza, el ministro de Hacienda ahorrara dinero en vez de despilfarrarlo en “gasto social” y cuando vino la crisis del 2008, ni se enteraron. Tampoco a nadie se le ocurre poner un cepo al dólar y menos aún fijar el porcentaje de ganancias que debe tener una empresa, como sí hacen Argentina y Venezuela.
Uruguay no termina de aprender la lección. No la aprendió durante los 12 años de dictadura, ni durante los 29 años siguientes que nos traen hasta el día de hoy. Seguimos eligiendo a nuestros gobernantes por sus habilidades de “hablar lindo”, sin tener en cuenta sus capacidades gerenciales. Valoramos más que sean “pobres” a que estén bien formados académica y laboralmente. Vale más la experiencia como sindicalista que como empresario. Luego nos sorprendemos cuando cae Pluna, donde los errores cometidos por grandes ineptos terminan costando millones a grandes inocentes.
Basta comparar este nefasto caso con el rescate de los 33 mineros en Chile. La eficiencia, la organización y la buena ejecución mostradas por gobernantes, técnicos y operarios, realmente sorprendió al mundo. Chile pudo mostrar que ante la adversidad supo actuar con temple y hacer de ese fracaso un éxito. En Uruguay sucede todo lo contrario, donde el Estado no es capaz de brindar en forma decente ni sus más básicos servicios esenciales.
¿Hasta cuándo los uruguayos van a seguir tolerando la ineptitud, lo grotesco y lo improvisado en sus gobernantes? ¿Cuándo vamos a mirar un currículo antes de poner el voto en la urna?
Bachelet no es “neoliberal”, ni “imperialista”, ni “oligarca”. Pero es una estadista que entiende que con una “barra” de inútiles no va a poder gobernar para los menos preparados, los menos inteligentes y, por lo tanto, los más necesitados.
Por eso, Bachelet tiene el coraje de nombrar a los más capaces, no a los más “populares”, ni a los más mimetizados con las carencias intelectuales de las mayorías. Hace lo que hace un estadista, no un populista: eleva las miras de las masas y las guía con líderes preparados para ciclópea tarea.
¡Qué diferencia con los uruguayos!