N° 1892 - 10 al 16 de Noviembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDilma Rousseff estuvo rodeada de malandras desde antes de asumir la presidencia de Brasil, cuando el presidente era Luis Inacio “Lula” da Silva. Malandra es el vocablo que identifica a tramposos, delincuentes y a quienes meten la mano en la lata. En sus dos presidencias fue electa en forma tan elocuente como la vista gorda que le hizo a la corrupción.
El destape comenzó en 2004. En 2012 fue procesado José Genoino, ex presidente del Partido de los Trabajadores (PT), principal soporte de Rousseff y de “Lula”. Ese caso involucró a malandras del PT y de otros partidos y se denominó “Mensalão” por las grandes mensualidades con las que el gobierno sobornaba para comprar votos de legisladores. Es el mayor caso de corrupción en la historia del Poder Judicial de Brasil. Continuó con evasión de divisas, desvío de dinero del Estado, peculado y enriquecimiento ilícito. No en vano en agosto Brasil ocupó el puesto 76 del “Indice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional”, sobre 168 países.
Mientras en 2014 un huracán sacudía la economía del país, estalló la corrupción en la mayor empresa estatal de América Latina: Petrobras. Cayeron integrantes del gobierno y empresarios: 45 procesados. La Fiscalía acuso a “Lula” de lavado de dinero y enriquecimiento ilícito. La investigación se extendió a otros bienes que presuntamente utilizó el ex presidente para lavar dinero, entre ellos una lujosa casa en Punta del Este.
Cuando en marzo “Lula” comenzó a ser cercado por la Justicia, Dilma intentó blindarlo con un cargo en el gobierno para asegurarle inmunidad. Una matufia pergeñada por la presidenta con un ropaje legal que impidió la Justicia.
En Brasil la ética y la decencia política se caen a pedazos, tanto en el gobierno como en la oposición. La Corte Suprema abrió una investigación sobre el nuevo presidente Michel Temer y varios integrantes de su gabinete.
La presidenta no fue acusada por haberse apropiado de dinero del Estado o de particulares, ni por haberse enriquecido o sobornado. No hay pruebas de su dolo. Hay en cambio otros indicios. Es bueno recordar que en 2005 asumió como ministra de Minería y Energía y fue presidenta del Consejo de Administración de Petrobras, cargo en el que permaneció cuando “Lula” la ascendió como jefa de su gabinete civil. ¿Alguien puede creer que con su amplia experiencia política y de gobierno de casi medio siglo y su idoneidad como economista ni siquiera sospechó lo que ocurría a su alrededor? El PIT-CNT, el Frente Amplio, algunas organizaciones sociales y el gobierno le creen. Tal vez suponen que es tonta y no lo dicen. Lo cierto es que el respeto por la ley importa poco. Tan poco que fue designada Ciudadana Ilustre de Montevideo. ¡Vaya ilustración!
Fue destituida el 31 de agosto en un proceso con todas las garantías durante el cual se siguieron fielmente los artículos 85 y 86 de la Constitución de Brasil. Fue el fin de 13 años de gobierno del PT.
En ese juicio político se le imputó haber usado fondos de bancos públicos para emparchar programas del gobierno, lo que está prohibido por la Ley de Responsabilidad Fiscal. Aunque antes se habían encendido luces de alarma ella se sentía impune y siguió adelante. Dejó de lado la ley y optó por simular un mayor equilibrio entre los ingresos y los gastos.
¿Que esa imputación es algo menor en un temporal de corrupciones? Tal vez. ¿Que fue un golpe de Estado? De ninguna manera, la votación fue libre y dentro de la legalidad. ¿Que fue una maniobra política de la oposición? Probablemente, y no es proporcional el castigo con la infracción, pero no se avasalló la Constitución.
Aquí fue homenajeada y ensalzada. En cada discurso se hizo una apología de su vida y gestión. También la recibió fuera de agenda el presidente Tabaré Vázquez.
Resulta patético que haya dicho que vino para defender la democracia que “está corriendo un grave riesgo en nuestra región”. Es para quedarse atónito. Llegó para darnos un cursillo de democracia cuando ella deja de lado que la democracia también vale cuando se sufren reveses políticos.
Dilma se erigió como un símbolo: “En Brasil, por ejemplo, fue concretado un golpe sacando a una presidenta” que fue electa por “55 millones de votos (…) no es verdad que no hubo un golpe…”. No dijo que su destitución se basó en la ley y la Constitución, parte medular de cualquier sistema democrático en el que lo jurídico debe estar por encima de lo político.
La prueba de que su objetivo y el de quienes la invitaron es puramente ideológico surge de su alerta por los reveses que están sufriendo los gobiernos aliados de la región: en el hemisferio sur “vemos una tentativa de retroceso, de volver a una situación pasada”.
Resulta sorprendente que una ex guerrillera que fue torturada por una dictadura que entre 1964 y 1985 arrasó con la Constitución de su país, ahora reclame que no se le aplique la Constitución. Como ocurre a veces en Uruguay.