N° 2071 - 14 al 20 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáBuenos Aires, sábado 22 de junio de 1918. Una llovizna calaba los huesos. Alrededor del mediodía los termómetros marcaban 2 grados bajo cero, pero pasadas las tres de la tarde esa llovizna se convirtió en nieve y la temperatura descendió a 3,5 grados bajo cero.
Durante 45 minutos cayeron gruesos copos que volvieron blanca la ciudad y, aunque la intensidad de la nevada disminuyó, persistió hasta la mañana del domingo.
Fue la primera vez que nevó en la capital argentina. Revisando diarios de la época, se advierte que varios periodistas exagerados vincularon el fenómeno con el esperado fin de la I Guerra Mundial, que ocurrió cinco meses después; tampoco alcanzaron los adjetivos para describir las reacciones de la población: es que muchos, pese al frío, se dedicaban a armar muñecos toscos y otros se metían nieve en los bolsillos para llevar a casa.
Durante días, en tranvías, cafés y oficinas no se habló de otro tema.
Y entre las curiosidades surgidas se destacó una escultura de casi dos metros de altura que unos jóvenes levantaron en San José y avenida de Mayo, representando a una mujer pasmada de frío.
Hubo otra consecuencia, vinculada al tango.
Agustín Bardi, apodado el Chino, pianista, violinista y compositor destacadísimo de la primera etapa de la evolución del tango, ese día había ido al hipódromo de La Plata junto con sus amigos Castello y Fiorito. La nevada interrumpió el programa, iniciado a media mañana, pero los tres, que viajaban en un añejo Ford T, decidieron, sin arredrarse, comer en una parrillada cercana y desde allí observar el panorama. Al retornar a Buenos Aires, a la altura del parque Pereyra Iraola, el auto sufrió un desperfecto y se detuvo; decidieron esperar en su interior a que amainara la nieve para buscar algún tranvía cercano, mientras comentaban el extraño acontecimiento.
Desde la obligada parada, Bardi no habló. Quedó absorto, ensoñado y, de pronto, comenzó a silbar la melodía de un tango. Aunque quisieron interrumpirlo, el músico no se detuvo hasta que pudieron abandonar el vehículo. Luego, caminata, tranvía y despedida.
Pasaron los días, quizás dos semanas, hasta que Bardi se encontró casualmente con su amigo Eduardo Arolas y fue entonces, café mediante, que confesó que mientras la nieve caía, en el interior de la cachila se le había ocurrido aquella melodía. La silbó para Arolas y este, celebrando la creación, le preguntó si tenía nombre.
—No… —dijo Bardi.
—Ponele ¡Qué noche!, Chino… ¿Qué otro título mejor?
O sea que fue Arolas, “el tigre del bandoneón”, quien bautizó este tango instrumental, que figura entre lo mejor de la producción de Agustín Bardi y está incorporado a la más elaborada creación de la primera etapa de la Guardia Vieja, junto con, entre otros, Gallo ciego, Lorenzo, El rodeo, Vicentito —su tema inicial—, Nunca tuvo novio, La última cita, Tierrita, Chuzas, La racha, No me escribas, Se han sentado las carretas y Pico blanco.
Bardi fue, quizás, el mejor melodista del tango que se abrió a la renovación, aun en tiempos de mucho apego a lo tradicional. Nació en Las Flores, Buenos Aires, en 1884 y murió en Barracas. Su fallecimiento se debió a un inesperado ataque cardíaco, cuando caminaba a pocas cuadras de su casa. Dejó inconcluso el tango Sus últimas notas —así titulado por su hijo Carlos—, cuya partitura terminó el maestro Julio de Caro, y permanecen inéditas unas 30 obras por una nunca explicada decisión familiar.
Hay gran cantidad de versiones grabadas por distintos intérpretes de ¡Qué noche!, entre las que es justo recordar las de Roberto Firpo, Julio de Caro, Juan D’Arienzo, Osmar Maderna, Juan Polito, Osvaldo Fresedo, Ricardo Tanturi y Osvaldo Pugliese.
Acerca de la histórica nevada, hay otra circunstancia que paga la pena recordar.
El día anterior, mientras tambaleaba el gobierno de Hipólito Irigoyen, no había habido sesión del Senado, se había autorizado la impresión de billetes de 50 centavos, hubo un tiroteo en pleno centro de Buenos Aires y los estudiantes porteños manifestaron en apoyo a sus compañeros cordobeses contra la reforma universitaria.
El sábado también hubo un lado oscuro: cinco linyeras y un pescador murieron a causa del intensísimo frío.
Pero, de todos modos, esa noche helada por la nieve, Alfonsina Storni leyó sus poemas en el Ateneo, en el Coliseo bailó Ana Pavlova y los hermanos Podestá llenaron el Politeama.