Nº 2118 - 15 al 21 de Abril de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs común en el tango que cuando un músico y un letrista acuerdan componer una obra, trabajando juntos o por separado, y aun en circunstancias en que el acoplamiento no sea perfecto ni los satisfaga totalmente, ambos, al registrarlo y entregarlo al público lo describan de un modo que coincide en el objetivo esencial de la creación.
No obstante, hay un tema emblemático de dos artistas míticos incorporados a la gran historia del tango que, en públicos dichos, dieron visiones tan diferentes que convirtieron a su creación casi en una polémica. Es el caso de Malevaje, de 1928, cuya música pertenece a Juan de Dios Filiberto y los versos a Enrique Santos Discépolo.
Un año después del estreno, en un reportaje concedido a La Nación, Filiberto declaró: “Quise dar la nota fuerte del hombre del suburbio, que espera a la mujer que lo ha citado en una esquina y el tiempo pasa y no viene y comienzan las sospechas (…) pero como es hombre y malevo no llora, sino que ruge, como he querido que rujan las notas del tango”.
Largo tiempo después, en 1950, un año antes de morir, Discépolo, en una larga nota para Clarín, fijó una disidencia sustancial: “Este tango primero fue un silbido. Antes de escribirlo lo fui silbando. El silbido es el lenguaje del barrio (…) Yo quise escribir algo que fuera una glosa de esa costumbre típica del arrabal (…) A mí, al principio, este tango no me gustaba porque no había pensado un canto malevo, más allá de que el título se lo puse yo. Pero luego, para la gente, parece que letra y música combinaban bien y, bueno, ¿quién se resiste a un éxito…?”.
Más allá de esta especie de contradicción, lo que suena más desacomodado con la realidad es la versión del poeta. Basta recordar la letra que compuso, más allá de aquel “origen en el silbido”:
¡Decí, por Dios!, qué me has dao / que estoy tan cambiao… / ¡no sé más quien soy! / El malevaje extrañao… / me mira sin comprender, / estoy perdiendo el cartel / de guapo que ayer / brillaba en la acción… / No ves que estoy embretao, / vencido y maniao / en tu corazón (…) Ya no me falta pa’ completar / más que ir a misa / e hincarme a llorar…
Malevaje lo grabó Azucena Maizani en setiembre de 1928 para Odeón, con el piano de Enrique Delfino y la guitarra de Manuel Parada, y lo estrenó en público al mes siguiente en el teatro Astral con la orquesta de Francisco Pracánico. En el teatro, junto a Malevaje cantó Aquel tapado de armiño, Haragán, Pero yo sé –de su propia autoría–, Alma en pena, Nelly y Marioneta, notándose que la mayor repercusión fue para el tango de Filiberto y Discépolo.
En esos momentos, Carlos Gardel estaba viajando, razón por la cual recién lo grabó en marzo de 1929, con sus habituales guitarristas y en París.
Las versiones llevadas al disco son incontables, destacando entre las más notorias las de Charlo con la orquesta de Canaro –que la repitió dos días después acompañado por Francisco Lomuto–, Ignacio Corsini, Roberto Firpo, sólo instrumental, Tania, Virginia Luque, Ángel Paya Díaz con la orquesta de Salgán, Hugo del Carril, Héctor Mauré, Edmundo Rivero y Roberto Goyeneche.
Hubo otra curiosidad. Dos años después de grabado, Filiberto registró la obra en la editorial Pirovano, oportunidad que aprovechó para imprimir, sin conocimiento de Discépolo, la siguiente dedicatoria personal: “Al pintor de Puente Alsina, César Pugliese, gran amigo y compañero de la vida bohemia, cariñosamente”.
Y no fue la única rareza.
Tras el estreno, Azucena Maizani, estimando que, pese al éxito, hubo cierto apresuramiento, quiso volver a cantarlo el Día de la Primavera –por extensión, en Argentina, el Día del Estudiante– y fue con Discépolo a casa de Filiberto para convencerlo de que la acompañara con su orquesta. El músico andaba por el barrio con su armonio a cuestas, como cuenta Oscar del Priore, actuando en la calle para los estudiantes. Al retornar, enterado del deseo de Azucena, la obligó a ir a una plaza cercana, convocar a la muchachada, y regalarles la versión de Malevaje, que la cantante, entre cientos de jóvenes debió repetir varias veces, lo que calmó su enojo inicial. Una historia repleta de vaivenes, tal vez ignorados por la mayoría de los gustadores del tango.
Ahora bien: que algo fuera de lo común hubo en todo esto surge un hecho que se eleva, al menos, como supuesta prueba. Fue el único tango que en toda su vida escribieron juntos Filiberto y Discépolo.