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    ¿Salvará el FMI el gradualismo de Macri?

    N° 1968 - 10 al 16 de Mayo de 2018

    Acorralado por una incesante salida de capitales por parte de inversores del exterior (según manejan las autoridades argentinas, hasta ahora las empresas, bancos y particulares residentes no han retirado fondos del mercado local), el presidente Mauricio Macri anunció el martes 8 que Argentina buscará negociar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para intentar continuar con la actual estrategia económica “gradualista”, o lo que quede de ella.

    El mismo día, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, y otros funcionarios viajaron a Washington para comenzar, ayer miércoles 9, las conversaciones para obtener apoyo financiero por entre US$ 22.000 y US$ 30.000 millones, aunque tanto el monto como el tipo de préstamo (una línea de crédito “flexible” o una más tradicional vinculada a un acuerdo stand-by) no están definidos aún, como tampoco las exigencias que pondrá el FMI. Según estimó el propio Dujovne, las negociaciones con el organismo demandarán entre dos y tres semanas, que seguramente serán de alta volatilidad en los mercados financieros argentinos dependiendo de las noticias que vayan llegando desde Washington, así como en el frente interno.

    A nivel doméstico, el gobierno argentino tomó diversas medidas para intentar contener la “corrida” cambiaria y la fuga de capitales, con muy escaso éxito hasta ahora. En la primera línea de lucha, como suele ocurrir en episodios de este tipo, ha estado el banco central, primero vendiendo cuantiosas cantidades de dólares en el mercado contado, luego subido en 1.275 puntos básicos (de 27,25% a 40% anual) la tasa de interés de referencia para la política monetaria en cuestión de una semana, y más recientemente vendiendo dólares en el mercado futuro. A pesar de eso, ayer el billete verde perforó los 23 pesos.

    También en lo local, Dujovne anunció que el gobierno apuntará a una meta de déficit primario de 2,7% del Producto Bruto Interno (PBI) para este año, en lugar del 3,2%. De la mano de eso, el gobierno logró que el Congreso aprobara la ley de mercado de capitales, clave para las aspiraciones de Argentina de volver a ser calificada como “mercado emergente” en lugar de “frontera”, y con ello que las empresas locales potencialmente puedan conseguir financiamiento del exterior en mayor cantidad y en condiciones más favorables.

    El recurrir al FMI es el último recurso del gobierno argentino para poder continuar con su estrategia de ajuste gradual de las cuentas fiscales y en general de los desequilibrios macroeconómicos heredados, ante el contundente mensaje de los inversores privados del exterior en el sentido de que no están dispuestos a continuar financiando lo que el economista argentino José Luis Espert gráficamente calificó como “kirchnerismo de buenos modales”.

    Es que si se quiere continuar gastando por encima de las posibilidades, alguien tiene que estar dispuesto a financiar ese mayor gasto. Hasta hace algunas semanas, los inversores del exterior parecían no tener mayor problema en prestarle dinero a Argentina, pero ahora ya no, por lo que si se quiere seguir por el mismo camino hay que recurrir a alguna otra fuente de financiamiento, y la única que queda disponible es el FMI (que, además, en caso de efectivamente otorgarle un préstamo a Argentina, lo haría a tasas de interés mucho más bajas que las del mercado).

    Desde el punto de vista técnico, es claro que el actual esquema económico argentino tiene una gran debilidad, por la coexistencia de un alto déficit fiscal y de cuenta corriente de la balanza de pagos, con una moneda fuertemente apreciada, todo lo cual requiere de un endeudamiento externo creciente, financiamiento que hoy no está disponible de manera voluntaria. El FMI podrá aportar fondos, pero, como cualquier banquero, lo hará con condiciones para tratar de asegurarse que le devuelvan la plata. El organismo no está para financiar la continuidad de la fiesta, mucho menos para que la misma sea más alegre sino todo lo contrario, siendo su contribución la de que el inexorable ajuste a la realidad se pueda hacer de manera más ordenada y sin sobresaltos.

    Cuando se recurre al FMI es porque uno se ha puesto en una situación en la que tiene que elegir entre Guatemala y Guatepeor, o entre un ajuste ordenado y uno caótico, pero siempre es sintomático de que la fiesta previa se terminó. Y esa es la situación en la que está Argentina en la actualidad. De una u otra manera, el tipo de cambio real de Argentina va a mejorar (o, dicho de otra forma, se va a volver más barata en dólares), el déficit fiscal se va a achicar (sea porque se deba recortar más la inversión de lo que anunció Dujovne hace unos días o porque se deba acelerar la recomposición de las tarifas públicas, o debido a que se deban recortar otros gastos o subir impuestos), el déficit de cuenta corriente se reducirá (por el abaratamiento en dólares y por la desaceleración del nivel de actividad), y el crecimiento económico se va a enlentecer, en el mejor de los casos (por el mayor recorte del déficit fiscal y el enfriamiento del consumo y de la inversión).

    Desde el punto de vista de Uruguay, parece bastante claro que de ahora en adelante la influencia de Argentina pasará a ser no tan favorable (en caso de que haya acuerdo con el FMI y el ajuste sea ordenado) o podrá convertirse directamente en negativa (si no hay acuerdo con el Fondo o se produce un ajuste caótico con una devaluación brusca y caída del nivel de actividad). En consecuencia, seguramente las expectativas de crecimiento del PBI y de empleo deberán ser revisadas a la baja, al tiempo que las proyecciones de inflación, devaluación y déficit fiscal deberán ser ajustadas al alza en una magnitud que dependerá directamente de que Argentina logre o no un acuerdo con el FMI. Nuestra versión criolla de “gradualismo” también aparece cada vez más comprometida.