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    ¿Ser o no ser? Notas sobre el Partido Colorado

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2212 - 9 al 15 de Febrero de 2023

    No hay forma de explicar el pasado del Uruguay sin el Partido Colorado. Por buenas razones (es un bastión de la coalición de gobierno) y algunas malas también (cada tanto, también es un dolor de cabeza para el presidente Luis Lacalle Pou), no hay manera de entender lo que pasa hoy en la política uruguaya sin el Partido Colorado (PC). La reciente e impactante renuncia de Adrián Peña volvió a poner sobre la mesa el manido tema del futuro del viejo partido de la Defensa. Desde mi punto de vista, el destino de los colorados no está escrito. A pesar de todos los pesares, de renuncias y errores, de las crisis de liderazgo tan bien analizadas la semana pasada por Andrés Danza en su columna, los colorados no están condenados a la irrelevancia o la desaparición.

    Antes de argumentar por qué el futuro del PC no está escrito, y dando por bueno el argumento de Danza, quiero detenerme en otros tres problemas. En primer lugar, en la notoria reducción de su estructura. El gráfico es muy elocuente. Si la medimos en número de cargos en el Parlamento, la estructura del PC se redujo a la tercera parte entre 1984 y 2019: de 13 senadores a 4, de 41 diputados a 13. El PC también retrocedió de modo notorio a nivel departamental. Llegó a tener 13 Intendentes después de la dictadura; hoy, apenas uno. La crisis del 2002, como todos sabemos, fue un golpe devastador. El PC pareció recuperarse en 2009, pero volvió a caer en las dos elecciones siguientes, pese a tener dos candidatos a la presidencia con perfiles personales y discursos políticos completamente distintos como Pedro Bordaberry y Ernesto Talvi. Tener líderes, o buenos candidatos, es muy importante. Tener estructura también lo es. Entre ambos factores hay una circularidad difícil de romper. Si la candidatura presidencial no funciona, el partido votará mal y no podrá incrementar su estructura. A su vez, un partido con una estructura reducida, tendrá dificultades para impulsar a su candidato a la presidencia. Difícil, no imposible.

    El segundo gran problema adicional del PC son los demás, es decir, sus competidores. El PC es un partido chico, con pocos cargos, con problemas para generar y consolidar nuevos liderazgos. Recuperar terreno electoral no le resulta fácil, además, porque tiene adversarios muy buenos y fuertes. La elección de 2014 ofrece un excelente ejemplo de hasta qué punto el desempeño de un partido depende de la oferta de los demás. No hay cómo demostrarlo. Pero hay buenas razones (entre ellas, datos de encuestas de la época) para pensar que, si Lacalle Pou no hubiera sido el candidato nacionalista en 2014, el PC hubiera acortado la diferencia con el Partido Nacional. Tan importante como la estructura del partido es la de la competencia electoral. En el interior del país, el PC compite esencialmente con el Partido Nacional, el partido del campo por excelencia. En las ciudades más grandes, tiene otro adversario espectacular: el Frente Amplio. Cuando intenta moverse al centro, además de fracciones frenteamplistas y nacionalistas, se topa con el pequeño pero firme Partido Independiente. En la última elección le apareció, colmo de males, un rival que empezó por la derecha, pero viene amagando hacia la izquierda: Cabildo Abierto.

    Liderazgo, estructura, competencia. A estos factores, hay que sumarle que no resulta sencillo para los “socios menores” de la coalición de gobierno competir con el “socio mayor”, es decir, con el partido que la lidera. Para que el gobierno tenga éxito, para que la mayoría de la opinión pública tenga buena opinión de la gestión y, en consecuencia, la coalición pueda ser reelecta, los “socios menores” deben cooperar y minimizar las críticas al presidente. Al mismo tiempo, sin subrayar las diferencias, sin argumentar por qué una coalición liderada por otro partido podría ser todavía más exitosa, los “socios menores” no podrán incrementar su caudal electoral. En síntesis: competir con el partido del presidente cuando se integra una coalición está lejos de ser sencillo.

    Liderazgo, estructura, competencia, coalición. El panorama no es sencillo. Sin embargo, los partidos, en última instancia, dependen de sí mismos. El contexto podrá ser más o menos favorable. Pero el futuro está en las manos de los dirigentes y activistas. Empecemos por candidaturas y liderazgos. Todo indica que hay muchos dirigentes dispuestos a hacer el gasto de ingresar al ruedo electoral. El PC precisa tener una primaria interesante, atractiva, para llegar a octubre de 2024 con chances de mejorar su votación. Asigno gran importancia, en este sentido, a la decisión de Bordaberry, dado su peso político y su trayectoria. Pero el PC precisa varias precandidaturas atractivas. Con una no alcanza.

    Para recuperar terreno, además, el PC tiene que ser capaz de narrar mejor su historia. Uno de los errores de la, por momentos brillante, campaña de Talvi, fue el no hacer una defensa persuasiva de toda la tradición colorada. Evocaba el “primer” batllismo. Invocaba a Jorge Batlle. Pero, para crecer, el PC debería presentarse frente al electorado como lo que ha sido, el principal titular del gobierno en la historia de la democracia uruguaya. Julio María Sanguinetti, en su obra La fuerza de las ideas, propuso, en ese sentido, un guion muy potente (por cierto, también discutible).

    Los colorados tienen una historia para contar. No es la historia de las revoluciones por la libertad de los blancos. No es la historia de la resistencia a la dictadura que proponen los frenteamplistas. A su modo, también es una historia potente, virtualmente conmovedora. De Joaquín Suárez a Alejandro Atchugarry, pasando nada menos que por Baltasar Brum, hay figuras del PC que son verdaderos arquetipos de servicio público. Por cierto, en este año tan particular, en el que conmemoraremos los 50 años del quiebre de la democracia, los colorados deberán hacerse cargo de una verdad que, obviamente, les resulta muy incómoda: fue un presidente electo por el Partido Colorado el que retrocedió y terminó pactando con los “latorritos” (Amílcar Vasconcellos dixit), desde febrero a junio de 1973.

    Finalmente, los colorados integran la coalición y no tienen, desde mi punto de vista, ninguna necesidad de abandonarla para, cuando llegue el momento, convocar de modo creíble a votantes de la coalición. Eso sí. Deberán argumentar por qué una coalición liderada por ellos podría funcionar mejor que la actual. No es tan difícil. La opinión pública se divide en dos grandes bloques. Cambiar de bloque es como mudarse de país. Pero moverse de una fracción del Frente Amplio a otra, o de un partido de la actual coalición de gobierno a otro, es mucho más sencillo, como mudarse de barrio.

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