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    “Tangofascismo”

    Sr. Director:

    A fines del siglo pasado me tocó tener un intercambio de ideas sobre Rodó con el escritor y periodista argentino Rodolfo Windhausen a través de una web. Comprobé que esas yuxtaposiciones de monólogos, que a nadie convencen, tienen en cambio para la mente, la eficacia gimnástica de un sudoku. Con ese espíritu deportivo procedo a referirme a la vez a la columna del Dr. Cantera del jueves 2 de enero y a la carta del señor Biller donde se me alude directamente. Confieso que corrí a releer mi modesta carta del 26 de diciembre próximo pasado. No encontré en ella elemento alguno que pudiera interpretarse como una apología de la Inquisición española. No se trata de llevar alguna forma de contabilidad mortuoria para determinar el grado de benevolencia. O si la Inquisición perseguía con más ahínco a los protestantes, a los judíos o a los islámicos. Se trata de mirar la historia en su globalidad. Es tan repudiable el genocidio judío como el armenio. Como genocidio, independientemente de a qué colectividad vaya dirigido. No conozco otro ejemplo mejor de intolerancia.

    No creo, empero, que se pueda cargar la culpa de todo lo que hay de malo en el mundo a la Inquisición española.

    “Calvino y Lutero prepararon psicológicamente al individuo para el papel que debía desempeñar en la sociedad moderna: sentirse insignificante y dispuesto a subordinar toda su vida a propósitos que no le pertenecían. Una vez que el hombre estuvo dispuesto a reducirse tan solo a un medio para la gloria de un Dios que no representaba ni la justicia ni el amor, ya estaba suficientemente preparado para aceptar la función de sirviente de la máquina económica y, con el tiempo, la de sirviente de algún Führer”, dice Erich Fromm en “El miedo a la libertad”. Y no puede afirmarse que Fromm tuviera algún tipo de simpatía por la Iglesia Católica.

    No quiero creer que nuestra incapacidad de “cultivar una democracia parlamentaria saludable y de aceptar la excelencia de la economía de mercado” provenga de un mandato de nuestro código genético.

    No quiero creer que la decadencia de valores que padecemos, desde las estafas aeronáuticas a los desastrosos resultados de las pruebas PISA, desde el desconocimiento sistemático al Poder Judicial a las constantes violaciones a la Constitución, sean debidas a factores intrínsecos a nuestra herencia cultural.

    No quiero creer que la inseguridad imperante, el desprecio por la vida del no nacido, la liberalización de la marihuana, la grosería y la vulgaridad al uso, la basura en las calles, nos sean históricamente impuestas.

    Si es así, estamos irremisiblemente condenados.

    Guillermo Silva Grucci