N° 1857 - 03 al 09 de Marzo de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl martes 1º pasado, o “super martes”, los demócratas y republicanos de los Estados Unidos compitieron en elecciones primarias (el término que usamos nosotros es “internas”) para elegir precandidato presidencial en 11 estados. Es una carrera larga: entre el 1º de febrero (Iowa) y el 14 de junio (Washington, DC) todos los estados se pronuncian y al final, en julio, las convenciones partidarias eligen a sus respectivos candidatos presidenciales. El “super martes” es llamado de esa manera porque en un mismo día se celebran primarias en varios estados y se eligen muchos delegados a las convenciones de los partidos. Históricamente, los “super martes” suelen identificar favoritos y achicar el campo, señalando a los precandidatos que tienen pocas o ninguna chances reales.
Entre los demócratas, Hillary Clinton ganó siete de las 11 primarias y Bernie Sanders las cuatro restantes, incluida la de su propio estado, Vermont. Entre los republicanos, Donald Trump también ganó siete de las 11 primarias. Ted Cruz ganó tres (incluyendo su propio estado, Texas) y Marco Rubio ganó la restante.
En líneas generales, estos resultados confirmaron lo que las encuestas y analistas anticipaban (con algún detalle inesperado, como casi siempre), y ratificaron el favoritismo de Clinton y Trump en sus respectivos partidos. La BBC tituló así una de sus historias de ayer miércoles 2: “Clinton y Trump afirman su liderazgo electoral”. Aunque queda bastante camino por recorrer, y podría ocurrir alguna sorpresa, los dos aparecen hoy como los más probables candidatos presidenciales de sus partidos.
Los resultados del martes confirman también que las identidades más o menos liberales de cada estado tienen consecuencias para las primarias de los dos partidos. En los estados donde Sanders ganó las primarias demócratas y también hubo primarias republicanas (tres estados), los votantes republicanos fueron mucho menos favorables a Trump que en los demás. Trump perdió dos de ellos (Minnesota, ganada por Rubio, y Oklahoma, ganada por Cruz) y ganó con muy poca diferencia en el tercero (Vermont, con solo 33% del voto y apenas tres puntos porcentuales a su favor, en un campo republicano muy dividido).
También significa que, por ahora, las dos campañas más “nacionales” son las de Clinton y Trump. Los demás competidores ganan o son fuertes en circunstancias particulares: por ejemplo, sus propios estados (Cruz en Texas, Sanders en Vermont) o donde hay fuertes minorías que votan “distinto” (Iowa y los evangélicos, ganada por Cruz). Queda por ver si desde estos puntos de partida particulares es posible construir mayorías nacionales que desplacen a los favoritos Clinton y Trump.
Las campañas de las primarias hasta (y especialmente en) el “super martes” pueden ser vistas desde dos perspectivas temporales. A corto plazo, los resultados demócratas y republicanos han confirmado, en términos generales, las expectativas de encuestadores y analistas (Clinton y Trump favoritos). Desde una perspectiva algo más larga, sin embargo, los resultados del “super martes” significan cosas muy diferentes para las primarias demócratas y republicanas. Entre los demócratas, confirman el favoritismo que la precandidatura presidencial de Hillary Clinton tuvo desde el principio; ella sigue apareciendo hoy, efectivamente, como la más probable ganadora de las primarias demócratas.
Entre los republicanos las cosas son muy diferentes. Durante la segunda mitad del año pasado, desde que Trump declaró su candidatura en junio, el juicio ampliamente mayoritario de los expertos sostuvo que su candidatura no era viable. Ahora ese juicio se invirtió: todos aceptan que es el favorito. La sorpresa, entonces, es Trump; desde el punto de vista del “saber establecido” es necesario entender cómo llegó Trump a ser el favorito que es hoy.
Lo que presumiblemente explicaba la no viabilidad de la candidatura de Trump era el “extremismo relativo” de sus ideas por comparación con las de los votantes en general (el votante “promedio”) y los votantes republicanos en particular. Ese “extremismo” incluye la egomanía (la palabra más frecuente, por mucho, del discurso en el que declaró formalmente su candidatura fue “yo”) y el coqueteo con el racismo, claramente visible para todos. Racismo anti latino: su rechazo a la inmigración latina y mexicana en particular, que estaría llena de delincuentes y violadores, y por eso habría que construir un muro a lo largo de toda la frontera que debería ser pagado por los mexicanos. También racismo anti negro: el jefe (“Grand Wizard”) del Ku Klux Klan, David Duke, se declaró a favor de su candidatura, y el rechazo de Trump se demoró, y cuando llegó fue tibio e inverosímil. Xenofobia, en general, hacia todos los de afuera, que o bien abusan de la generosidad de los buenos estadounidenses (es lo que harían sus presuntos amigos) o se dedican directamente a estafarlos (los que no son “amigos”, pero sí son socios comerciales: todos los demás). Y también son “extremistas” las formas en las que se expresan esas ideas: una bravuconería agresiva y persistente.
Para resumir: en la edición digital de “The Wall Street Journal”, que no es conocido por sus inclinaciones izquierdistas, el lunes 29 de febrero se publicó una nota firmada por Bret Stephens que sostiene que el extremismo de Trump otorga credibilidad a los juicios de la izquierda que caricaturizan a los conservadores. La nota llega a decir que “la candidatura de Donald Trump es la cloaca abierta del conservadurismo americano. Este ‘super martes’ las encuestas muestran que una mayoría de los votantes republicanos piensan zambullirse en ella, como el niño de “Slumdog Millionaire” (entre nosotros, Quién quiere ser millonario) en la escena de la letrina. Y ni siquiera se están tapando sus narices”.
Sean cuales fueren los defectos de Trump, hasta ahora no ha cambiado lo esencial del discurso o las actitudes con las que comenzó su campaña en las primarias republicanas. Ha sido consistente a través de ella e incluso con su persona pública durante las 14 temporadas de su propio reality show en la NBC, “El aprendiz” (fue su productor ejecutivo y conductor). Por lo tanto, si el liderazgo de Trump se construyó frente a un discurso, estilo y comportamiento consistentes, esto significa que buena parte de sus votantes actuales comparten ese extremismo, o que hay otros aspectos de Trump y su candidatura a los que prestan más atención que a su presunto extremismo, o tal vez ambas cosas. El gran tema señalado por muchos observadores es el clima de rebelión anti-establishment de los votantes, que calzaría perfectamente con la imagen pública de Trump. Cuando se pregunta a sus votantes por qué lo votan, la respuesta mayoritaria es “porque dice las cosas como son”.
Es una decisión de los votantes de los Estados Unidos. Pero independientemente de las intenciones de esos votantes, sus posibles resultados (Trump candidato presidencial, Trump presidente) afectan literalmente a todo el mundo, porque los Estados Unidos siguen siendo la primera potencia militar, económica y cultural. No jugamos en ese partido; somos sus testigos y, tal vez, sus víctimas.