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    ¡Uruguay nomá!

    N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018

    No fue el “uruguayizado” futbolista francés Antoine Griezmann, el que profirió ese grito tan nuestro, tras uno de sus goles, sino que —según oportunamente trascendiera—esa fue la jubilosa exclamación del actual titular de la FIFA, Gianni Infantino, festejando su reciente elección con un grupo de dirigentes uruguayos, entre ellos el expresidente de la AUF Wilmar Valdez (y ¡atención con este detalle!).

    Ya hemos dicho que en esta columna preferimos hablar de fútbol (ese que se despliega dentro de una cancha) y no de los oscuros entretelones de quienes deben encargarse de su organización y supervisión. Pero ¡no hay caso! El caos sigue reinando en el edificio de la calle Guayabos, y cada día que pasa aparecen nuevos elementos (del ámbito interno, o ahora también desde el exterior) que profundizan la actual crisis de la AUF. ¡Y algo hay que decir a ese respecto!

    El paso de los días, lejos de aclarar el confuso panorama inicial (ante la imprevista renuncia del anterior presidente a su cargo, y a la reelección a la que aspiraba), ha acentuado las dudas respecto al futuro inmediato del organismo rector de nuestro fútbol. Así, a la voluntaria —o quizás no tanto— deserción de Wilmar Valdez, se sumó luego la baja obligada de los otros aspirantes al vacante sillón presidencial Eduardo Abulafia y Arturo Del Campo, los que no pudieron superar el “test de idoneidad”, ahora requerido por la Conmebol como requisito previo para postularse a la presidencia de la AUF (lo que, de hecho, demandó la hasta ahora infructuosa búsqueda de nuevos candidatos para ocupar el cargo vacante). Entre tanto, la Justicia penal aún continúa con las indagatorias que iniciara de oficio, pero ocupándose, también, de una denuncia presentada por Wilmar Valdez, alegando haber sido víctima de una extorsión, que lo llevó a renunciar a la presidencia de la AUF.

    Y si algo faltaba, hace un par de días, de modo imprevisto, llegó a las oficinas de la AUF una carta de la FIFA comunicando que, en virtud de la especial situación reinante —que, según lo denunciara la Conmebol, no cumple con los exigibles requisitos de “transparencia”— quedaba instalado un “Comité de regularización”, con tres funciones claves: gestionar la actividad de la AUF hasta el mes de marzo del año próximo, ajustar definitivamente su actual estatuto a los requisitos establecidos en los propios estatutos de la FIFA, y organizar y llevar a cabo, aprobada esa nueva normativa, las aún postergadas elecciones para presidente. En otras palabras: la AUF fue intervenida por la FIFA, como hace ya un tiempo (en 2016 y por un lapso de ocho meses) ocurriera con su aún más desprestigiada similar de Argentina.

    Conviene detenerse en algunos de los hechos que acaban de ocurrir. Así, ha llamado la atención la novedosa exigencia de la Conmebol de que los candidatos a presidir los destinos de la AUF deban aprobar, previamente, el llamado “test de idoneidad”. Sin embargo, esta es una exigencia expresamente contenida en el nuevo estatuto de dicho organismo, modificado el pasado año, que incluso la AUF comunicó, oportunamente, a los eventuales postulantes a la elección del pasado 31 de julio. Según ha trascendido, el interesado debe llenar un formulario con una serie de preguntas relativas a si ha tenido algún proceso en un tribunal de ética deportiva o ante la Justicia civil o penal. Las respuestas son analizadas por un grupo de tres abogados de distintos países —ajenos a la estructura de la Conmebol— que deben informar a la Comisión de Ética de este organismo (al parecer, la respuesta solo es afirmativa o negativa, aunque sin expresión de las razones para ello).

    Parece lógico, y hasta conveniente, que se ejerza algún control de ese tipo a quienes procuren regir los destinos del fútbol de las asociaciones que integran el máximo organismo continental; aunque cabría preguntarse si los miembros de la cúpula de la propia Conmebol (al caso su actual titular, hijo de un expresidente de muy dudosa trayectoria) fueron sometidos y lograron aprobar ese test de idoneidad. Igualmente, debería reglamentarse debidamente lo relativo a dicha prueba, de modo tal que deban explicitarse los fundamentos para emitir un pronunciamiento negativo y habilitarse la posibilidad de pedir su revisión, por quienes pudieren sentirse afectados por ello.

    En cuanto a la intervención decidida por la FIFA, no puede sorprender, habida cuenta del pertinaz incumplimiento de las autoridades de nuestro fútbol (más bien de la Asamblea de Clubes) en aprobar un nuevo estatuto, en la forma en que lo pretendía la FIFA, desde hace más de tres años. Sucede que varios connotados dirigentes estaban —y aún lo están— radicalmente opuestos a dicha reforma, por cuanto los lineamientos indicados al respecto limitan el peso y el actual poder decisorio de los clubes de primera división (y, algunos dicen que, indirectamente, el de la propia Tenfield). Es que los cambios propuestos implican el reemplazo de la actual Asamblea de Clubes por un Congreso, con poder decisorio en todos los temas y con una representación electoral distinta. Aunque los 16 clubes de primera división mantendrán un voto cada uno, la segunda división profesional pasará de tener un voto a seis, al igual que la OFI; la segunda amateur mantiene su único voto, y a ellos se sumarán un voto del fútbol sala y otro del fútbol femenino. En virtud de estos cambios el futuro Congreso pasará de 19 a 31 votos, por lo que —y esto es lo que motiva la tozuda resistencia a la propuesta de la FIFA— el peso electoral de los clubes de primera división descenderá bruscamente, de 94% a 52%; por lo que ya no tendrá asidero la recurrente afirmación de algunos conspicuos dirigentes, de que “La AUF es de los clubes de primera división”.

    En este particular y díscolo escenario, esta medida dispuesta por la FIFA —tal como lo dijera uno de los neutrales que transitoriamente se mantienen en sus cargos: “… se veía venir desde hace tiempo”—. No obstante ello, existen sospechas de que esta decisión (o cuando menos, el momento en que ella se dispuso) no sería ajena a la muy estrecha relación de amistad entre el actual presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y el extitular de la AUF Wilmar Valdez (al que se le atribuye el haber logrado arrimarle los votos del continente sudamericano, decisivos para ganar la elección). A lo que debe sumarse el crédito que este tenía y aún tiene entre los actuales directivos de la Conmebol.

    ¿Qué pasará ahora? Difícil predecirlo. Lo primero es ver quién habrá de ser el designado por la FIFA para dirigir estos seis meses de transición (se menciona el nombre de Bauzá) y, casi tan importante, decidir la esperada renovación del contrato del Maestro Tabárez, para asegurar la continuidad del proceso por él encabezado, ante la futura actividad internacional, previa a la Copa América del año venidero.

    De todos modos, es ciertamente lamentable que el nombre de Uruguay en el mundo del fútbol ya no se asocie a sus últimos logros deportivos, sino al caos de nuestra opaca elite dirigencial.

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