N° 2020 - 16 al 22 de Mayo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáComo es notorio, el clásico del pasado fin de semana había despertado una expectativa inusitada. Claro que no por lo estrictamente futbolístico, pues como pocas veces, los eternos rivales arribaban a esa cita tradicional en situaciones muy distintas. Peñarol sólidamente posicionado para quedarse con el torneo en disputa, y Nacional a una distancia importante, jugándose enteramente a salvar el año futbolístico, con lo que pueda acontecer en el próximo Torneo Clausura.
¿Cuál fue el motivo de que este partido del pasado domingo tuviera en vilo a la afición futbolística? La especialísima circunstancia de que iba a ser el primer clásico —desde la inauguración del Estadio Centenario en 1930— en jugarse en el escenario de uno de los contendientes; en este caso, en el Campeón del Siglo de Peñarol.
Mucho se discutió, en los días previos al partido, si este podía disputarse con la presencia de las dos parcialidades o solo con la del local, por temor a que se registraran episodios de violencia. Y, al decidirse lo primero —aunque restringido solo a un par de miles de hinchas de Nacional— el Ministerio del Interior debió montar un inusual dispositivo de seguridad, para ocuparse de su traslado bajo custodia policial, desde un punto de encuentro previamente escogido hasta el estadio aurinegro, y su ulterior retorno al punto de partida. Así las cosas, el foco de atención en esa jornada histórica debió necesariamente repartirse entre lo acontecido con los hinchas tricolores, antes, durante y después del partido, y lo que a su turno exhibieron los dos equipos dentro el campo de juego.
Si principiamos con lo estrictamente futbolístico, es claro que la gente aurinegra —ampliamente mayoritaria en la ocasión— se retiró del Campeón del Siglo con una inocultable desazón. Desde que la dirigencia aurinegra hizo el sorpresivo anuncio de que pretendía jugar el clásico del Apertura en su moderno estadio, se autoimpuso la exigencia de tener que ganarlo, para que esa victoria ante su eterno rival quedara incorporada a la larga y rica historia del Campeonato Uruguayo. Claro que, en aquel momento, ello era altamente probable. Peñarol era el cómodo puntero del torneo, y la abultada diferencia de puntos con Nacional era el fiel reflejo del notorio desnivel en el poderío y rendimiento de ambos equipos. Sin embargo, con el paso de los partidos, una serie de lesiones en la vital zona del mediocampo hicieron que fuera deteriorándose paulatinamente la buena imagen futbolística de la escuadra aurinegra. Y ese bajón hizo eclosión justamente en el partido anterior al clásico, cuando debió contentarse con un pálido empate ante Flamengo, sin sacar provecho de la ventaja numérica que tuvo durante gran parte del segundo tiempo; lo que le costó quedar eliminado —una vez más— en la primera fase de la Libertadores.
Contrariamente, Nacional llegó “de punto” a ese partido, aunque entonado por su reciente clasificación para la siguiente etapa de ese mismo certamen. Entretanto, en el torneo local, su rendimiento había mejorado desde que asumiera Álvaro Gutiérrez, aunque sin llegar aún a un nivel medianamente aceptable. Llegaba pues al Campeón del Siglo sin una real exigencia de victoria, pero consciente de que, de conseguirla, acortaría en algo la sólida ventaja en puntos de su rival. Pero, más que nada, le amargaría al dueño de casa el festejo que ya había imaginado para esa histórica instancia.
El partido en sí fue muy discreto, y el fútbol apareció en cuentagotas. El planteo predominantemente defensivo de Nacional le permitió soportar, sin mayores zozobras, el ataque sostenido aunque anodino de su rival, durante casi todo el primer tiempo. Fue tan bajo el nivel de juego en el primer tiempo que los dos goles (uno para cada lado), ya muy cerca del final, fueron en contra, como consecuencia de groseros errores defensivos. En ese mismo tramo Nacional se quedó sin el concurso de Bergessio —bien expulsado por el juez del partido— y un borbollón, con golpes y empujones entre varios jugadores de uno y otro equipo, fue resuelto que el juez Ostojich apenas con una amarilla a Amaral, cuando más de uno pudo haberse ido a las duchas.
Con el tanteador igualado y un hombre de más en la cancha, la victoria del aurinegro se daba casi por descontada al comenzar el segundo tiempo. Sin embargo, su despliegue futbolístico fue muy pobre, siendo casi un calco de lo que, en iguales circunstancias favorables, aconteciera unos días antes frente a Flamengo. El aporte de algunas de sus figuras fue mermando con el paso de los minutos, los cambios que ensayó Diego López no dieron resultado, y a Nacional le bastó con cerrarse criteriosamente en su última zona para mantener el empate sin mayores sobresaltos. Y, tal como había ocurrido apenas unos pocos días antes, la parcialidad mirasol se retiró cabizbaja del Campeón del Siglo, sin la anhelada victoria, en tanto que la reducida hinchada tricolor era evacuada a su punto de partida, satisfecha de haberle “aguado la fiesta” al rival de todas las horas.
Lo curioso del caso es que —despojado de esta ineludible perspectiva histórica, si ello fuera posible— este empate fue un buen resultado para Peñarol. En efecto, la diferencia con Nacional quedó incambiada y las derrotas del día anterior de sus dos escoltas más cercanos (Fénix y Cerro Largo) le dejaron con una ventaja aún más amplia en la punta del torneo, apenas a tres fechas de su finalización. Ello empero, el reciente sorteo de la Copa Sudamericana (a la que Peñarol accedió tras su reciente eliminación de la Libertadores) le obliga a viajar a Colombia ya en la próxima semana, para enfrentar al local Deportivo Cali, lo que puede convertirse en una impensada interferencia en el tramo culminante del Apertura (Nacional, en tanto, tendrá como rival a Internacional de Porto Alegre, en la siguiente fase de la Libertadores, aunque los partidos de ida y vuelta se jugarán recién en el mes de julio).
No es posible obviar alguna referencia a esta primera experiencia de un partido clásico jugado en el propio escenario de uno de los eternos rivales. Sin dudas, el operativo de seguridad diseñado por las autoridades pertinentes en esta oportunidad fue exitoso. Aunque sensatamente no podía haber sido de otro modo, cuando el despliegue policial para trasladar a una minúscula porción de la parcialidad tricolor resultó bastante similar al que se estila cuando visita el país algún estadista importante
Es de lamentar, empero, que por culpa de un pequeño número de inadaptados no haya otra alternativa que movilizar otra vez a cientos de efectivos para que una ínfima parte de la parcialidad aurinegra pueda hacerse presente en el Gran Parque Central, cuando deba jugarse el próximo clásico por el Clausura. ¿Valdrá la pena repetir esa experiencia, en tanto el legendario Estadio Centenario sigue siendo un gigante vacío?