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    2015: aniversarios que celebraron la libertad

    N° 1848 - 30 de Diciembre de 2015 al 05 de Enero de 2016

    Termina el 2015 y con él se cierran ciclos y etapas, y surgen expectativas de nuevos tiempos, proyectos distintos y desafíos aún desconocidos. Eso pasa a nivel nacional y también en lo personal. El año que se va, en materia de recordaciones, no fue uno menor para la democracia.

    Hubo dos celebraciones que merecieron tenerse en cuenta: uno de significación universal y el otro nacional. En un mismo año se recordaron los 800 años de la firma de la Carta Magna en Inglaterra y los 30 años del fin de la dictadura.

    Libertad, justicia, derechos iguales para todos, el respeto a las instituciones, la idea de que no hay un único poder intocable, controles y equilibrios, el estado de derecho. Esos son algunos de los valores que fueron celebrados este año.

    Los historiadores, en su necesario e inevitable detallismo, no están seguros de que la Carta Magna haya sido un hecho tan extraordinario como hoy se sostiene. En primer lugar, los derechos arrancados al rey Juan sin Tierra no tuvieron aplicación universal sino que valieron solo para un sector que entendía que sus libertades eran pisoteadas por el monarca. En segundo lugar, no todos los reyes ingleses a lo largo de la turbulenta historia de ese país la respetaron.

    Pero pese a las observaciones certeras de los historiadores, al final perduró la esencia misma de esa Carta Magna, que significó un interesante puntapié inicial para lo que luego serían las constituciones actuales y cuyo sentido trascendió a lo circunstancial para transformarse en un hito crucial en esa lenta construcción de una forma de gobierno que cree en la libertad de las personas y su derecho a elegir gobernantes, y que establece la idea de que la vigencia de la ley está por encima de los caprichos del mandamás de turno. Una construcción que tras un complejo y por momentos atormentado proceso, fue derivando en la democracia constitucional moderna que hoy tanto aprecian quienes viven bajo esa forma de gobierno.

    La Carta Magna fue un hecho fundamental y la celebración de sus 800 años en este 2015 era más que merecida.

    En un tono más modesto, pero no por ello menos valioso, Uruguay recordó también los 30 años del retorno a la democracia luego de un férrea dictadura que duró 12 años.

    A lo largo del siglo XX, Uruguay conoció largos períodos de vigencia democrática a veces interrumpida por breves dictaduras. Solo la última fue tan larga y tan asfixiante. Pero tampoco los períodos democráticos previos conocieron la misma estabilidad que estas últimas tres décadas. Desde 1985 hubo alternancia de partidos en el gobierno y gobernaron tanto colorados como blancos y frenteamplistas. La crisis económica de 2002, quizás la peor que se recuerde, tampoco alteró la normal marcha institucional del país. La única sombra que afectó pero no generó sobresaltos extremos, fue el debate nunca concluido sobre qué hacer con las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

    Cuando en ancas de su mayoría parlamentaria el Frente Amplio aprobó leyes que no se ajustaban a lo que decía la Constitución, la Suprema Corte actuó con precisión y se hizo escuchar como poder independiente. Eso era lo que le correspondía hacer. Sin embargo, al observar lo que sucede en algunos países de la región, las cosas no suelen suceder del mismo modo.

    Lo preocupante es que a algunos sectores del Frente Amplio no les gustó que un poder autónomo intentara enmendarles la plana, como es normal que suceda en cualquier democracia. Por lo tanto, ya hablan de reformar la Constitución para crear un nuevo cuerpo y así reducir el rol de la Corte a la que se le adjudica un presunto “supercomplejo” de independencia, para usar una expresión del vicepresidente Raúl Sendic.

    Esta iniciativa responde a la manía “bolivariana” de hacer reformas que convierten a las constituciones en “inconstitucionales”, o sea que desconocen aquello que es esencial a una constitución: poner los derechos, garantías y libertades individuales por encima del poder (por cierto limitado) de quienes gobiernan.

    Esto han hecho algunos bien conocidos gobiernos sudamericanos que, apoyados en su legitimidad electoral, intentaron (y por un tiempo lograron) crear regímenes autoritarios, prolongar indefinidamente sus reinados, con un Poder Judicial dócil y afín y sin obligación de custodiar los derechos de las minorías ni de respetar a los que piensan distinto.

    Por fortuna, las cosas empiezan a cambiar. Más allá de lo que los nuevos resultados electorales signifiquen en términos de políticas económicas, productivas o cambiarias, lo cierto es que hay un giro en la región, complicado en la medida que algunos se resisten a aceptarlo (en Argentina) y otros hacen todo lo posible para negarlo o en todo caso neutralizarlo, como en Venezuela.

    Ante esa complejidad, el programa televisivo “En la mira” le preguntó días atrás al ex canciller uruguayo y ex presidente del BID, Enrique Iglesias, si creía que estos cambios que provocan tales resistencias podían afectar la estabilidad democrática en la región. Como es obvio, Iglesias entendió que ello no ocurriría.

    No es ahora que se plantean problemas en la estabilidad democrática regional. Ellos empezaron hace más de una década cuando aparecieron estos regímenes semi-dictatoriales con apoyo ciudadano. Marcaron un estilo de gestión confrontativo, patotero, intolerante. Intentaron restringir la libertad de prensa con feroz agresividad en Venezuela y Ecuador o en forma más solapada en Argentina. Maduro, una versión aún más autoritaria de lo que fue Hugo Chávez (lo que es mucho decir), ha encarcelado a decenas de políticos por pensar distinto. Estos gobiernos repartieron dinero a troche y moche (algunos hasta vaciar las arcas) pero no eliminaron la pobreza. Fueron descaradamente corruptos. Al final cansaron y agotaron la paciencia, aun la de aquellos que los apoyaron. Por eso ganó Mauricio Macri en Argentina y por eso la oposición venezolana logró una abrumadora mayoría en la Asamblea Legislativa.

    Los perdedores, carentes de genuina convicción democrática, buscan crear focos de resistencia como si “el pueblo” estuviera con ellos. No aceptan que al final, se les dio la espalda. No reconocen que el proceso llega a su fin y que la democracia vuelve por sus fueros.

    Al terminar el año y cerrarse un ciclo, es relevante entonces celebrar estos dos aniversarios. La Carta Magna de 1215 y el retorno a las libertades en Uruguay en 1985.

    Importa valorar y defender, siempre y en todo lugar, la democracia y la libertad.

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