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    A los loquitos ni cabida

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2182 - 14 al 20 de Julio de 2022

    Pocas veces he visto tan claro el contraste que existe entre la política democrática real y la política tal cual la sueñan los loquitos de Twitter, como el pasado lunes. Por política real entiendo aquella que, en ámbitos oficiales y públicos, llevan a cabo los ciudadanos y, especialmente, los representantes que hemos elegido. Y por loquitos de Twitter entiendo, bueno, a los loquitos de Twitter. Esos que, si uno les cree a pie juntillas, tienen un fusil de asalto al costado del teclado y que solo esperan limpiarse de los dedos el azúcar de los bizcochos que comen para empuñar dicho fusil y salir a la calle a bajar enemigos.

    Me estoy refiriendo al encuentro que se produjo en el programa Todas las voces, en el que tengo el gusto de colaborar desde hace ya unos meses. En el último programa estuvieron dos senadores. Por un lado, Mario Bergara, del Frente Amplio, quien presentó su proyecto de ley sobre la tenencia de armas, con el que pretende afinar y aggiornar los mecanismos legales existentes en Uruguay. Por otro, Carlos Camy, del Partido Nacional, que se presentaba para exponer la posición del gobierno ante ese proyecto de ley. Ambos, más en general, para debatir sobre el estado del tema más allá de la propuesta del senador del FA.

    Desde un comienzo fue claro que existían dos posiciones. Por un lado, Bergara consideraba insuficiente el actual procedimiento, detectaba fallos en distintas zonas, especialmente en lo que se refiere al rastreo de las armas registradas y a la necesidad de construir evidencia fiable sobre la violencia armada en el país. Por otro, Camy entendió que el procedimiento existente es el adecuado y que en realidad no hace falta una nueva ley al respecto. Más allá de estas dos posturas nítidas, que en esencia ya eran conocidas (ambos representaban a oposición y gobierno, respectivamente), fue interesante el talante en que se llevó a cabo el intercambio. Y fue interesante ver, en primera línea, cómo de ese talante derivaron hacia lugares de encuentro a pesar de las distancias. Y es que, si uno va a la charla con la disposición de “destruir” al rival político, difícilmente pueda encontrar zonas comunes. O siquiera escuchar lo que ese rival tiene para decir.

    Por suerte, en el caso que nos ocupa no fue así. Ambos senadores pudieron exponer sus respectivos puntos de vista, señalar lo que consideraban errores o problemas del planteo de su rival y defender su perspectiva con altura y argumentos. Se podrá estar o no de acuerdo con esos argumentos, resultarán más o menos convincentes, pero lo que se hizo allí fue política real en su mejor expresión. De hecho, en el cierre del programa ambos senadores acordaron seguir charlando para potenciar esas zonas comunes en las que se pueda desarrollar un acuerdo amplio en la materia. Y eso es algo que, aunque no rinde en términos de show, rinde en términos de convivencia.

    Sin embargo, los loquitos de Twitter opinaban otra cosa. Antes de meterme en lo que decían, aclaro algo: sé que esos loquitos no son representativos de nada salvo de sus ásperas y a veces brutales opiniones políticas personales. Sé que en Uruguay existe un montón de gente (la mayoría, quiero creer) que no entiende la política como un inevitable reparto de tortazos y titulares construidos para el clickbait (“arruinó a su enemigo”, “pulverizó a su rival”, etc.). Gente que cree que la política es el acuerdo entre distintos sobre el que se construye de cara a una sociedad diversa. Pero también sé que las redes se han convertido en el campo de juego de las peores fieras de la política. Y que a veces, cada vez con más frecuencia, los personajes políticos que más agresivos y radicales se muestran en las redes son aquellos que más posibilidades tienen de ser (re)elegidos. También sé que Twitter es, por su lógica interna, la red social más cercana a la oralidad, con toda la inmediatez y falta de perspectiva que eso implica.

    Dicho esto, esta vez y como tantas otras, los loquitos de Twitter se concentraron en insultar, en medio de una catarata de ad hominem, las posturas de los dos senadores, especialmente la de Bergara, que era quien iba a proponer cosas. Así, fue recurrente la idea de que el senador no podía hablar de temas de seguridad por ser economista (me encantaría conocer las credenciales técnicas de quienes afirmaban eso), que mejor se dedicara a otra cosa, que quién era para venir a proponer proyectos de ley (Bergara es senador, ese es justo su trabajo). Pero también le cayeron palos a Camy, quien fue visto por muchos partidarios de la hard line multicolor como “blando” o “tibio”.

    El hecho de que la charla, en la que hubo desacuerdos de todo tipo, se llevara a cabo de manera razonada y hasta cordial fue percibido como algo negativo en muchos comentarios. En otros, ese talante, esa voluntad de construir a partir de la diferencia, directamente no fue detectada, ya que lo que los loquitos esperan de un debate en televisión es mero espectáculo, entendido como pornografía política: primerísimos planos de rostros desencajados gritando, planos medios de gente desnudando al “enemigo político” con toda clase de malas artes retóricas. Sin eso, afirman los loquitos de Twitter (que no son tantos pero hacen ruido y marcan un montón la agenda), no hay política que merezca recibir tal nombre.

    En esencia, el loquito de Twitter entiende que el fin de la política es la desaparición del adversario político. La concibe como una guerra entre contendientes irreconciliables, un combate que solo puede terminar con la supremacía de una de las partes, que por supuesto es la suya. Por eso una charla seria y poco espectacular le parece poca cosa o, directamente, una traición en plena batalla. La política como búsqueda de zonas de encuentro entre distintas visiones de la realidad le resulta poco espectacular, poco emocionante, poco estimulante, poco pornográfica. De ahí su necesidad de descargarse en la forma de insultos, agresiones, etc. En ese sentido, para algunos la política parece ser la continuación del fútbol por otros medios. Especialmente en una red tan oral como Twitter. Justamente, escribiendo sobre la política como espectáculo y su vínculo con la oralidad, el sociólogo chileno José Joaquín Brunner apuntaba: “El templo republicano de la Justicia ha sido desplazado por el ‘espectáculo punitivo’ que Foucault creía desaparecido desde el momento que se habían sistematizado los modernos medios de vigilar y castigar”.

    Para los loquitos de Twitter y su oralidad brutal, es inadmisible una charla que, precisamente, reconozca esa complejidad y no la reduzca a una agonística que solo puede terminar con la aniquilación del rival. A diferencia de ellos, los demás sabemos empíricamente que en una democracia la búsqueda de acuerdos es lo que mejores resultados ha dado a la hora de intentar mejorar nuestras vidas. Ignoremos pues ese sistemático griterío cacofónico de 280 caracteres y sigamos valorando el encuentro con el que piensa distinto. A los loquitos, ni cabida.

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