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    A reprogramar y cambiar todo

    N° 1985 - 06 al 12 de Setiembre de 2018

    A esta altura resulta evidente que tanto el gobierno como el sector privado en nuestro país deberán alterar sustancialmente los planes que tenían pensado seguir en materia económica y financiera para el resto de este año y para 2019.

    El descalabro de la situación económica de Argentina, la precariedad de la coyuntura de Brasil y los crecientes problemas globales que están enfrentando los mercados emergentes, no han hecho más que potenciar las inconsistencias internas y los errores en el manejo de la política económica en nuestro país, que estaban generando dinámicas insostenibles en materia de empleo, fiscal y de deuda pública, inflación y competitividad. El cambio en el contexto externo, y sobre todo a nivel de la región, es suficientemente dramático como para alterar todos los supuestos utilizados hasta ahora en las proyecciones de presupuesto y rendición de cuentas, así como en la actual ronda de los Consejos de Salarios, por citar sólo dos de las áreas más relevantes donde se requerirán cambios significativos en las políticas aplicadas hasta ahora.

    A vía de ejemplo, la encuesta de expectativas de mercado de agosto publicada por el Banco Central de Argentina (BCRA) mostró cambios relevantes en la percepción que las principales consultoras y economistas tienen sobre las perspectivas, como reflejo de los últimos acontecimientos. Así, ahora se proyecta que el Producto Bruto Interno de ese país se contraiga 1,9% en 2018 (frente a la caída de 0,3% que pronosticaban en julio) y un crecimiento de tan solo 0,5% en 2019 (en lugar de 1,5%). A nivel de inflación, ahora se manejan estimaciones de subas de precios de 40,3% para este año y de 25,3% para el que viene, frente al 31,8% y al 20,6% que auguraban al contestar la encuesta el mes pasado. Respecto al tipo de cambio, la mediana de las expectativas proyecta un dólar a 41,9 pesos argentinos para fin de este año (frente al 30,5 estimado en julio) y de 50 para el cierre de 2019 (36 argentinos).

    Más allá de la profundización de la recesión en este año, desde el punto de vista de Uruguay el aspecto más significativo de esa última encuesta es que, si se cumplen las expectativas del mercado, los precios en dólares en Argentina a fines de 2018 estarán aproximadamente 40% por debajo de los de fines de 2017. Y aunque es imposible saber a qué nivel de tipo de cambio e inflación podrá eventualmente estabilizarse la situación argentina, es seguro que —si ello ocurre— será a precios en dólares sustancialmente más bajos que el vigente hasta el primer trimestre de este año, porque ya el resto del mundo no está dispuesto a financiar ni el exceso de gasto ni el atraso cambiario de nuestros vecinos. En mucho menor medida, un efecto similar estamos teniendo con Brasil, donde en lo que va del año los precios en dólares han mostrado una reducción cercana a 20%.

    Las experiencias de 1982 y de 2002 muestran que es imposible para Uruguay demorar mucho el ajuste de los precios, costos y salarios internos en dólares cuando se enfrenta una deflación tan significativa en socios comerciales tan relevantes. Por más que gracias a la soja y a la forestación la economía se ha diversificado bastante en relación al pasado, y la dependencia en el comercio de bienes con la región es mucho menor, sigue siendo significativa. Y, por otra parte, la región es determinante en sectores como el turismo, el comercio en ambas fronteras y la construcción.

    Afortunadamente, la situación financiera actual de Uruguay no tiene nada que ver con la vigente en 1982 y mucho menos en el 2002, lo que le da al gobierno la posibilidad de cambiar de estrategia sin la urgencia de aquellos momentos. Sin embargo, la experiencia histórica también muestra con mucha claridad que los márgenes financieros desaparecen rápidamente si no se encaran las correcciones de fondo en lo económico. Y dado el escenario actual, los problemas corregir a corto plazo son un nivel de gasto público en dólares que ya no se puede sostener; un déficit fiscal que tampoco es sostenible y que será cada vez más difícil de financiar; y precios, costos y salarios en dólares que hacen inviable producir en Uruguay de manera competitiva.

    Si el gobierno insiste en gastar lo que tiene proyectado en el Presupuesto y en la Rendición de Cuentas; si mantiene la actual meta de inflación y si ratifica la política de mantener los salarios reales que pretende el PIT-CNT en las actuales negociaciones salariales, estaremos ante un problema mayúsculo que primero se reflejará en una recesión significativa y una mucho mayor destrucción de puestos de trabajo; en un déficit fiscal que crecerá exponencialmente y que llevará a la pérdida del grado de inversión; en un agotamiento de la caja en moneda extranjera de que dispone en la actualidad del gobierno; y, finalmente, en una maxi-devaluación cuando se agoten las reservas y el crédito externo.

    Dada la nueva realidad regional y mundial, el gobierno debería ser realista y reprogramar toda la política económica para hacer menos doloroso el ajuste de la economía uruguaya al nuevo y mucho más negativo contexto externo. Por más que los tiempos políticos no ayudan, el “piloto automático” ya no sirve, y aunque debió ser abandonado hace mucho tiempo, ahora es más insostenible que nunca.

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