Nº 2178 - 16 al 22 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHegel se lamentaba de la indiferencia ante todo lo que se puede aprender de la historia. En su curso sobre Filosofía de la Historia, que dictó durante su reinado en la Universidad de Berlín, afirmó: “Lo que la experiencia y la historia enseñan es que las naciones y los gobiernos nunca aprendieron nada de la historia, ni actuaron sobre las lecciones que podrían haber extraído de ella”. La pregunta que merodea en la afirmación tiene que ver con los postulados implícitos, a saber: ¿esto quiere decir que los acontecimientos tal y como han sido relatados, fijados o interpretados o que los procesos como han sido entendidos conforme a determinados presupuestos epistemológicos son una fuente de conocimiento confiable o válida para entender la realidad presente?
La sola presunción de esta hipótesis me intranquiliza porque implica aceptar que la infinita trama que urden las personas en sus acciones individuales —con todo el caudal de pasiones, ideas, audacias, renuncios, distracciones, insensateces sin explicación o planes fríamente calculados, acciones nobles o abyectas, fanatismos, desolaciones, esperanzas— admiten una reducción estructural susceptible de tomarse como modelo por parte de quienes en este momento están tejiendo su infinita trama de acciones con todo el caudal de pasiones, ideas, audacias, renuncios, distracciones, insensateces sin explicación, planes fríamente calculados, acciones nobles o abyectas, fanatismos, desolaciones, esperanzas. Lo que ocurrió, o lo que se cree según las interpretaciones que ocurrió, al parecer debería ejercer su gobierno sobre lo que está ocurriendo. Tal es el fatalismo historicista que es propio de los sistemas de Vico, de Hegel, de Marx, acaso de Spengler.
Para Ludwig Mises en su libro Teoría e historia: una interpretación de la evolución social económica (Unión Editorial, España, 2004) la historia es el relato de los hechos de la gente, los acontecimientos a los que se enfrenta la gente, los acontecimientos que los preceden. Dice allí que la primera pregunta que cualquier metodología histórica debería plantearse es simplemente: ¿quién está actuando?, ¿son individuos con autodeterminación o es un poder transindividual que solo utiliza a las personas como instrumentos de un plan desconocido?
Esta decisión a favor de personas que actúan heterónomamente es la que está en la base de las religiones, afirma, y también, y quizá por ser así, resulta la fuente directa de varios determinismos que cristalizaron sustancialmente en dos formas: a) ideologías colectivistas; b) ideologías naturalistas. En la primera de estas formulaciones se cuentan los pertenecientes a las corrientes políticas del marxismo, el nacionalismo, el racismo y, añado por mi cuenta, los supuestos subyacentes del irritado sexismo feminista. Los directos antepasados ??intelectuales de esta tendencia fueron Hegel y Schelling, quienes aceptaron los fenómenos del mundo sensiblemente perceptible en la tradición de Platón y Plotino como meras ilusiones del único espíritu verdadero y efectivo. Por el bando de los naturalistas, Mises ubica a los panfisicalistas o conductistas. De acuerdo a estas corrientes, las personas siguen su voluntad, sus ideas o sentimientos, pero su voluntad no es más que la consecuencia estrictamente determinada de una cadena causal de la base material, esto es, del mundo físico existente. Mediado a través del propio cuerpo, esto se extiende al cerebro, que es la causa del querer y el hacer humanos. El hombre no actúa libremente, sino que se comporta como efecto de una causa que escapa a su dominio y conocimiento. En el marco de esta forma de pensar, se supone, por ejemplo, que las personas siguen ciertos impulsos o están bajo la influencia de sus pulsiones o bucles comportamentales. No es la personalidad quien piensa, sino el cerebro que lo impulsa con el contenido de sus pensamientos como monitor de su estrecha conciencia.
Inscribiéndose en la honrada tradición de los filósofos de la Ilustración, especialmente en Hume y en Kant, la posición de Mises consiste en oponerse enérgicamente a esta reducción con su concepto de seres humanos autónomos y racionales. Le preocupa salvar al individuo libre, al ciudadano responsable, a ese ser destronado, cancelado y despreciado por las ideologías, por los maximalismos que convierten a la historia o a la biología o a la metafísica en sellos de humillada obediencia.
El libro que recomiendo abunda en argumentos señalando el protagonismo histórico de los actos libres.