Cuando el cansancio cunde al llegar del trabajo y mientras preparo la cena, escucho informes periodísticos de canales extranjeros, como un viento de otros mundos.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDe pronto, al tiempo que reflexiono sobre el devenir del precio de los alimentos que habitan mi heladera, oigo una nota sobre la crisis económica de países europeos del sur. Están entrevistando a una trabajadora portuguesa. Es empleada en una cadena de alimentos alemana cuya competencia ha liquidado a los supermercados portugueses y que paga salarios bajísimos: 600 euros. Pienso que por ese mismo trabajo en Uruguay se cobra la mitad. Pero me consuelo pensando en que, seguramente, la vida en Portugal —que pese a todo está en el primer mundo— será más cara…
La periodista acompaña a la entrevistada al mercado: ¿qué puede comprar cobrando 600 euros? La mujer le dice que ese día comprará dos repollos por un euro.
Dejo mis quehaceres y corro a ver la imagen: ¿qué clase de repollos son esos? Los miro, son muy parecidos a los repollos blancos que toda la vida se vendieron a bajo precio en las ferias montevideanas, supuestamente para la sopa. La mujer se lleva dos grandes repollos por 33 pesos uruguayos, deprimida porque eso es lo único que puede comprar ese día.
Entonces miro el repollo que hay en mi heladera y recuerdo con nitidez el momento en que lo compré. Fue en la feria, el domingo pasado. Cada repollo valía 80 pesos, elegí el más grande y pesado. (Los agarré y sopesé: en la ensalada, el repollo crudo cortado en juliana da sensación de saciedad, además de aportar fibras y vitamina C).
Me gusta hablar con los feriantes: le dije al hombre, que estaba devorando una naranja, que no entendía por qué una verdura que siempre en invierno y verano abundó y fue muy barata ahora era una especie de tesoro.
El hombre me dice: “Es que está todo muy raro”. Yo le pregunto: “¿Qué, el clima?”. Me dice: “No, el gobierno”.
Luego, a medida que se come los pedazos de naranja me va explicando lo que está raro: todo vale muy caro, hay muchos impuestos. Me dice que él creció comiendo verdura porque era lo más barato, y que ahora lo que se vende en su puesto se compra por unidad. Que no hay modo de bajar los precios. Le digo que escuché a los ministros hablar de la falta de sol de este año. Se ríe mientras termina la naranja.
Hoy, pienso cuánto tiene este repollo uruguayo de sobrecosto. El feriante habló de BPS, IRPF, etc. El que plantó el pobre repollo pagó y pagó.
Anoche a último momento un pequeño tomate me costó 25 pesos. Me consuelo y digo que antes solo se comía verdura de estación: ¡nos hemos vuelto muy consumistas, pretendemos comer tomates en invierno!
Hace poco se supo que los políticos tienen secretarios trabajando en negro. Y que si donan su sueldo al partido, ese dinero no es gravado. Los partidos reciben de regalo el dinero que los ciudadanos entregamos a los políticos para que cumplan y hagan bien su trabajo.
Ese dinero no paga los impuestos. Pero sí el repollo que tengo en la mano.