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    Admiración olvidada

    Nº 2141 - 23 al 29 de Setiembre de 2021

    Paco Espínola, durante un ciclo de charlas a inicios de las emisiones de Canal 5, dedicó una de ellas a la importancia de la admiración por la obra de los demás. Argumentó que esa actitud es valiosa para la mejor construcción de la propia personalidad, ya que convoca a la humildad y al respeto; y se apoyó en unos dichos del inmortal Rodin a sus discípulos: —Si algo quisiera que heredaran es la importancia de la admiración. ¡Nunca abandonen sus admiraciones, pues serán siempre benéficas y orientadoras para sus propias vidas!

    Hubo un cantor uruguayo —que se consideraba folclorista, aunque incursionó en el tango— que logró la admiración de muchos, entre ellos, la de Carlos Gardel, nada menos, quien fue su colega y amigo. Puede decirse que el Mago lo tuvo, hasta su muerte, en un pedestal al que no llegaron otros por quienes expresó gran aprecio, caso de su contemporáneo Corsini o un jovencísimo Oscar Alonso, a quien escuchó cuando este apenas tenía 17 años.

    Ese cantor fue Néstor Feria, quien nació en marzo de 1894 en Bolívar, Canelones, pero es considerado “hijo natural” de Fray Marcos, Florida, otro pueblo chico a cinco quilómetros de una distancia cortada por el río Santa Lucía, adonde su familia se mudó tempranamente. Según su testimonio, que no dejó lugar a intimidades, su madre se marchó de allí con él rumbo a Montevideo, donde Néstor cursó la escuela en La Unión, luego gustó de recorrer calles y barrios y lo sedujo Maroñas, en cuyo hipódromo aprendió un oficio que amó: vareador de caballos de carrera.

    Al morir su madre tenía 19 años y descubrió —se dice que por haber conocido en Tala a José Alonso y Trelles, el Viejo Pancho, al que veneraba— su verdadera pasión: tocar la guitarra, que aprendió de oído, y cantar. Actuó en reuniones en Maroñas y en cafés, formó dúos y tríos, hizo una escapada a Río Grande del Sur, donde incorporó formas de milongas y valses que influyeron en su estilo, regresó a su patria y durante los carnavales de 1921, acompañado por Ítalo Goyeche, fue una de las máximas atracciones.

    Pero, claro, años antes, en 1915, había conocido a Gardel, cuando este cantó con Razzano durante una gira por Montevideo. A partir de allí, la germinación de la idea de hacerse sitio en Buenos Aires fue lenta pero firme. A fines de aquellos carnavales, Feria y Goyeche viajaron a la capital argentina y añadieron un acompañamiento de lujo: los guitarristas Enrique Maciel y José María Aguilar.

    Es imposible sintetizar la trayectoria de Néstor Feria desde ese tiempo y hasta su muerte, a los 54 años de edad: giras continuas, presentaciones en teatros y principales radios de ambas capitales del Plata, actuación en dos películas —la primera versión de Juan Moreira, de la mano de otro gran amigo, el recitador Fernando Ochoa, y Los caranchos de la Florida—, composición de temas folclóricos y tangueros y decenas de grabaciones, discos que todavía andan por ahí.

    Como autor destacan las milongas En blanco y negro y Las carretas, los valses Páginas íntimas y De mí no esperes y los tangos con influencia de lo criollo La bata de percal y A todos. Fue considerado, además, el mejor intérprete de Chumbale los perros, de Fleury, Mama vieja, de Lito Bayardo, Los ejes de mi carreta, de Yupanki, Quisiera escribirte, de Luna y Noche de abril, de Discépolo, entre muchas obras más.

    El hombre de “los dos pueblos” se convirtió, al fin, en la gran admiración de otros.

    Solo que la vida, a veces, suele ser muy cruel. En 1935, tras la muerte de Gardel, quien había sido su permanente apoyo, aquel éxito entró en la sombra y, a inicios de la década de 1940, dijo: —Siento que ya no me ubican en los lugares que me corresponden, aunque sigo siendo el mismo.

    Hasta Manzi y Piana, que lo habían elegido para grabar Milonga triste, dieron ese privilegio a Alberto Gómez.

    Pudo influir la depresión que lo rodeó desde que le diagnosticaron neoplasia de pulmón, que dificultaba sus actuaciones. Lo cierto es que se apagó la admiración y Néstor Feria murió triste, rodeado por unos pocos amigos —nunca se casó—, en setiembre de 1948, en un sanatorio porteño. En el sepelio habló Charlo y los restos de el Gaucho Cantor recién se repatriaron a Fray Marcos en 1988.

    Peleando contra el olvido, quiero recordar a Gardel:

    —Para estas cosas que tienen aroma a campo, nadie como vos, Negro…

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