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    Agricultura en tiempos de ajustes y más riesgos

    Nº 2183 - 21 al 27 de Julio de 2022

    El 2022 es un año de extremos en lo que hace a la agricultura. Vimos los precios nominales más altos de la historia reciente para los productos agrícolas principales, como el trigo, el maíz, la soja y la canola. El cuadro de oferta y demanda de esos granos era bastante promisorio; después de todo la economía mundial crecería algo más del 3% y eso aseguraba que las existencias para empalmar los ciclos agrícolas de los hemisferios norte y sur serían apenas suficientes. Y con el susto de que la producción no era suficiente para recomponer las existencias, teníamos casi que asegurado un futuro venturoso. Luego vino la guerra en Europa, que no hace más que generar mayores complicaciones en el cuadro, porque (teóricamente) reduce la oferta de maíz y trigo global.

    Por otro lado, el frente macro viene complicado con la lucha contra la inflación, con las consecuencias del Covid (en China) y con los altos costos de la energía. El panorama de crecimiento ya no es el mismo a escala global y el optimismo sobre el futuro empieza a flaquear. Con el cambio de panorama, los precios agrícolas se ajustan a ese futuro teórico de menos crecimiento. El trigo desde sus máximos cayó 35%, el maíz 23%, la soja 15% y la colza 22%. No son caídas menores. Por un lado, la baja de los precios ayudará a controlar la inflación global y, por otro, seguramente algunos productores que no llegaron a asegurar sus precios enfrentarán el problema de tener costos altos de producción y precios más bajos a los planificados. En suma, están jugados a que el rendimiento del cultivo los salve porque no es fácil remar una caída tan fuerte de los precios.

    Mirando un poco más lejos, la caída de los precios del producto final debería tener su mismo correlato con algunos componentes de los costos (fertilizantes, combustibles y agroquímicos). Es decir que los márgenes tienen que ajustarse a la nueva realidad. Para los cultivos de invierno el partido está más jugado, pero para el verano hay todavía mucho espacio para ajustar. Como decía un analista argentino muy famoso: “Los costos suben por ascensor y bajan por la escalera”.

    Hoy el mercado está tratando de entender si la caída de los precios que vemos es un ajuste natural o es el comienzo de un ciclo de precios más deprimidos de las materias primas agropecuarias. Del mismo modo que los precios llegaron a niveles ridículos, el ajuste suena también demasiado duro para los fundamentos. Todo se resume al tiempo que le tomará al mercado llegar a un equilibrio entre los fundamentos y la paranoia del mercado sobre el futuro macroeconómico global. Pero navegar estas aguas no será sencillo, porque hay que tener en cuenta que las crisis de precios en general ocurren por un shock de la oferta más que por una caída de la demanda. En ese sentido, la soja que es la que ha caído menos enfrenta algunas dificultades adicionales porque ahí hay mayores riegos de una recuperación más fuerte de la oferta que de la demanda.   Por supuesto que mucho del resultado depende de si los riesgos de la recesión se concretan y sobre todo de su duración e intensidad. En lo personal no creo que el 2022 sea una repetición del 2008 (la crisis anterior). Le tengo mucha confianza a la capacidad de nuestros sistemas agrícolas de adaptarse a los cambios y al cambio del entorno. Mas allá de mis esperanzas, la tentación de ignorar los riesgos del futuro por mirar el pasado inmediato siempre es grande. La clave es asegurar un piso y no jugar con la rentabilidad de la empresa.

    (*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.) y asesor privado.

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