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    Alarmas

    N° 1987 - 20 al 26 de Setiembre de 2018

    Frente a mi casa vive un vecino obsesionado con las alarmas. Debe tener un catálogo con modelos y diferentes sonidos. Llega del trabajo, se pone las pantuflas, se sienta en un cómodo sillón, hojea su catálogo y prueba las bocinas: puaaa, piii, huijaaa, oink-oink. Tiene ciega confianza en ese sistema de seguridad, pero en realidad no hace otra cosa que molestar a todo el barrio, porque su alarma suena cada dos por tres —a veces más— y a juzgar por semejante frecuencia, lo han robado cientos de veces. Si fuese así, su alarma no sirve para nada, a no ser para perturbar con su espantosa bocina la tranquilidad del resto de los vecinos. Pero las alarmas, se sabe, suenan porque un gato pasó, porque un pajarito cagó, porque hay más humedad de la debida. Sin embargo, el hombre confía religiosamente en su alarma. Tal vez tiembla y se angustia pensando en la posibilidad de un robo y se relaja cuando salta la bocina y delata a los ladrones, que quedan con las porcelanas y las joyas en la mano, petrificados. Lo que sí es seguro es que mi vecino debe vivir en un mundo de pánico perpetuo, de asalto sexual inminente, un estado de tensión similar al de los habitantes de Constantinopla cuando los turcos sitiaron la ciudad. En los últimos días, la alarma sufre una notoria ronquera debido al uso excesivo de su bocina, agoniza y sigue jodiendo igual, y además se le ha dado por sonar con el vecino y su familia dentro de la casa. Y a cualquier hora de la madrugada. Imagino a su hijita soñando con ovejitas y ositos de peluche y de pronto un tiranosaurio rex abre su enorme boca y lanza una estruendosa vomitona.

    —Papito, no puedo dormir.

    —No te preocupes, hijita, ya arreglaremos esta situación, y para tu mayor seguridad y la nuestra, pondremos la bocina debajo de tu cama.

    // Leer el objeto desde localStorage