N° 2070 - 07 al 13 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn los últimos días casi toda la prensa deportiva de nuestro país se ocupó de un hecho muy particular: se cumplían 15 años desde el debut de Luis Suárez en el primer equipo de Nacional. Quien es hoy uno de los mejores delanteros del mundo en mayo del 2005 hizo su estreno, ingresando desde el banco de suplentes, ya cerca del final, en un partido de visitante por la Copa Libertadores frente al Junior de Barranquilla. En principio no estaba nominado para viajar (incluso había jugado un partido de 4ª división la misma mañana del vuelo nocturno hacia Colombia), pero una deserción de último momento lo colocó sorpresivamente en el avión. Luego debió esperar hasta agosto de ese mismo año para volver al equipo titular, y apenas unos días después anotó su primer gol, jugando los últimos 10 minutos del partido. Finalmente, el 22 de octubre ingresó como titular ante River, en un partido donde Nacional erró un montón de goles. Hoy Luis recuerda con humor que “fueron como 13 oportunidades desperdiciadas, y de ellas nueve fueron mías”. Desde entonces no salió más del equipo, totalizando 35 partidos al momento de su prematura transferencia al exterior. Y aunque siguió marrando goles (la hinchada tricolor siempre se lo recriminaba), igual llegó a la cifra de 12, un gol cada dos partidos.
Cuando unos años más tarde se marchaba rumbo a Europa, Luis seguramente recordaba muchas cosas. Sus lejanos inicios en el baby fútbol del Deportivo Artigas, de su Salto natal, cuando le tiraba más el arco que jugar en el medio (¡la providencial atajada ante Ghana no fue casualidad!). Luego, su venida a Montevideo con su familia, con solo siete años, su pasaje por el Urreta y su llegada a Nacional, con 11 cumplidos. Su difícil tránsito en las formativas tricolores, cuando casi lo dejan ir, al tener por delante dos futbolistas más prometedores, como Fornaroli y Cauteruccio. Y cómo con su innata facilidad para absorber todo lo que se le enseñaba se fue abriendo camino hasta llegar al equipo principal, a base de una infrecuente combinación de empeño, fortaleza física y algunos goles. No podía imaginar, en ese momento, el fenomenal ciclo evolutivo que luego tendría en Europa. Desde el poco conocido Groningen de Holanda, siguiendo por el famoso Ayax, pasando luego por el mítico Liverpool inglés y, por último, recalando en el Barcelona de las grandes estrellas del fútbol mundial, para ser una más entre ellas (y reencontrarse finalmente con su novia, ya instalada allí con su familia, desde algunos años antes). En tanto que, paralelamente, su espectacular carrera ascendente se repetía con la casaca celeste, hasta convertirse en una pieza insustituible en el equipo del Maestro Tabárez.
Seguramente, cuando de noche pone su cabeza en la almohada, Luis ha de sentir la íntima satisfacción de haber cumplido su sueño, acunado desde que le pegaba a una pelota de juguete, en los recreos de la Escuela Nº 64 de Salto. Sin embargo, la dura realidad (no solo de nuestro país, sino de prácticamente el mundo entero) es que la abrumadora mayoría de quienes arrancan desde niños a jugar el fútbol no logran, con el transcurso de los años, alcanzar las metas que ellos —y su cercano núcleo familiar— esperaban o soñaban.
Es cierto que la historia la escriben los triunfadores, o quienes escriben sobre ellos. Pero los fríos números indican que por cada chico que cumple el sueño de convertirse en un futbolista profesional son muchos, muchísimos más, lo que han quedado por el camino, y con las alas de su ilusión maltrechas. Los números no mienten. En una reciente nota en El País, Sebastián Taramasco, coordinador de las divisiones formativas de Nacional, aportó algunos datos preocupantes. En la tarea de captación de jóvenes que juegan en el interior del país se observan 2.000 por año, de los que solo unos 300 son convocados para entrenar y ser evaluados. “Y de esos 300, normalmente por año se terminan fichando un promedio de 30. Si vas al número total de los que tuvimos en los Céspedes, y los vimos entrenar una semana, solo el 15% se ficha”. Y cuando el periodista le pregunta cuántos jugadores que arrancan en séptima llegan a la primera de Nacional, señala que “con suerte el 10%, o sea solo unos tres jugadores” (aunque otro 20% puede lograrlo en otros equipos). Y agrega que: “Los números de la Masía son exactamente los mismos. De los que comienzan con ellos solo el 10% llega a primera”.
La Masía no es otra cosa que la famosa escuela del Barcelona, considerada un modelo a seguir en la formación de jugadores. Pruebas al canto: ocho de sus futbolistas fueron campeones con la selección de su país en el Mundial de Sudáfrica 2010. A su enorme complejo deportivo llegan año tras año futbolistas de toda España y, desde 1990, también futbolistas extranjeros. Allí llegó Messi en el año 2000, con apenas 13 años y llevado por sus padres, con la promesa del club de costearle el tratamiento médico de la enfermedad hormonal que le aquejaba desde niño. Pero aún en ese ambiente mágico no todas son rosas. En su autobiografía Andrés Iniesta cuenta lo que sufrió cuando era un niño y sus padres no llegaban a la Masía donde residía por algún inconveniente inesperado. De todos modos, él igualmente llegó adonde otros en España no llegan. En una crónica de El País de Madrid, de julio del 2015, se afirma que “en España hay 700.000 fichas de futbolistas y solo unos 400 alcanzan la primera o segunda división, uno de cada 5.000”. Y el periodista señala los graves vicios que presenta el proceso de formativas: “Los gigantes de la Liga los miman desde prebenjamines (ocho años) mientras ojean a la competencia para robarle los mejores. Fichan cada año chavales que descartan al siguiente para hacer un hueco a nuevos valores. Casi todos se acaban perdiendo en el camino a la elite y abundan los juguetes rotos”.
En la Argentina la realidad no es muy distinta. En un informe de El Gráfico, en agosto del pasado año, tras encuestar a casi un millar de chicos que actuaban en divisiones inferiores de los clubes más importantes, se concluye que de cada 100 que arrancan en la divisional de un club, solo cinco o seis llegan a primera división. Y que quienes, habiendo apostado todo al fútbol, quedan a la vera del camino, se encuentran muchas veces con que, al haber dejado de lado sus estudios, carecen de las armas necesarias para poder abrirse camino en un mundo laboral cada vez más exigente. Y que aquel tipo tan simpático que les había prometido “el oro y el moro” para quedarse con la representación del futuro crack, ya ni siquiera contesta el celular.