Nº 2192 - 22 al 28 de Setiembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáVivir es tomar decisiones, estar enfrentado a dilemas, vacilar, calcular, determinar propósitos. Las instancias que nos llevan a este punto tienen su base más o menos profunda en lo que habitualmente conocemos como deseo, pretensión de algo, insatisfacción que quiere ser colmada, objetivo que pretende ser alcanzado. El paso inmediato de esa elección es la acción, el acto que nos convierte en flamantes compradores del Arco de Trajano, en vendedores de nuestra alma a Mefistófeles, en autores de Hamlet o de Cándido, en soldados de Troya, en dueños de un perro, en asesinos o vengadores de César, en socios eminentes de la Compañía de las Indias Orientales, en viajantes de comercio, en emprendedores audaces de negocios nuevos, en profesionales del llanto o de la risa, en electores esperanzados de políticos por siempre improcedentes, en penitentes sostenidos de la caridad estatal o en miserables siervos voluntarios de la leva. Cualquiera sea el contenido, el problema de la acción invariablemente se despliega en el tiempo, tiene lugar en la esfera de la proyección, de ese eyectarse hacia adelante del que nos habla Heidegger. Conforme a lo que establece en una de las partes filosóficamente más sustantivas de La acción humana, Mises nos explica que cualquier acción está en la “corriente del tiempo”, que la acción es un proceso secuencial que tiene un principio, un medio y un final. Según Mises, la ansiedad es causada por el posible estado de una persona en un futuro cercano o lejano. El presente es el pasado siempre elusivo. El tiempo es la dimensión en la que se realizan las acciones, los fines y los medios, el intercambio, el acto de elección, los valores y los precios; a todo esto se le asignan sus propios valores, que se correlacionan con la dimensión del tiempo.
La acción, o más bien su fin, es un estado deseado de menor angustia en el futuro, que, sin embargo, permanecerá siempre oculto. Una persona busca en cierto sentido conocer el futuro, para minimizar sus consecuencias negativas. Es imposible conocer el futuro, pero podemos construir sus escenarios, calcular las probabilidades. El problema de la probabilidad, como escribe Mises, es “la principal preocupación de la praxeología”. Pero la probabilidad tiene dos clases: “Probabilidad de frecuencias” (estudios de regularidades en la naturaleza) y “probabilidad de un evento”. La primera clase de probabilidades se usa en las ciencias naturales, la segunda, en las ciencias de la actividad humana. Y en consecuencia afirma que el futuro se puede abordar desde tres estrategias diferentes: “Apuesta”, “enfoque de ingeniería” y “especulación”. Ampliando el aparato de su concepto, Mises también incluye la ciencia histórica en la reseña, ya que “el significado que le da el hombre es igual de importante para él: el significado que la gente le da al estado de cosas que quiere cambiar; el significado que le dan a sus actividades; el significado que le dan a los resultados de su comportamiento. Así, el proceso histórico es una comprensión de las constelaciones de significados que los individuos (grupos sociales) ponen en sus actividades”. Dicho de otra manera: toda vez que hablamos de tiempo, hablamos de futuro; ámbito en el que la acción ocurre como efecto de la formulación de una hipótesis, cálculo o imagen de lo que es dable esperar nos esté esperando a la vuelta de la esquina.
Pero ese horizonte, al que le asignamos la mayor jerarquía, no deja de aparecer como penosamente exiguo, aunque represente la totalidad de lo que podemos abarcar. La mayor parte de los componentes que sospechamos en la realidad se escapan; decidimos sobre una franja y eso lo hacemos sin mayores garantías. En su trabajo Teoría e historia (1957), Mises alude a tal desventura afirmando que “el hombre mortal no sabe cómo funciona el universo y todo lo que contiene puede parecerle discernible únicamente por una inteligencia sobrehumana. Quizá una mente sobredimensionada esté en condiciones de elaborar una interpretación monista coherente y comprensiva de todos los fenómenos. Hasta ahora ese intento ha sido fallido para el hombre común que nunca pudo salvar el abismo que ve abrirse entre la mente y la cosa, entre el jinete y el caballo, entre el albañil y la piedra”.
En esa tiniebla la poca claridad que acude a ayudar es trabajosamente la razón.