N° 1981 - 09 al 15 de Agosto de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn las varias décadas en que estuve activamente vinculado al periodismo deportivo, invariablemente prioricé en mis análisis los aspectos estrictamente futbolísticos (en especial los que ocurrían dentro del campo de juego) frente a todo aquello que acontecía en el ámbito dirigencial, tanto a nivel clubista como en el escenario mayor de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF).
Sin embargo, los acontecimientos de pública notoriedad, en relación con la frustrada —y aun pendiente— elección de la nueva directiva de la AUF, merecen un análisis más riguroso, aun cuando sigan sin despejarse enteramente una serie de incógnitas respecto al contenido de los numerosos audios, que ocupan el centro en esta preocupante situación.
“¡Algo huele mal en Dinamarca!”, exclamó Hamlet —el protagonista del célebre drama de Shakespeare— al recibir la noticia de la trágica muerte de su padre. Y desde entonces, esa célebre frase es comúnmente utilizada (y calza muy bien con el caso presente) ante la sospecha o comprobación de que algo ocurrió en circunstancias extrañas.
Es que lo que tenía que ser un mero trámite de rutina, en el que solo cabía suponer una lógica competencia entre los tres candidatos para acceder al alto cargo en disputa, ha derivado, en cambio, en una serie de hechos oscuros. Los que, en un balance primario, ya han dejado por el camino a un candidato (el último presidente Wilmar Valdez, que buscaba la reelección), a otro bastante machucado (Arturo del Campo) y al restante (Eduardo Abulafia) con la pesada carga de ciertos antecedentes de su actividad comercial, que hasta podrían impedirle ejercer el cargo para el que se postula, aunque resultare electo.
No he escuchado —ni me he interesado en ello— los numerosos audios que existen al respecto (aunque el contenido de algunos se ha hecho público), pero sí he leído y oído las declaraciones de los distintos involucrados, que lejos de aclarar su real participación en los hechos abren el camino a varias conjeturas.
Así, no es creíble que Valdez se haya autoexcluido de participar en la elección por motivos familiares, cuando es obvio que tal decisión estuvo directamente ligada al previo conocimiento de unos audios que le entregaranprecisamente uno de sus contendores, y un notorio periodista. Si de ese modo prefirió salirse del medio de una situación que podía perjudicarlo, es claro que no lo ha logrado. Resulta que el gran protagonista de esta trama (Walter Alcántara, un empresario que se confiesa desesperado y “sin códigos”), que fue quien grabó subrepticiamente, con su celular, numerosas conversaciones con el expresidente de la AUF, en un reciente reportaje, lo acusa, entre otras cosas, de ¡haberle pedido —y cobrado— una comisión del 10%, a la empresa que instaló la red lumínica del estadio de Defensor!
Otro de los postulantes, Arturo del Campo, debe estar viendo con preocupación cómo su bien ganada buena imagen anterior comienza a deteriorarse; y ello por un evidente mal manejo suyo de la situación en que se vio inmerso. No queda claro por qué aceptó acceder a los audios que Alcántara le ofreció (los que, en un principio, negó conocer), ni tampoco el recorrido ulterior, que le llevó a ponerlos en conocimiento de Valdez. ¿Fue para que este estuviera al tanto de su contenido, y pudiera actuar en consecuencia; o como una vía indirecta de presión, para que le dejara el campo libre hacia el ansiado sillón presidencial? (en lo personal, me inclino por descartar esto último, pero son muchos los que lo piensan). Tampoco cabría desechar que a Del Campo le “hayan hecho la cama” (como vulgarmente se dice), y que quienes desde las sombras parecen estar digitando la cosa, hayan logrado voltear, con un solo golpe, a dos de los candidatos, para dejarle el camino despejado al tercero en discordia.
Pero tampoco Abulafia parece tenerlas todas consigo. Es claro que, pese a su negativa, cuenta con el respaldo de Tenfield, pero precisamente ello puede jugarle en contra. Cuanto menos, por la cerrada oposición del actual gremio de jugadores (en el que la empresa ha perdido el peso que antes tenía) o porque la propia Conmebol —al exigirle presurosamente el “certificado de idoneidad”— parece estar ya cerrándole la puerta hasta a su misma postulación.
En una situación que evoluciona (o involuciona) día tras día, es muy difícil, pues, predecir el resultado final de esta escabrosa historia. Con buen criterio, la Fiscalía ha actuado de oficio y su titular ha estado tomando declaraciones a todos los involucrados, las que aún continúan. Es lógico, entonces, aguardar a que esas actuaciones culminen y se sepa su opinión, respecto a la eventual ilicitud de las conductas de quienes han sido oportunamente citados (y otro tanto cabe decir de la denuncia por extorsión, presentada en las últimas horas por Valdez, que abre un nuevo flanco en la indagatoria en curso).
Quien esto escribe ha ejercido como abogado penalista por varias décadas y, paralelamente, ha sido también docente en esa materia. Precisamente por ello, habré de abstenerme de opinar sobre la eventual responsabilidad penal de los protagonistas de esta penosa situación. Habrá de ser la Justicia, y solo ella, la que determine, en su debido momento, si existe algún hecho delictivo que deba imputarse a alguno o algunos de los investigados. Acaso pueda sí aclarar —genéricamente— que no es lo mismo, a los ojos de la ley penal, una conducta realizada por particulares en el ámbito privado, que una similar cumplida en el seno de una repartición pública o con intervención de algún funcionario público; o que el hecho de grabar una conversación sin conocimiento del interlocutor —algo obviamente contrario a la moral— no es en sí mismo delictivo, pero que sí puede llegar a serlo, según sea el uso que se le dé a ese material furtivamente obtenido (por ejemplo, forzar al otro a que actúe de determinada manera, o procurarse un provecho indebido); o que mentir o faltar a la verdad ante el requerimiento de la prensa no es delito, pero hacer lo mismo ante una Fiscalía o en sede judicial, sí puede serlo.
Pero cualquiera sea el final de este episodio ante la Justicia, la imagen que ya emerge del organismo rector de nuestro fútbol es decididamente bochornosa. Sin generalizar, parece cercana a su fin la época en que los dirigentes de los clubes ponían plata de su propio bolsillo para sustentar la actividad o la misma supervivencia de estos. La realidad indica que existen hoy en la AUF varios cargos dirigenciales muy bien remunerados (en dólares provenientes de la Conmebol o de la propia FIFA) que los tornan muy apetecibles. Y no hay otra forma de acceder a ellos que lograr sentarse en alguno de los sillones de la Directiva de la AUF. ¡Y, tal como parece, no importa cómo!