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    Algunas fechas de Port-Royal

    Columnista de Búsqueda

    N° 1656 - 29 de Marzo al 04 de Abril de 2012

    Trozos de cielo hay en todas partes, del mismo modo en que en todas partes acechan infiernos. Un trozo de cielo en la historia del conocimiento fue la abadía de Port-Royal-des-Champs, fueron las escuelas urbanas de Port-Royal, fueron algunos de los libros de Antoine Arnauld y también muchos de los devotos laicos, entre los que se encontraba Blaise Pascal, que prefirieron esos santos refugios antes que padecer en sus días y en sus noches las ilimitadas injurias de un mundo hosco para las excluyentes urgencias del espíritu.

    Evocar ese nombre que a veces queda velado en los equívocos de otros tiempos y en los esquematismos a ultranza, implica ingresar a unos de los centros más fecundos del glorioso siglo XVII en Francia. Si uno piensa con gratitud en la Atenas del demagogo Pericles, en la Roma de Augusto, en la Córdoba del Califato y en la Florencia de los Médici como centros de producción e irradiación de conocimientos, no puede menos que detener su mirada en la vasta obra que esa Francia significa en la construcción de los saberes modernos.

    Es inconcebible asumir la política sin discurrir por los delicados y bien retorcidos senderos que supo trazar Richelieu; es en todo punto imposible asumir la revolución de la literatura dramática sin antes reverenciar el invencible magisterio de Corneille y de Racine (alumno dilecto de una de las famosas écoles de Port-Royal); no se entiende la historia de la música sin la “Sonnerie de Ste-Geneviève du Mont-de-Paris” que Marin Marais ha prodigado para goce y redención de la humanidad, de los animales y también de las plantas y minerales. Y lo que me interesa para esta semana y otras semanas subsiguientes: la educación y la rectitud del arte de pensar no habrían evolucionado en la dirección que lo hicieron si Port-Royal hubiera sido, solamente, una molestia fronteriza con la herejía y no el fermento de métodos que ayudaron a comprender qué es el lenguaje, qué el pensamiento, en qué consiste pensar y cómo se hace; en qué consiste hablar, escribir y comunicarse.

    La aventura está cumpliendo cuatro siglos en este año, y va de modo diverso y significativo de 1602 —fecha en la que Angélique Arnauld se pasa a la doctrina Jansenista y se convierte en figura principal de una abadía del siglo XIII perteneciente a la orden del Císter— a 1710, cuando el rey de Francia decide cerrar la institución luego de no pocos conflictos de autoridad en las que las monjas fueron en cierta forma maltratadas por la incomprensión.

    En el medio de estos dos extremos tenemos cuatro o cinco momentos importantes: en 1602 nace Antoine Arnauld, hermano muy menor de Angélique (es el más chico de veinte hijos que tuvo el más famoso abogado de su tiempo, también llamado Antoine); en 1660 Arnauld publica la revolucionaria Gramática junto con Lancelot, insigne maestro de las “petites écoles” de la institución; en 1662 Arnauld, en este caso con Nicol, otro de los docentes, da un nuevo vuelco en la historia del conocimiento y publica la famosa Lógica. Las otras fechas que restan no son tan alentadoras: en 1656 Arnauld, doctor en Teología, es solemnemente expulsado de la Facultad de Teología de la Sorbonne; en 1679, se exilia en Bruselas; muere en 1694. Hacia 1654, Pascal, ya muy enfermo, se recoge en el venerable asilo, asociando para siempre su nombre a ese proyecto de vida que tuvo en los quehaceres de la cultura el otro eje, junto con el servicio a Dios. Racine lo visitaba con frecuencia.

    Nunca sabremos del todo qué fenómeno fue el determinante en la configuración y en el destino de Port-Royal. Hasta el mismo Hegel terminó por reconocer que la historia tiene una excesiva amistad con la incongruencia, aunque al final del día la razón acabe por triunfar. Pero lo cierto es que en el caso de Port-Royal es literalmente imposible aislar como decisivo un aspecto de los muchos que decidieron su perfil y su suerte. La persecución sufrida y las calumnias quizá tengan su origen en la adopción del jansenismo, esa cuasi herejía que limita a extremos calvinistas la libertad del hombre; pero ese amor al conocimiento, esa empecinada voluntad de convertir el vivir en una educación permanente sin duda que no hay que buscarla en la doctrina de la resignación sino más bien en el fervor que animó a esa increíble estirpe de los Arnauld, dueños sin discusión de las luces de aquel glorioso siglo.

    Iré viendo en las próximas semanas algunos de los rasgos más perdurables de Port-Royal: la coincidencia del calendario y la riqueza no siempre visible de su legado me obligan al homenaje.

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