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    Ancap y las sillas que los dejan mal parados

    N° 2014 - 28 de Marzo al 03 de Abril de 2019

    Conozco a muchos empresarios y profesionales que han construido sus fortunas a partir de inteligencia, esfuerzo o calidad de servicio y ninguno de ellos utilizan sillas de tres mil dólares. No las precisan para gestionar mejor y prefieren invertir en otras prioridades. En Ancap, no. A pesar de tratarse de una empresa fundida, gastan recursos como si fueran exitosos. Pero no lo son.

    No aclaren que oscurece. La explicación que dieron las autoridades (con el voto contrario del director blanco, Labat), hace que la enmienda sea peor que el soneto.

    El argumento principal para justificar este despilfarro es el deseo de “garantizar las condiciones de trabajo de las personas que se desempeñan en la sala de operaciones, en línea con estándares internacionales de salud ocupacional”. Si para estar sentado frente a unos monitores se necesitan sillas de este importe, no entiendo cómo sigo vivo, a decir por el estado de las sillas que me han acompañado en mis últimos cuarenta años de vida laboral.

    Otro argumento muy utilizado por los saqueadores de la cosa pública es comparar un gasto puntual con el total de los ingresos del organismo en cuestión. ¿Qué son US$ 2.700 por silla para una empresa como Ancap, que factura esa cifra por minuto? Este argumento simplote es la base para justificar cualquier desmán. Como bien decía el contador José Pedro Damiani: “Hay que cuidar los gastos chicos, porque los grandes se cuidan solos”. En Ancap no cuidan ni los gastos grandes ni los gastos chicos.

    Hasta el sindicato del ente criticó duramente la medida: “Nuestro más profundo rechazo a los desvíos monárquicos del ente, que tienen una enorme significancia simbólica y repercuten negativamente en la deteriorada imagen pública del ente”. Y tienen razón. Muchas veces las medidas de austeridad que se toman en una empresa son más “simbólicas” que efectivas, ya que procuran transmitir un mensaje claro para que todos se autorregulen.

    Quienes creen que estos derroches terminarán cuando cambie el gobierno, están equivocados. El saqueo y el despilfarro en las empresas públicas no es un problema exclusivo de Raúl Sendic, Marta Jara o Daniel Martínez, sino que es inherente al propio sistema de gestión estatal. El monopolio, la inamovilidad de empleados públicos o directores y jerarcas que jamás son responsabilizados por su mala praxis, hacen que la mala gestión sea la regla, no la excepción.

    Ancap no puede continuar de esta manera. Para los más conservadores, incautos o soñadores que creen que el Estado debe gestionar una empresa de estas características, al menos deberían cambiar la legislación drásticamente para pasar Ancap al derecho privado, contratar con directores profesionales, terminar con la inamovilidad y gestionarla con indicadores transparentes. Al respecto pueden seguir el ejemplo de Nueva Zelanda y releer nuestra columna La refinería de Ancap vs. la refinería de Nueva Zelanda, publicada en Búsqueda el 28 de setiembre de 2017.

    Para los que no creen más en los reyes magos, lo mejor será terminar con Ancap cuanto antes, tal como propuse en la columna Ancap delenda est, del 03 de mayo de 2018.

    Esta compra demuestra una gran insensibilidad por parte de los jerarcas de Ancap y una gran confusión: Ancap no es la gran empresa que ellos creen que es. Es un monopolio cuya función es esquilmar a los ciudadanos y así financiar los “monárquicos” proyectos de la clase política. Esta sillas no solo no dejan bien sentados a sus funcionarios, sino que los dejan muy mal parados. Veamos si la opinión pública piensa igual o simplemente le importa un comino.

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