Martina (Florencia Colucci) hace dedo con la intención de llegar a Bahía, Brasil. De forma accidental conoce a Matto (Gonzalo Lugo), biólogo marino que se dirige al mismo punto a ver delfines. Martina es extrovertida y sonámbula; lleva con ella un extraño test para medir la maldad: “Están en la Alemania nazi, tienen una panadería y viene Hitler y les pide tres cruasanes. ¿Le venden o no le venden?”. Matto es retraído, vegetariano y solitario. Sus personalidades chocan desde el inicio, y son, desde el guion, disparadores a veces ingeniosos para que se produzcan situaciones de humor y florezca, por fin, el romance. La profesión de él sirve para insertar fragmentos de falsos documentales que ilustran conductas de animales en prácticas de cortejo o apareamiento. Las imágenes de los animales van acompañadas de la voz de Jorge Bolani, que emula el tono pedagógico de los documentales televisivamente rancios. El narrador cruza al otro lado, al de la ficción, y revela datos biográficos de Martina y Matto, como si todo fuera parte de un mismo falso documental. O no, no está claro. O no importa. Ella también aparece, en un momento, con la misma textura de las imágenes que describe Bolani. Es un ejemplo al azar, una de las escenas que intentan ser chistosas y que resultan flojas, mal resueltas, o resueltas a los ponchazos, una de las varias que tal vez hayan quedado muy divertidas en el libreto —la consigna parece haber sido: pongamos esto porque es divertido, no busquemos coherencia—, pero que, en la pantalla, terminan siendo un poco penosas.
