A Man for all Seasons. Me cuesta muchísimo escribir unas líneas para recordar a este amigo que nos ha dejado hace unos días dejando un vacío en las vidas de los muchos a cuantos ha tocado con su don de gentes y su encanto personal. Así era Antonio Arocena Taranco, un amigo de siempre de una bondad inigualable y una simpatía personal que nunca he encontrado en otra persona en toda mi vida. Antonio se nos fue dejando detrás una estela de hechos y obras que perdurarán por mucho tiempo y que recordaremos todos. Tuve el privilegio de ser su amigo desde los ocho o nueve años y aunque la vida y nuestras carreras nos apartaron físicamente el lazo de amistad permaneció intacto durante toda su vida. Un hombre extraordinario que a quien tocaba con sus actos o acciones permanecía bajo el influjo de sus bondades. Todos los que tuvimos la suerte de conocerlo somos, por ese solo hecho, mejores personas. Su don de gentes inigualable y encantador ya fuera con un peón de campo como con un presidente de la República, se hacía evidente todos los días de su vida que, como él decía, “¿para qué está la vida sino para darla?”.

