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    Apenas dos reflejos

    Nº 2132 - 22 al 28 de Julio de 2021

    Se ha dicho que los tangos son hijos del tiempo en que nacieron, espejo de cada época, y han hecho el aporte de anécdotas cotidianas sobre sentimientos, circunstancias, lugares y los hechos históricos más relevantes.

    Me permito apuntar un matiz.

    Pueden hallarse episodios de influencia planetaria, cuyo reflejo en el tango fue escaso, aunque los temas involucrados figuren entre los clásicos de repercusión permanente.

    Es lo que pasó con la crisis de 1929 —la caída de la Bolsa de Valores de Estados Unidos que causó un desastre financiero mundial—, sobre la cual, pese a su dimensión y sin mencionarla de modo directo, aunque sí a sus repercusiones económicas y sociales, solo hay dos tangos a resaltar.

    El primero, Al mundo le falta un tornillo, fue compuesto por José María Aguilar, con letra de Enrique Cadícamo, en 1933, cuando al quiebre de Wall Street Argentina sumaba “la década infame” tras el derrocamiento del presidente Yrigoyen por un golpe de Estado cívico-militar:

    Todo el mundo está en la estufa, / triste, amargao, sin garufa, / neurasténico y gastao. / Se acabaron los robustos, / si hasta yo, que daba gusto, / cuatro quilos he bajao. / Hoy no hay guita ni de asalto / y el puchero está tan alto / que hay que usar el trampolín. / ¡Si habrá crisis, bronca y hambre, / que el que compra diez de fiambre / hoy se morfa hasta el piolín…! (…) Al mundo le falta un tornillo, / ¡que venga un mecánico / pa ver si lo puede arreglar…!

    En Argentina, la agricultura, motor de su economía, se estancó, descendieron las transacciones comerciales, bajaron los precios de la exportación y subieron la inflación y el desempleo, creando el caldo de cultivo para la referida “década infame”, iniciada con la caída de Yrigoyen y seguida de revueltas militares que culminaron con la dictadura del conservador Ramón Castillo en 1943, ciclo cerrado con la llegada de Perón al poder.

    En Uruguay, la crisis se sintió con rapidez porque el valor de sus materias primas y los volúmenes de venta al exterior se acercaron a un abismo, al tiempo que desaparecieron los capitales extranjeros para alimentar la inversión y el proteccionismo exterior, salvaje, precipitó el desplome de toda la economía y trajo devaluaciones, inflación, desempleo y mayor pobreza. El manejo de la situación estaba en manos del Consejo Nacional de Administración, cuyas medidas de emergencia fracasaron y se extendió el malestar que —según muchos historiadores— condujo a varios grupos de distintos intereses a fomentar el golpe de Estado de Gabriel Terra en 1933.

    Puede parecer curioso, pero pese a un estudio de diversos documentos que realicé —y que supongo exhaustivo, aunque puedo haberme distraído y pecar de omisión— no hallé tango alguno compuesto en nuestro país con base argumental en esta cuestión.

    Sí apareció en Buenos Aires, cuando Discépolo, un año después del iniciático Al mundo le falta un tornillo, en 1934, escribió su inmortal Cambalache, quizás más abarcador, aunque sin impedir que el de Cadícamo, hasta por el estilo de la letra, fuera considerado su precedente:

    Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor, / ignorante, sabio, chorro, / generoso o estafador… / ¡Todo es igual! / ¡Nada es mejor! / Lo mismo un burro / que un gran profesor. / No hay aplazaos ni escalafón, / los ignorantes nos han igualao. / Si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición, / da lo mismo que sea cura, / colchonero, Rey de Bastos, / caradura o polizón

    Ambos tangos han tenido, me atrevería a decir que hasta hoy, múltiples versiones. Pero hay un detalle a señalar: mientras que Gardel grabó Al mundo le falta un tornillo para Odeón, en febrero de 1933, jamás cantó Cambalache, que fue estrenado en el Maipo por Sofía Bozán y ha sido éxito del repertorio —entre otros— de las orquestas de Lomuto con Fernando Díaz, Canaro con Roberto Maida y D’Arienzo con Alberto Echagüe, y los solistas Tania, Edmundo Rivero y Julio Sosa, aunque este hizo otras dos grabaciones con Armando Pontier y Leopoldo Federico, respectivamente.

    Y dos peculiaridades al cierre: por un lado, mientras Al mundo le falta un tornillo nunca fue censurado, Cambalache figuró en distintas épocas en “listas negras” de los gobiernos de turno; por otro, hay quienes suman a esas dos obras otras con igual intención, lo que, a mi juicio, es discutible: Acquaforte, Pan y Al pie de la Santa Cruz.

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