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    N° 1702 - 21 al 27 de Febrero de 2013

    En momentos en que se acumulan problemas tanto a nivel interno como externo, parecen profundizarse las divisiones dentro del gobierno respecto al rumbo de la política económica, lo que genera incertidumbre innecesaria y muy negativa.

    El deterioro de la coyuntura económica es evidente y se manifiesta en diversos frentes, tales como la ampliación del déficit fiscal, la aceleración de la inflación, la pérdida de competitividad, el incremento del déficit de cuenta corriente, la fuerte suba del dólar en Argentina y la cada vez más insostenible situación de ese país y la falta de dinamismo de la economía brasileña (más allá del leve repunte del crecimiento que se anticipa para este año). En sentido positivo, por ahora se mantienen elevados los precios de los principales productos de exportación agropecuarios (aunque los de los productos industriales experimentaron una fuerte baja el año pasado) y, desde el punto de vista financiero, es claro que el panorama en materia de tasas de interés internacionales y abundancia de capitales se mantendrá sin cambios durante todo este año y la mayor parte del que viene, por lo menos.

    Aunque, en promedio, todavía Uruguay sigue recibiendo en términos netos influencias positivas desde el exterior, la fuerza del “viento de cola” ha amainado notoriamente e, incluso, existe un riesgo cada vez mayor de que la inevitable implosión del actual modelo argentino altere sustancialmente este panorama.

    Dada esta realidad, uno asumiría que el gobierno estaría preocupado respecto a cómo preparar mejor al país para enfrentar el hecho de que en el tiempo por venir tendrá que convivir con un contexto externo menos favorable en el mejor de los casos, que eventualmente puede tornarse francamente negativo cuando Argentina deba sincerar su política económica.

    En lugar de ello, nos encontramos en una situación en la cual las divisiones entre los dos equipos económicos (el que responde al vicepresidente Astori, liderado por el ministro de Economía, Fernando Lorenzo, y el que responde al presidente Mujica, liderado por el director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Gabriel Frugoni) se hacen visibles todos los días, así como el “cobro de facturas” entre ambos. Del mamarracho de la fracasada venta de Pluna se pasó al mamarracho del fracasado Impuesto a la Concentración de Inmuebles Rurales (ICIR). Y, en medio de todo esto, se lanzan propuestas para modificar los beneficios de la ley de inversiones, cambiar el marco jurídico de las zonas francas, otros eventuales cambios impositivos y más anuncios por el estilo.

    Lo realmente trágico para Uruguay es que nos encontramos enfrentados a una situación mala que puede llegar a ser mucho peor. El equipo “astorista”, que ha manejado la economía desde que llegó al gobierno el Frente Amplio hasta ahora, básicamente ha agotado todos los márgenes que le generó al país el mejor contexto internacional en más de 50 años. Ello se ve con claridad en los números fiscales actuales (en la “cresta de la ola”, déficits similares o peores a los del año 2003, cuando la economía estaba sumida en una profunda recesión, y con un gasto público muchísimo mayor), en la fuerte pérdida de competitividad, así como en una inflación persistentemente por encima de las metas oficiales. Además, el incesante aumento del gasto público y los cambios en el mercado laboral han introducido rigideces en el funcionamiento de la economía que si bien no se han manifestado con el “viento a favor”, van a dificultar el ajuste a partir de ahora con un contexto externo menos benigno. Por otra parte, el “giro a la izquierda” que propone el equipo “mujiquista”, de concretarse, puede constituirse en un desestímulo significativo a la inversión y al gasto, justamente en momentos en que el viento externo está soplando menos fuerte y muy probablemente cambie de signo, lo cual podría provocar un freno mayor al crecimiento, golpeando negativamente al empleo y a la situación fiscal.

    El presidente Mujica debería entender tanto que la estrategia económica empleada hasta ahora está agotada, como que el eventual “giro a la izquierda” sería mucho peor. Lo que el país necesita, a la luz de un contexto internacional y, sobre todo, regional menos favorable, es que se aprovechen los dos años que quedan de la actual administración para pasar a tener una política fiscal fuertemente contractiva, desindexar la política salarial y aplicar una política monetaria más expansiva. De esa manera, el gobierno podría mitigar simultáneamente y de manera coordinada tanto los desequilibrios internos (déficit fiscal y aumento de la inflación) como externos (pérdida de competitividad y aumento del déficit de cuenta corriente).

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