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    Aquello, lo que se fue

    N° 2001 - 27 de Diciembre de 2018 al 02 de Enero de 2019

    Siempre hay una edad —nunca es la misma, depende de cada quien— para apelar a la memoria y traer de regreso lo que, aunque se niegue, uno sabe que se ha ido y ya no volverá.

    Entonces, al hacerlo, aquel y aquel de más allá volverán a la nostalgia y, aquellos otros, puede que a la melancolía. Pero nadie será inmune a la emoción.

    Héctor Stamponi contó que una noche, sentado junto a Sábato en un banco cubierto por los frondosos árboles de la casa de Santos Lugares del escritor, este le hizo una confesión que lo sorprendió:

    —Si pudiese hacer un pacto con el Diablo, con gusto cambiaría toda mi obra por ser el autor de Sur.

    A Sábato, como después al historiador Sergio Pujol, sin ser los únicos, las letras de Homero Manzi con músicas de Aníbal Troilo sobre el barrio —en realidad un único barrio recreado, Nueva Pompeya— le recordaban a Marcel Proust, como si el escritor de la monumental A la búsqueda del tiempo perdido, que el poeta popular leyó, los hubiese empujado imaginariamente a que se unieran en su propia rememoración de lo que hubo y ya no está, la felicidad perdida, la cercanía del fin.

    De toda la obra de Barbeta y Pichuco son solo dos tangos y un vals, pero bastan: Barrio de tango, Romance de barrio y el inmortal Sur. El tríptico que se creó para una elegía destinada a eternizar el recuerdo de un sitio, unas cosas, unos sentimientos que el tiempo intenta borrar.

    También llama la atención cómo se conocieron Troilo y Manzi. El músico estaba con amigos en el restaurante Emiliana, en la calle Corrientes, cuando Homero se sentó a su lado:

    —¿Y este barbudo qué quiere?, pensé. ¿La verdad? Nunca supe qué quería, pero salimos juntos y a las tres cuadras éramos hermanos de la vida.

    Nueva Pompeya, barrio del sur de Buenos Aires, cercano a Boedo, a la Boca y a Barracas, adonde se mudó la familia de Manzi desde la natal Añatuya, en Santiago del Estero, pasó a ser el lugar no canjeable en la vida del poeta, algo así como su mismidad: un escenario proletario, de casas bajas y unas tierras anegadizas, muy próximo al histórico puente Alsina, otro símbolo tanguero —hoy rebautizado Ezequiel Demonty, nombre al que tercamente nadie alude— y al Riachuelo, y repleto de bares, pulperías, cafés y prostíbulos donde el tango ya era rey.

    Razón, quizás, por la que tuvo su nombre definitivo cuando en 1900 religiosos capuchinos levantaron la basílica y santuario Nuestra Señora del Rosario de Pompeya: hasta entones se llamó el “Barrio de las ranas”, en su acepción lunfarda. “Rana”, en ese argot, es el hombre listo, astuto, enamoradizo y bailarín.

    Barrio de tango, Romance de barrio y Sur fueron compuestos entre 1946 y 1948: Manzi ya sabía de la enfermedad que lo llevaría a la muerte. Sin embargo, en sus versos no hay dolor, no hay angustia; son acuarelas entrañables de un tiempo joven de caminatas, calles, árboles, paredones, esquinas, melenas de novia, de culpas que no se tuvieron, de misterios de adiós que siembra el tren, de perfumes y lunas, del hoy soñado como el ayer, del pesar por lo cambiado y de sueños que morirán.

    ¿Y de despedidas? Sí, por lo inevitable, retratado en una anécdota: con la partitura de Sur en la mano, Manzi visitó con el bandoneonista Lipesker a Nelly Omar, su amor prohibido y final, y le pidió que lo aprendiese enseguida y lo tararease a Edmundo Rivero, el cantor que lo iba a grabar con Troilo, a quien llamó por teléfono. Nelly lo hizo y terminó llorando; Rivero, emocionado, lo recordó muchas veces, añadiendo:

    —Cuando lo estrenamos pareció que todo en el cabaré se detenía: los mozos en su caminar, los bailarines, las muchachas que ni respiraban. Fue como un trance casi religioso.

    Y Troilo, gastadas ya la voz y el corazón, sentenció poco antes de morir:

    —Esos versos me llevaron… No sé, al barrio, a lo que ya no está. Fue algo mágico.

    Cada vez que se oye cualquiera de estos temas —claro, sobre todo Sur— suele decirse que es una transportación, un sueño querible, nunca un padecer; un milagro que nos ubica de nuevo en todo aquello que más amamos: dar vuelta la esquina y reencontrarse con ella, con los amigos, con los aromas y con el barrio, la cuna total, con los ojos bien abiertos, devorándose todo, mientras la ciudad duerme.

    Para los argentinos, ya fue dicho, eso está unido a Nueva Pompeya, sin olvidar a Boedo, la Boca, Barracas y el puente Alsina.

    Los uruguayos pueden pensar en el Sur, en Palermo, en Goes, en Reus y, por qué no, en el puerto y sus cercanías.