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    Ara Pacis

    Columnista de Búsqueda

    N° 1877 - 28 de Julio al 03 de Agosto de 2016

    La bazofia que compuso Pablo Neruda en homenaje a Stalin, las esculturas de Arno Becker multiplicando para el desprecio y el olvido la cabeza y el famoso bigote de Hitler, los poemas de alabanza que recibió Fidel Castro por parte de varios extasiados intelectuales de este tenebroso rincón de obsecuentes que se ha dado en llamar América Latina, el carácter legendario con que la vulgaridad de Napoleón fue disimulada por David se encargaron de crearle muy mala reputación al parentesco del arte con la política. No deja de ser injusto, sin embargo, acusar al vínculo de las miserias que produjeron las personas, es decir, los gobernantes innobles, los artistas degradados, los amigos interesados, los círculos de influencia, la ambición y la vanidad de unos y otros. A veces, cuando las personas son decentes, política y arte funcionan bien sin menoscabo para ninguno de los dos campos.

    Dos ejemplos italianos me asisten en esta observación. Uno es el del ingente movimiento futurista, que encontró auspicios en ciertas espléndidas franjas de la planificación arquitectónica y de urbanización del Estado fascista; pienso, por ejemplo, en algunos edificios públicos como el todavía admirable Palacio de la Civilización Italiana, que representa como pocos la alianza de continuidad entre las líneas clásicas y las audacias de una cultura llamada a cambiar el mundo. El otro ejemplo —para mí el más fructífero— es de Virgilio, poeta de Augusto.

    Merced a la generosidad de unos amigos viajeros, que pensaron en mis lecciones sobre Virgilio cuando visitaron el Ara Pacis, pude leer, y lo hice con mucho interés, el libro de Gilles Sauron Augusto e Virgilio. La rivoluzione artística dell’Occidente e l’ara Pacis (Jaca Book, Milano, 2013), cuyo objeto es indicar las marcas que ligan la ideología de Augusto acerca de la identidad romana, con la poesía de Virgilio y esta, a su vez, con el arte escultórico y ornamental. El eje de su investigación está en aquel monumento que es el llamado Altar de la Paz, que fue levantado por Augusto entre los años 13 y 9 a.C. en honor precisamente de la diosa Paz. Se encontraba en la via Flaminia, sobre el Campo de Marte, y fue dedicado a la celebración de las victorias romanas. Los testimonios históricos afirman que Augusto dio mucha importancia política a esta mole por cuanto representaba la afirmación del triunfo y de su corolario, precisamente la romana Pax. En aquellos tiempos se estableció que los soldados, cuando eran movilizados luego de haber alcanzado sus objetivos militares, debían llegar a este lugar a celebrar los ritos de clausura de la actividad bélica.

    El estudio de Sauron se aventura en los frisos y en los bajorrelieves que al igual que el Palacio de Dido en Cartago y que el escudo que Vulcano compone para Eneas por instigación seductora de Venus, cuentan historias míticas acerca de la suerte del pueblo troyano y de su derivación latina. En este caso, vemos toda la heredad romana a partir de su fundador Eneas, con sus muchas incidencias legendarias, tales como el desvío cartaginense, la lucha por los territorios del Lacio, la absoluta legitimidad de los Julios, los primeros reyes, las batallas ganadas, la entrega y la esperanza. Lo que Virgilio inmortalizó en versos se convirtió en ornamento y contenido ideológico de esta pieza que es uno de los tesoros que recientemente han sido recuperados para admiración de los visitantes y estudiosos de todo el mundo.

    La buena investigación que repasa minuciosamente objetos y contextos, y que en todo momento opera en la interpretación de los innúmeros signos, necesariamente se encuentra con la funcionalidad política del más grande poeta de todos los tiempos, que escribió una obra con el propósito de explicar las razones míticas que sostienen el supremo derecho de Octavio al trono de Roma; razones que muestran, en rigor, por qué fueron abolidas las instituciones de la República, por qué Julio César debió haber sido emperador, por qué él, ese futuro Augusto, es su heredero natural; por qué tuvo lugar la batalla de Actium, donde sucumbió Marco Antonio y se disolvió el Triunvirato que hasta el momento mantenía provisoriamente la legitimidad del poder en medio de tantas perturbaciones militares y políticas. Octavio necesitó demostrar que no era solamente el caprichoso hijo adoptivo predilecto de Julio César, sino el último eslabón de un linaje que echaba sus raíces en el fondo heroico y casi divino de la historia. El arte se lo hizo posible.

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