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    Argentina, Uruguay y sus posibles aprendizajes políticos mutuos

    Nº 2252 - 23 al 29 de Noviembre de 2023

    Es inevitable mirar Argentina y pensar en Uruguay. ¿Qué podemos aprender nosotros del proceso político argentino reciente? ¿Qué podrían aprender en Argentina de la política uruguaya? Las dos preguntas valen la pena. Ensayemos algunas respuestas.

    Empecemos por posibles lecciones de la crisis argentina y de su impactante desenlace electoral. Primero. La calidad de la política es decisiva para la prosperidad de las naciones. Argentina, un país espectacular, lleno de riquezas naturales y de talento, está arruinado. Y lo está, sencillamente, porque la política funciona muy mal. Este punto, una de las principales ideas-fuerza del discurso de Javier Milei, presidente electo, es de la mayor importancia. Además de prácticas disfuncionales, la política argentina tiene graves problemas de diseño institucional. Menciono solo dos: los decretos de necesidad y urgencia y las elecciones de medio término. Cuidar nuestra política, ponerla a salvo de las patologías circundantes (crisis de representación, outsiders, crimen organizado, entre otros males) es fundamental.

    Segundo. La elección argentina demuestra la importancia de la emoción en la política. Al menos desde los tiempos de Anthony Downs (An Economic Theory of Democracy, 1957), es muy común en la ciencia política aceptar, como axioma, que políticos y electores son tan racionales como productores y consumidores. Me parece que explicar la elección de Milei en esos términos es perfectamente posible, pero que tiene incluso más sentido verla como una reacción emocional. ¿Es racional tomar tantos riesgos como los que la ciudadanía argentina acaba de asumir? Pensando en la elección uruguaya del año que viene, ¿cuánto pesará lo emocional en la decisión de los votantes?

    Tercero. La autenticidad es decisiva. Es cierto que, durante el mes del balotaje, Milei bajó los decibeles y tendió puentes hacia posibles aliados (previamente, denostados). Pero, comparado con Sergio Massa, fue auténtico. La furia de Milei no fue impostada. Cada gesto de Massa, en cambio, parecía haber sido ensayado una y mil veces. La ciudadanía distingue entre lo natural y lo artificial. La cosmetología en campañas electorales tiene un límite, por suerte. ¿Estarán de acuerdo con esto quienes competirán por la presidencia en nuestro país o se dejarán llevar por los excesos del coaching?

    Cuarto. Los debates presidenciales no mueven tanto la aguja electoral como muchos líderes políticos parecen temer. Me parece evidente que, en los sucesivos duelos, Massa lució mucho más preparado y solvente que Milei, que nunca logró ocultar sus fragilidades. A la ciudadanía no le importó demasiado. De todos modos, gracias a los debates conocemos mejor a Milei. Mirado desde este punto de vista, los temores a los debates de muchos políticos uruguayos parecen poco fundados.

    Quinto. El de Argentina es otro caso de cultural backlash. Algunas prácticas e ideas de la izquierda en muchas democracias contemporáneas han generado cansancio y fastidio en una parte importante de la sociedad. El triunfo de Milei es una perla más en el largo collar de reacciones, por ejemplo, contra la movilización callejera permanente y la agenda de nuevos derechos. Esto ayuda a entender la derrota del Frente Amplio en 2019 y será tema de campaña el año que viene.

    Analicemos, ahora, la pregunta opuesta. La política uruguaya tiene lecciones para compartir con la de Argentina. Primero. Gobernantes y votantes deben aceptar las reglas básicas del capitalismo. Ningún país puede funcionar si el “primer piso” de la economía, como le gusta decir a Ricardo Pascale, no está sano. El kirchnerismo, una variedad de peronismo especialmente voluntarista, no parece haberlo entendido. No hay economía que prospere si el déficit fiscal no está bajo control, si el tipo de cambio es imprevisible, si hay inflación y si el ambiente de negocios está nublado por sospechas de corrupción. Uruguay es un buen ejemplo de cómo todos los partidos, después de la dictadura, han respetado estas reglas. El aporte de los economistas, en este sentido, ha sido clave (en la docencia universitaria, en los medios de comunicación y en la gestión pública).

    Segundo. Los gobernantes deben estar dispuestos a tomar riesgos y a, llegado el caso, perder apoyo electoral. Una de las prácticas más negativas de la política argentina de los últimos años (incluyo la presidencia de Mauricio Macri) es la de tomar decisiones en función del estado de ánimo de la opinión pública. Los políticos uruguayos también quieren ganar elecciones. No ponen todo el tiempo la cabeza en la guillotina. Pero se atreven a “descontentar”, a ir contra la corriente, a polemizar con la opinión pública. Tengo presentes dos ejemplos. Danilo Astori, a quien tanto hemos recordado estos días, en 2016, con el apoyo del presidente Tabaré Vázquez, tomó la crucial decisión de subir impuestos cuando temió que el país pudiera perder el grado inversor. El gobierno que preside Luis Lacalle Pou tomó la decisión de seguir adelante con la reforma de la seguridad social sabiendo que puede implicar un costo político alto.

    Tercero. Los presidentes argentinos, cuando están en minoría, deberían evitar la tentación de abusar de los decretos de necesidad y urgencia. En su lugar, podrían aprender de la dinámica uruguaya de construcción de coaliciones. El DNU es un atajo riesgoso. Facilita que el presidente impulse su agenda, en la medida en que no tiene que tomarse el trabajo de construir una mayoría en el Congreso. Pero, por eso mismo, conspira contra la calidad de las decisiones (no hace falta deliberar) y contra la estabilidad de las políticas públicas (un presidente puede desmontar rápidamente lo decretado por el anterior). Uruguay, en cambio, tiene una larguísima historia de construcción de acuerdos, inter- e intrapartidarios. Desde la Paz de Abril de 1872 en adelante, y durante muchas décadas, los líderes políticos negociaron para distribuir esferas de influencia y construir políticas públicas estables. Desde la restauración de la democracia en 1985 hasta ahora, las prácticas de negociación funcionan mucho mejor dentro de cada uno de los dos grandes bloques que entre ellos. Hay mucho para mejorar en este sentido. Pero, cuando les toca gobernar, ambos bloques se las ingenian para construir acuerdos. La práctica de construir coaliciones, en particular, se ha ido volviendo cada vez más sofisticada. Desde luego, acá también existe la tentación de recurrir en exceso al mecanismo de urgente consideración (una versión light de la lógica del DNU).

    Las democracias, como órdenes sociales, tienen la oportunidad de aprender de sus propias peripecias (evolución cognitiva, diría Emanuel Adler). Puede ayudar el hecho de prestar atención a las historias, los aciertos y los errores de los países vecinos.