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    Arte de la mentira

    Columnista de Búsqueda

    N° 1993 - 01 al 07 de Noviembre de 2018

    La mordaz sátira política de Jonathan Swift es el producto directo de que haya dejado el hombre de ser la medida de las cosas al derrumbarse la fe renacentista. Claro que si el hombre y su disposición moral, política y social son el objeto de su incesante diluvio de vituperios, y la prueba contundente sobre la naturaleza defectuosa de los hombres y sus instituciones, todo tiende a indicar que no tendría mayor sentido volverse loco porque los locos, en tiempos fatuos o cínicos como estos que hoy tenemos, fueron desplazados de su condición referencial del universo y de sus simples o complejos componentes.

    Hay un vicio que a Swift claramente le hacía perder la calma; y es que el hombre, que ha demostrado por todos los medios posibles su insolvencia intelectual, moral y organizativa a los efectos de disponer de una forma pacífica y racional de vida entre sus semejantes y sus vecinos del reino natural, persista en su error y en su voluntad de mantener un sistema claramente chapucero y falaz. Considera que la política, como resignada última frontera de esas flaquezas, es el ámbito propicio para que tanto vicio se sienta a sus anchas.

    Respecto de esta última actividad, su promesa de tratado nunca cumplida y titulada El arte de la mentira política (Sequitur, Gussi), libro que es el anticipo comentado de un libro que jamás se escribió, muestra que la versación de los políticos en ese difícil arte que reclama tanta aplicación y constancia, los llevó a separar en tres grandes grupos la índole de su tarea. En su esfuerzo por clarificar, dice que según el autor que escribirá el libro que no se escribió, hay tres tipos de mentiras que los políticos utilizan, a saber: “La mentira calumniosa, la mentira por aumento y la mentira por traslación. La mentira por aumento atribuye a un gran personaje mayor reputación de la que le pertenece, y esto para ponerlo en condiciones de servir a determinado buen fin o propósito. La mentira de maledicencia, de detracción, de calumnia o mentira difamatoria es la que arrebata a un gran hombre la reputación que se ganó justamente, por temor a que use de la misma en detrimento del público. La mentira de traslación es la que transfiere el mérito de una buena acción de un hombre a otro poseedor de cualidades superiores; o por la que se quita el demérito de una mala acción a quien la cometió para transferirlo a un hombre con menores méritos”.

    Es realmente una pena que este libro nunca se haya escrito, porque es decididamente atractivo lo que tiene para revelarnos. Swift, hiriente en sus ironías, implacable en sus denuncias, llega a niveles de exquisitez a la hora de entenderse con la rozagante vida de las mentiras. Por ejemplo, nos dice que en un eventual capítulo, el autor del tratado abundará sobre la relación entre tiempo y mentiras, detalle que en cualquier circunstancia y aun en los estrados de la Justicia, es decisivo, porque no es lo mismo mentir que mentir un rato largo o mentir siempre: “El capítulo noveno trata de la celeridad y de la duración de las mentiras. Respecto a la rapidez con que circulan las mentiras, el autor afirma que resulta casi increíble; ofrece algunos ejemplos de mentiras que han corrido más deprisa y hecho más camino que el que podría hacer un hombre del servicio de Correo. Las mentiras aterradoras se difunden con una velocidad prodigiosa, a más de diez millas por hora. Las que se difunden en sordina, solo circulan en un estrecho radio pero circulan y se difunden ahí con mucha rapidez. Sostiene que resulta imposible explicar los distintos fenómenos relativos a la rapidez de las mentiras, sin tener en cuenta el sincronismo y la combinación, es decir, sin suponer que varias personas, por así decir, acordadas entre sí, han soltado al mismo tiempo la misma mentira en distintos lugares. Por lo que a la duración de las mentiras se refiere, sostiene que deben distinguirse varios tipos ya que las hay de muchos géneros: a saber, mentiras de horas, de días, de años y de siglos; que se dan determinadas mentiras políticas que como los insectos mueren y reviven bajo nuevas formas; que los buenos artistas, como los que construyen casa en tierra arrendada, saben calcular con tal seguridad la duración de una mentira que esta se ajusta perfectamente a sus propósitos, pervive y se mantiene el tiempo del arriendo”.

    Recomiendo la lectura de Jonathan Swift. Es una instigación que hoy dramáticamente se echa de menos.

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