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    Así fueron las cosas

    Nº 2111 - 18 al 24 de Febrero de 2021

    ¿Puede ser que una historia contada de modo simple y emotivo, y convertida en ejemplo de amistad de dos hombres populares, revele para muchos, de pronto, cuando se “revuelven papeles”, circunstancias que, si bien no cambian su esencia, dan espacio a sorpresas para la gente común?

    Sí. Y tal vez el ejemplo paradigmático sea la relación admirativa entre Carlos Gardel e Irineo Leguisamo, que la mayoría recrea todavía escuchando el tango homenaje al más famoso jockey de estas tierras cantado por el Mago.

    Estoy seguro de que hay aspectos de ese vínculo que la mayoría no sabe o no ha sostenido en su memoria tal cual ocurrieron.

    Leguisamo nació en 1903 en Arerunguá —en guaraní, lugar de los que perduran—, localidad de Salto, Uruguay. A los 13 años, pesando 35 kilos, ganó su primera carrera en el hipódromo local con la yegua Mentirosa; tras algunas victorias más viajó a Uruguayana, Brasil y posteriormente, en 1919, comenzó a montar en Maroñas, Montevideo. El afamado cuidador Francisco Maschio lo llevó a Buenos Aires en 1922, donde se afincó definitivamente y desarrolló una trayectoria con más de 14 mil carreras, más de cuatro mil victorias y 14 estadísticas ganadas, incluyendo 500 clásicos.

    La primera curiosidad olvidada es que Leguisamo solo, el tango emblemático en su honor e inmortalizado por Gardel, fue escrito en 1925, cuando aún no se habían conocido con el cantor, por un inmigrante italiano, Modesto Papávero, dedicado a la dirección de orquestas en obras teatrales y creación de música para las mismas. Escribió, además de su obra cumbre, muy pocos tangos: Taconeando salió, Ni fu ni fa, Muñeco al suelo, ¿A quién le ganaste?, Sosegate, Feliciano —también grabado por Gardel—, El triunfo de la milonga y Justo Suárez solo, en homenaje al boxeador argentino de ese nombre.

    Es también curioso que haya quedado en el olvido que quien estrenó Leguisamo solo fue Tita Merello, en la revista En la raya te esperamos, de Luis Bayón Herrera, con un éxito fenomenal. José María Aguilar acercó la partitura y letra a Gardel, quien se entusiasmó, ensayó el tema, comenzó a cantarlo en diversos escenarios y lo grabó en 1926. Recién un año después, burrero de alma como fue, conoció en Palermo a Leguisamo, quien en ese primer encuentro no le causó buena impresión, no jugó por él y le puso, debido a su aspecto, el apodo de Mono, que molestó mucho al jockey, ya habituado a que le llamaran Legui o el Pulpo:

    —¡Tan chiquito, qué vas a ser buen jockey!

    Ese día Leguisamo ganó muchas carreras. Gardel perdió tanto dinero que, al cerrar la jornada, se disculpó con él, lo invitó a comer y, ahí sí, nació esa amistad indestructible que está en la mejor historia del tango y su estrecho vínculo con el turf. No en vano, Leguisamo corrió varios caballos propiedad de Gardel, siendo el más famoso Lunático.

    Quedan un par de curiosidades más para, espero, disfrute del lector.

    ¿Qué llevó a Papávero a escribir este tango, si no conocía el mundo de la hípica? Su confesión:

    —La música me salió primero, a pedido del autor de la obra teatral; una melodía sencilla pero pegadiza, sabrosa para la época. Después fui una tarde al hipódromo donde corría Leguisamo, ya famoso, y me pasé horas estudiando sus movimientos y todo el ambiente que lo rodeaba. De ahí surgió la letra, que reconozco simple pero caló enseguida en el corazón de la gente. Cuando Tita lo cantó, se pidieron bises y el público empezó a corear con ella la canción.

    Algo más: Gardel hizo otras dos grabaciones en la década de 1930. En ambas añade un final por su cuenta.

    Pero cuando lo cantaba aquí decía:

    —Bueno, viejo Francisco, decile a el Pulpo que a Lunático lo voy a retirar a cuarteles de invierno. ¡Ya se ha ganado sus buenos garbancitos! Y la barra, completamente agradecida. Sentí a la barra… (Tras un corto silbido, los guitarristas terminaban a coro con un ¡Muy bien!).

    Pero en España cambiaba el texto:

    —Che, viejo Francisco, cuando corra Lunático, viejo, ¡dieciocho setenta por barba! Y armado todo el mundo, y hecho un gil… Y no va más… (Agregando el silbido y el coreado ¡Muy bien!).

    Para el cierre: Leguisamo adoró a Gardel. Pero tuvo otro querer: casado y sin hijos, tomó en una especie de adopción entrañable a Palito Ortega. Esa amistad lo llevó a correr y ganar su última carrera, a los 70 años, montando a un caballo del popular tucumano.

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