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    Assimakos y la demolición del derecho de propiedad

    N° 1752 - 13 al 19 de Febrero de 2014

    El edificio de la vieja fábrica de alfombras Assimakos, abandonado desde hace años y varias veces desalojado de “ocupas”, fue finalmente demolido. Allí se instalará una nueva sucursal de una importante cadena comercial, que traerá mejoras sustanciales al barrio: empleo, movimiento, seguridad…en fin, nuevas oportunidades.

    Sin embargo, muchos ciudadanos quedaron espantados con tal noticia. “¡Cómo van a demoler esa hermosa fachada!”, “¡Qué falta de sensibilidad comunitaria que tienen los nuevos dueños!”, y a partir de allí comenzaron a pedir que “el Estado se lo debe impedir”, “hay que ‘proteger’ esa fachada”, atentando impúdicamente contra el sagrado derecho del dueño de hacer lo que le plazca con su propiedad.

    Es interesante analizar cómo la gente actúa con mentalidad “socialista” cuando se trata de regular la vida de los otros y actúa con mentalidad “capitalista” cuando protege sus bienes y su propiedad individual. Ingresé a varios debates sobre este tema en las redes sociales y cuando les planteaba a los “sensibles-protectores-de-fachadas-ajenas” que el Estado iba a regular “su fachada”, a impedir que la pinte, la cambie o la derribe, esa opción no les gustó.

    ¿Hasta dónde puede meterse el Estado con mi propiedad privada? ¿Hasta dónde una “Comisión de Vecinos” puede decirme cómo y con qué diseño construir mi casa? ¿Acaso el “gusto colectivo” debe primar sobre el “gusto individual”? ¿Debemos todos vestirnos como Mao?

    Las legislaciones que buscan proteger monumentos históricos, barrios antiguos o construcciones insignes de una ciudad, lo deben hacer mediante acuerdos con sus propietarios, pagándoles lo que ese edificio vale o haciéndose cargo de los costos extras que las limitaciones impuestas por la ley le acarrean al dueño. Pero en los hechos, el Estado uruguayo es tan, pero tan ineficiente, que estos procesos duran años y el único perjudicado es el propietario, a quien sacrifican como a un cordero en el altar del “interés general”.

    En “Cartas al Director” de la última edición de Búsqueda, un lector (que es arquitecto) envía esta: “Dice mi tan estimado colega y gran profesor, arquitecto Mariano Arana, a quien por muchas razones respeto y admiro, que la ciudad es una obra coral. Pero, en el coro, cuando una voz desafina, el director lo hace callar. Cuando en un entorno arquitectónico, por mediocre que este sea, se yergue un acento absurdo, aunque se transforme en un hito de ese entorno, el tal hito está desafinando y es un grito destemplado; se está maltratando la lógica de un concepto arquitectónico y no me duele que haya desaparecido, aunque lo haya hecho de mala manera”.

    Es decir, si en un entorno determinado (sea mediocre o hermoso) alguien hace algo diferente que “desentone”, entonces destruyamos lo “individual” para acompañar lo “colectivo”.

    Bajo esta premisa mediocre y colectivista, en Uruguay jamás habrá lugar para un arquitecto como Howard Roark, el protagonista de El Manantial, el genial libro de Ayn Rand que relata la batalla de un joven arquitecto que quiere innovar, desarrollar un nuevo tipo de arquitectura desafiante del statu quo. Y tal lucha la da por puro “egoísmo”, es decir, por el puro deseo de realización personal, sin otro objetivo que buscar su propia felicidad y no sacrificarse por otros, como no aspira a que otros se sacrifiquen por él.

    Por lo tanto, el derecho de propiedad individual es un derecho humano esencial. Y Ayn Rand lo define así: “El derecho a la vida es la fuente de todos los derechos y el derecho a la propiedad es su única implementación. Sin derechos de propiedad ningún otro derecho es posible. Como el hombre tiene que mantener su vida por su propio esfuerzo, el hombre que no tiene derecho al producto de su esfuerzo no tiene medios para sostener su vida. El hombre que produce mientras otros disponen de lo que produce, es un esclavo”.

    Tengamos cuidado. Cuando le pedimos al Estado que nos “proteja” y que evite la demolición de la fachada de Assimakos, ¿acaso no estamos pidiéndole la demolición de nuestro derecho a vivir en libertad?

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