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    Aunque se vista de seda…

    N° 1774 - 24 al 30 de Julio de 2014

    El Toto Paniagua (personificado por Ricardo Espalter) era el clásico nuevo rico que, a pesar de haber amasado una enorme fortuna, seguía siendo el mismo tipo grotesco y ordinario que el dinero no había logrado pulir. Como ahora se codeaba con la alta sociedad, decide tomar clases con un profesor de buenos modales (Enrique Almada) que, a pesar de sus esfuerzos, no logra superar la incapacidad de su alumno por incorporar un solo buen hábito. Cansado de sus continuos dislates, el profesor remataba el sketch diciendo: “el que nace para pito, no llega a corneta”.

    En la actividad empresarial hay muchos Totos Paniagua. No hay manera de sacarlos del fango en que surgieron, aun cuando vistan botas de oro o plata. Nadie puede comprender cómo estos individuos pueden trabajar en oficinas que son verdaderas covachas, cuando podrían disfrutar de otras comodidades. Se los ve ahorrar en minucias y gastar en excentricidades. Conozco el caso de un “heredero de empresa” que ahorraba en trapos de piso, mientras compraba una importante biblioteca con la vana esperanza de que rodearse de libros le daría saber. Jamás abrió uno. Todos sabían que así iba a ser. Menos él.

    No es muy simpático ver estos casos en la actividad privada, pero en primera y en última instancia, serán sus clientes, empleados y proveedores los que decidan convivir libremente con esa situación. Las consecuencias de sus buenas o malas decisiones caerán exclusivamente sobre sus hombros.

    Pero cuando los Totos Paniagua ocupan cargos directivos en la órbita pública, los daños suelen ser enormes y los perjuicios soportados por los incautos contribuyentes.

    ¿Por qué a nadie se le ocurre operar a su hijo a corazón abierto con el chofer de la ambulancia, pero sí poner a ese mismo chofer a conducir un hospital? ¿Por qué extraña razón las mejores empresas contratan a los mejores profesionales de las mejores universidades, mientras a los jerarcas públicos los eligen de la “Universidad de la Vida”?

    El caso de Alfredo Silva (lo mejor que encontró el PIT-CNT entre sus escuálidas filas para representarlo en el directorio de ASSE) ha mostrado la hilacha que ya muchos veían asomar. Su estilo, su falta de formación y su dogmatismo fatalista a favor de la lucha de clases, lo llevó a violar los principios básicos del buen management: administrar para darle valor a los clientes, no a los amigos ni entenados.

    El señor Silva y sus secuaces son los que critican la base moral del capitalismo, que no es otra que disponer de libertad para contratar con quien se quiera y sin coacción. Pero a ellos no se les mueve un pelo cuando se aprovechan del poder y la prepotencia del Estado para obtener beneficios inmerecidos, acomodando a conocidos ineptos en cargos relevantes, que de yapa resultaron ser corruptos.

    Como el dinero no tapa las falencias del administrador privado, los votos tampoco tapan las falencias del administrador público.

    La mona (inepta o corrupta) aunque se vista de seda, mona queda.

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