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    Balance 2022: el Frente Amplio

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2204 - 15 al 21 de Diciembre de 2022

    El 2020 fue un mal año para el Frente Amplio (FA). Le costó mucho digerir la derrota. Le costó, tanto o más, aceptar que el nuevo presidente, Luis Lacalle Pou, se manejara con soltura e idoneidad en medio de la más inesperada de las crisis, la causada por la pandemia. El año 2021 fue un poco mejor para el FA. La política sanitaria adoptada mostró sus límites: los contagios y las muertes aumentaron dramáticamente durante el primer semestre. Otros asuntos, entre ellos, la polémica solución encontrada para el problema del puerto, provocaron oportunidades para críticas plausibles. Luego de mucho debate interno, empujado por el PIT-CNT, el FA se lanzó a la campaña de recolección de firmas contra 135 artículos de la Ley de Urgente Consideración y forzó el referéndum. Mientras tanto, la “fuerza política” revitalizó su liderazgo al elegir a Fernando Pereira como su presidente.

    El 2022 fue todavía mejor para el partido de oposición. Es cierto: no logró su objetivo de derogar 135 artículos de la LUC, pero logró repetir la excelente votación de noviembre de 2019. Hemos visto durante todo el año a un FA muy activo. Fernando Pereira encabeza una gira por todo el país en el marco de la campaña El Frente Amplio te Escucha. Ni él ni otros dirigentes frenteamplistas pierden una sola oportunidad de criticar al gobierno. El FA cuestionó todo, de Marset y Astesiano, pasando por el proyecto Neptuno, la transformación educativa, a la reforma de la seguridad social y un largo etcétera. En suma: el FA superó el trago amargo de 2019. Viene avanzando en la consolidación de nuevos liderazgos y recuperando terreno en la competencia electoral. Está plantado firmemente como alternativa a la coalición gobernante y aguarda con expectativa la revancha de 2024.

    De todos modos, el tipo de oposición que despliega me genera dudas. Pero, antes de analizarlas, quiero empezar por enfatizar que el FA cumple con celo su función principal en el sistema político tal como está configurado desde 1966 en adelante. Según Arend Lijphart hay dos tipos de democracia en el mundo: las democracias mayoritarias y las democracias de consenso. Las democracias mayoritarias funcionan con una lógica binaria (Carlos Pareja dixit): un partido, o una coalición, asume la responsabilidad de gobernar; otro partido, u otra coalición, se opone y se prepara para gobernar cuando le toque el turno. Uruguay, este país que parece salido de la cabeza de Aristóteles, es una mezcla. Ha tenido siempre algo de los dos tipos, en un equilibrio cambiante. En 1918 incorporó muchos rasgos de democracia de consenso. Desde la “reforma naranja” en adelante, fuimos abandonando prácticas consensualistas e incrementando la dinámica mayoritaria. La reforma de 1997, con el balotaje, llevó esto más lejos todavía.

    Hoy por hoy, para bien o para mal, nuestra democracia funciona con el esquema binario de oposición versus gobierno. Podemos, como nos reclama Carlos Pareja, analizar si no deberíamos abandonar la lógica mayoritaria y avanzar (o regresar) a esquemas más pluralistas. Debemos, sin ninguna duda, reflexionar sobre cómo se viene tramitando, concretamente, la dinámica gobierno-oposición. Pero, antes, quiero afirmar que, en esencia, el FA hace lo que tiene que hacer de acuerdo con la lógica imperante: oponerse. Esto, que parece obvio, no lo es. La apuesta a la polarización es un peligro. El consensualismo, llevado al extremo, también lo es. Cuando en un sistema político los principales actores se ponen de acuerdo demasiado fácil y rápidamente, es posible que nadie esté en condiciones de canalizar el descontento ciudadano cuando aparezca. Y el fastidio, la insatisfacción e incluso la decepción son inevitables en las democracias contemporáneas. El esquema binario puede tener muchos defectos. Pero hay que reconocerle, como mínimo, una virtud: cuando la ciudadanía deja de creer en el gobierno, tiene a disposición una alternativa perfilada, la de la oposición. Así, queda poco lugar para outsiders, para actores irresponsables, sin experiencia ni credenciales.

    Aterrizo, ahora, en mis dudas. La primera refiere a si el grado y el tono de las críticas frenteamplistas son funcionales o no a su estrategia electoral. La información de opinión pública sugiere que sí. Por ahora, no le va nada mal. Según datos de Opción, el promedio anual de 2017 era de 28%. Cinco años después, es de 39% (ver tabla). Es decir: el FA parece estar en condiciones de recuperar 11 puntos. Si esto se concretara, dado que obtuvo 39% en la elección de octubre de 2019, ganaría incluso en primera vuelta en 2024. Sin embargo, también es posible que este tipo de crítica, tan dura y por momentos indiscriminada, lo alejen cuando llegue el momento de ese puñado de electores moderados, centristas, que suelen ser decisivos en elecciones muy competitivas. Nótese que, según los mismos datos, la suma de los partidos de gobierno es de 41%, apenas 2% menos que hace cinco años y 2% más de lo que registra el FA. Dicho en otros términos: con la estrategia actual el FA va a crecer. La gran pregunta es si su caudal electoral en la primera vuelta de octubre de 2024 aumentará lo suficiente como para obtener, en primera o segunda vuelta, la mayoría absoluta.

    Admito que para mucha gente el resultado electoral sea crucial. No lo es para mí. Desde mi punto de vista, lo único realmente importante es la salud de la democracia. Esto me lleva a la segunda duda de mis dudas. El tipo de oposición que hace el FA, en líneas generales, no contribuye a que podamos tener, en este país, un debate público sereno sobre estilos de gobierno y alternativas de políticas públicas. El FA, en general, apuesta a la estridencia, al juicio sumario, a la polarización. Una vez más: la oposición tiene la obligación de controlar, criticar y prepararse para gobernar. Pero, además, tiene que asumir su cuota parte de responsabilidad sobre la calidad del debate público. El clima político de este país se ha vuelto tóxico. Desde luego, la coalición de gobierno tiene una parte de responsabilidad en esto como argumentaré en 15 días: al fin de cuentas, a Alejandro Astesiano no lo designó Fernando Pereira. Pero cuando el debate público sube demasiado de tono, cuando se pierden los matices, cuando el gobierno es culpable a menos que demuestre lo contrario, cuando se instala un clima de sospecha permanente, el prestigio de la política se desploma y la confianza en la democracia puede, incluso, terminar menguando. Oponerse está bien. Criticar está bien. El tema es cómo y cuánto. Carlos Vaz Ferreira diría: “Cuestión de grados”.

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