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    Balconeando desde afuera

    N° 1994 - 08 al 14 de Noviembre de 2018

    Estos últimos días han permitido mostrar dos caras contrapuestas en lo que refiere a la actualidad del fútbol rioplatense. En el ámbito local, la oscilante puja de Peñarol y Nacional para imponer su circunstancial predominio se encuentra ya en su fase culminante. Sin cuestionar su real importancia, dirimirán fuerzas solo para obtener un hito más en su añejo y muy rico historial: la obtención del título de campeón uruguayo. Mientras tanto, del otro lado del Río de la Plata, los dos equipos más importantes y tradicionales del fútbol argentino se aprestan a dirimir otro pleito. Pero no se trata de otro de los tantos clásicos de entrecasa, sino de un acontecimiento realmente excepcional: Boca Jr. y River Plate definirán nada menos que la actual edición de la tradicional y linajuda Copa Libertadores de América.

    Para ir por orden: luego de un singular intercambio de concesiones recíprocas —que repercutían en la alternancia del liderazgo del Clausura y en la Tabla Anual—, Peñarol logró finalmente quedarse con ambos torneos, lo que le permite llegar a la definición del Campeonato Uruguayo, con la fuerte ventaja de que con una victoria clásica este próximo fin de semana ya alcanzará dicho título, mientras que la misma aspiración de su rival dependerá no solo del resultado de ese cotejo, sino de otros dos adicionales.

    Tal cual podía presumirse, esa mínima diferencia entre ambos contendores le puso un toque de honda emoción a sus respectivos últimos partidos, frente a dos rivales que, en lo previo, podían presentarles ciertas dificultades. No las tuvo mayormente Nacional, que —aunque algo exigido por Danubio en la primera etapa— a poco de comenzado el segundo tiempo logró ponerse en ventaja, la que pudo mantener hasta el final con escasos sobresaltos. Lógicamente, ese gol tricolor en el Saroldi repercutió enormemente en el Franzini, pues Peñarol perdía 1 a 0 ante Defensor y se veía transitoriamente sobrepasado por su tradicional rival en la Tabla Anual. Esa circunstancia le dio al resto de ese partido un toque de particular incertidumbre, hasta que dos goles agónicos —el último ya en los descuentos— pusieron fin a esa lucha sin cuartel, y el equipo aurinegro se quedó también con la tabla acumulada.

    Aunque la dura y sostenida competencia de los eternos rivales le puso un alto contenido emocional a la definición de ambos torneos (lo que seguramente habrá de repetirse y acrecentarse en las decisivas jornadas que se avecinan), deberá convenirse en la llamativa discreción e irregularidad del juego desplegado por ambas escuadras. Disponiendo de planteles más amplios y competentes —y también mucho mejor pagos—, igualmente se las ingeniaron para perder puntos importantes ante equipos acuciados por graves carencias económicas y conformados mayoritariamente por jugadores provenientes de divisiones inferiores, potencialmente bien dotados, pero carentes del fogueo y experiencia indispensables.

    No puede extrañar, en consecuencia, que los fracasos de los “grandes” en el plano internacional (también les pasó otro tanto a algunos de los “chicos” en la Copa Sudamericana) se hayan reiterado preocupantemente a lo largo de este año. Y el último episodio de esta ya penosa historia lo protagonizó Nacional la semana que pasó. Elogiamos el interesante planteo de Medina en el partido de ida ante Fluminense, saliendo ambiciosamente desde el comienzo en procura del arco adversario. Y aunque el gol recién vino al final —cuando ya estaba en desventaja—, igualmente pudo rescatar un valioso empate, que le permitía arribar a la revancha en Montevideo con un panorama francamente favorable, para acceder a la siguiente fase del torneo. Pero, sorpresivamente, el técnico tricolor encaró este decisivo partido de local como si su equipo fuera el visitante, regalándole la iniciativa y la cancha a su rival, basado en la teórica ventaja de que el empate sin goles igual le permitía clasificar, merced a aquel gol en Río de Janeiro. Y pasó lo que aun el menos advertido podía suponer. Fluminense se soltó, manejó la pelota a su arbitrio y voluntad, sin apuro pero sin pausa, y antes de que se decidiera a pisar a fondo el acelerador para buscar la victoria, el imprevisible yerro de un golero altamente confiable como Conde le allanó el camino para la victoria y el consiguiente pase a la siguiente instancia del torneo. Un fracaso más en el plano internacional, doloroso como tantas veces pero todavía más frustrante, pues el panorama se le presentaba, en lo previo, como francamente favorable.

    Mientras esto acontece en nuestra plaza, cruzando el “charco” el panorama a escala de clubes luce mucho más ambicioso (aunque algunos aspectos extrafútbol amenacen opacarlo). Los eternos rivales del fútbol argentino se aprestan a definir en dos partidos (ya el sábado en la Bombonera y luego en el Monumental de Núñez) la presente edición de la Copa Libertadores de América. Un “clásico” inédito por el torneo internacional de mayor linaje del continente, que será además un evento irrepetible, pues a partir de la próxima edición la finalísima se jugará en un único partido y en un país neutral.

    La historia más reciente (favorecida por un desigual número de representantes) indica que los títulos de esta jerárquica competencia se han repartido entre equipos de Argentina y Brasil, con la sola excepción de la conquista del Atlético Nacional de Colombia, en el año 2016. Ello ha repercutido en la estadística general de este torneo, que ahora indica que los equipos argentinos ya suman 25 títulos y los norteños 18 (frente a los 8 totalizados entre Peñarol y Nacional).

    Para resaltar aún más este declinante panorama, justamente en estos últimos días, la gente aurinegra viene de festejar un nuevo aniversario de la Copa de 1987, ante el América de Cali, con aquel recordado gol de Diego Aguirre; en tanto, muy poco después, los hinchas tricolores hicieron lo propio a 30 años de la conquista del año 1988; añejos títulos, que resultaron ser los últimos que ambos equipos consiguieron en la Copa Libertadores.

    Pero ¡a falta de pan, buenas son tortas!, dice el clásico refrán. Así que mientras en la vecina orilla se estará definiendo un trascendente torneo internacional (tan presente en tiempos pretéritos, como ajeno en los que corren), aquí nos contentaremos con la renovada pasión que siempre despierta la definición de este peleado Campeonato Uruguayo. Aunque con una diferencia resaltable, y que resulta ser, por ahora, nuestra única ventaja comparativa: mientras los hinchas de Peñarol y Nacional podrán repartirse todas las plazas del averiado Estadio Centenario, en Buenos Aires —incluso contrariando la voluntad del propio presidente Macri— por estrictas razones de seguridad, a estos clásicos solo podrán asistir los parciales del equipo locatario. Sin embargo, nos parece válido dejar ya planteada esta pregunta: ¿qué pasará en nuestro país si, en el caso de que deban jugarse dos clásicos adicionales, los dirigentes de los “grandes” deciden hacerlo en sus propios escenarios?

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