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    Batlle ha muerto

    Buenos Aires. Batlle alzó la vista al cielo, tal como quien bebe la última copa, hizo un comentario: “Flaco, mirá qué linda está la noche”, y emprendió el camino.

    Me cuentan que fue así.

    ¿Qué podría decir? ¿Qué añadir? Además, ya lo escribí en este mismo espacio hace siete semanas. Conté algunas cosas que sabía sobre Batlle y comenté una de sus últimas ideas para recuperar y revitalizar al Partido Colorado.

    Decía entonces:

    “Hace poco más de dos años, una editorial me propuso escribir un libro sobre Jorge Batlle. ¿Por qué a mí? No escribo libros. Quizás porque la editorial confiaba o tenía esperanzas de que yo consiguiera que Batlle hablara, lo que se entendía era un requisito ineludible, dado el protagonista y el objetivo buscado. Parece que Batlle ya había rechazado más de una propuesta en ese sentido. La idea me gustó. Una razón, porque tengo un gran respeto y admiración por Jorge Batlle. Creo que es un grande. De esos ídolos de verdad que los uruguayos no soportamos mucho. No debería serlo así, y más respecto a  este caso especifico: los uruguayos tuvimos la suerte de que fuera Batlle el presidente durante una de las crisis mayores y de los momentos más difíciles que enfrentó nuestro país. Lo manejó bien, hecho que prácticamente reconocen todos, aunque algunos a regañadientes. Y lo hizo con casi todos en contra: propios y extraños, amigos, adversarios y enemigos. Y, además, con total libertad de prensa, vale remarcarlo, porque eso no es demasiado común y menos en épocas de crisis y cuando las cosas les van mal a gobernantes y políticos en el gobierno. Otra de mis razones fue que tras 53 años como periodista me he enterado, he visto y puedo dar testimonio de muchas cosas que no se saben vinculadas con el dirigente político en cuestión, y que podrían agregarse y hasta enriquecer al proyectado libro. Por ejemplo, la preocupación de un dimitente ministro de Defensa Nacional porque el capataz de su estancia se había quedado sin yerba, la noche que se decretó la prisión de Batlle por haber denunciado un complot militar (octubre de 1972). Mientras que en la Región Militar Nº 1 los militares, por primera vez, expresamente y a cara descubierta, desconocían el mando presidencial, el secretario de Estado —vía “larga distancia”— calmaba a su colaborador que no entendía “que estaba un poco ocupado”, prometiéndole que al día siguiente le enviaría 5 kilos. Conocí a Batlle, profesional y personalmente, hace unos 47 años, cuando le hice una entrevista para ‘El Diario’ de la noche. (…) Desde entonces mantengo con él una relación, en ambos planos, muy fluida. Esto es: fluida por períodos que, sumados, dan unos 17 años, más o menos. Los restantes 30 han estado jalonados con desplantes, teléfonos que no contestan, indiferencia e ignorancia del periodista, el que no por ello dejó de insistir. En definitiva, es la tarea y, además, todos conocemos el estilo de Batlle. Batlle aceptó considerar la idea del libro. En la editorial todos contentos y yo también. A los tres meses respondió que no. ‘No tengo tiempo’, me dijo y me lo explicó: ‘Al Partido Colorado le va a ir muy mal en las próximas elecciones (2014). Será su peor momento pero no el fin. La crisis lo situará en una encrucijada: desaparecer o resurgir. Y yo creo que estarán dadas las condiciones para el renacimiento y mi prioridad para los próximos años es dedicarme a colaborar en ello. No puedo perder tiempo en otras cosas. Para el libro van a ser muchas horas de entrevistas que me van a sacar de mi foco de atención. No es el momento. Además, no creo que necesite un libro y menos ahora: que nadie vaya a pensar que me estoy promoviendo y que tengo alguna ambición personal. No ayudaría en nada a mi propósito. Quizás más adelante’”.

    ¡Qué gracioso! Lo único que podría agregar es que a Batlle no le gustó mi artículo (en él me refería también a su idea sobre un outsider). Me lo sospecho, porque no me llamó más, como a veces lo hacía, y no me respondió varias llamadas.

    ——o——

    Batlle ha muerto.

    Estaba en París el 23 de noviembre de 1976 cuando murió André Malraux. “Le Monde”, en primera plana, titulaba un recuadro, arriba a la derecha, “Malraux est mort”. Todo dicho. A partir de ahí cada cual abundaría en el dolor, en el respeto y en la admiración, en la hipocresía y en el cinismo. Desbordarían los elogios, el ditirambo, el aplauso y bajaría la graduación cotidiana de la mala leche, la falacia y el resentimiento. Visto así, una contribución para que más franceses se dieran cuenta de lo que tenían y de lo que habían perdido. Una dura y triste forma de aprender la lección.

    ——o——

    Podría contarles, sí, algunas experiencias, una o dos entre varias que tuve, que son harto ilustrativas de lo que era Batlle.

    En abril de 2001 asistí, como observador y como periodista acreditado, a la III Cumbre de las Américas, en Quebec (Canadá). Las estrellas de la reunión eran George Bush (h), flamante presidente de los Estados Unidos, y Hugo Chávez, desbordante de dólares y antiimperialismo y el mayor enemigo del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

    Batlle viajó directo a Canadá. No pasó ni por encima de los Estados Unidos, como lo hicieron sus colegas del sur del río Bravo, la mayoría con escala en Washington, donde algunos consiguieron ser recibidos por el novel mandatario estadounidense. No todos.

    “Yo vine a una cumbre entre pares. No estoy para besamanos y menos para que alguien, llegado el caso, crea que puede negarle una audiencia al presidente de mi país”, me dijo Batlle en un primer y breve encuentro en Quebec.

    El show se desarrolló tal cual lo previsto; hasta que habló Batlle. Fue directo al grano y señalando a Chávez le dijo: “Yo lo que quiero es tener 7.000 carnicerías en las esquinas de los Estados Unidos para vender carne uruguaya, al igual que tú tienes estaciones de servicio en 7.000 esquinas de Estados Unidos para vender tu petróleo. Tú ya tienes tu ALCA, primero que ninguno de nosotros. ¿Por qué no quieres que también tengamos esa chance para nuestros productos?”.

    Las caras de perplejidad de Chávez —más en falsa escuadra que cuando el rey de España lo mandó a callar— y de Bush —a quien le llevó algunos segundos extra entender lo que pasaba— contrastaban con las sonrisas y rostros de satisfacción del resto de los mandatarios conducidos y arengados por el presidente Batlle.

    ¡Qué ganas de gritar gol! Aún ahora me erizo.

    Al día siguiente, Batlle me contó que Bush le pidió para reunirse esa misma noche. En ese momento Batlle comenzó a solucionar la crisis del 2002.

    ——o——

    Meses antes, en octubre del 2000, asumí como presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en Santiago de Chile. En el estrado estaban, además, los presidentes de Chile, Ricardo Lagos, de Argentina, Fernando de la Rúa, y de Uruguay, Jorge Batlle. Previo al acto hubo  una reunión de coordinación. Luego de mi discurso hablaría Lagos, después De la Rúa y Batlle al cierre. Batlle, como era de estilo, tomó la batuta y le dijo a De la Rúa: “¿Querés cerrar vos? Este (se refería a Lagos) es el anfitrión y tiene que dar la bienvenida, y yo hablaré de mi compatriota. Pero a vos te vendría bien metértelos en el bolsillo. Son como 500 capos de la prensa. Decí algo impactante y consolidate en tu interna”. El presidente argentino, más perdido que en aquel programa de Tinelli, dijo que no quería aprovecharse. Cuando íbamos para el salón, Batlle nos comentó a Lagos y a mí: “Este (ahora era De la Rúa) es un pelotudo; así no le va a ir bien”. Cuando habló De la Rúa, felicitó a los periodistas por ser periodistas. Poco más, poco menos.

    Batlle me dijo al oído: “En dos años lo sacan del culo”.

    Le erró por 11 días.

    Batlle tomó la palabra y levantó a la audiencia: dijo que había que liberar la droga. Durante tres días fue tapa de todos los diarios del continente.

    ——o——

    Batlle  ha muerto. Que nos sirva de lección.

    © Danilo Arbilla. Derechos reservados. (Especial para Búsqueda)