Nº 2165 - 10 al 16 de Marzo de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNos explicó Murray Rothbard que la libertad debe ser considerada no solo como un gran bien moral en sí mismo, sino también como la condición necesaria para el florecimiento de todos los demás bienes que la humanidad aprecia: la moral, la virtud, la civilización, las artes, las ciencias, la prosperidad económica. Algo semejante es lo que antes hubo planteado Hayek cuando estableció que en una sociedad libre los valores y las instituciones se desarrollan de manera espontánea y autoorganizada y estas últimas están sujetas a selección en el libre juego de fuerzas. Lo interesante que añade es el énfasis en el contexto apropiado al destacar que al final de la dinámica de los libres intercambios solo sobrevivirán las tradiciones e instituciones más exitosas. Es por eso que nuestro ejercicio de la libertad, nuestra ciudadanía sana y proactiva, consiste en que también debemos respetar las costumbres, instituciones y valores que ha desarrollado nuestra civilización porque esas construcciones expresan la sabiduría inconsciente de muchos individuos que han contribuido al avance de esta civilización. “Por paradójico que parezca, una sociedad libre exitosa siempre será una sociedad altamente ligada a la tradición”, dice Hayek en su libro Los fundamentos de la libertad (Constitution of Liberty).
En tiempo de la Gloriosa Revolución postuló John Locke que los individuos no existen para servir a los gobiernos, sino que los gobiernos existen para proteger a los individuos. El individuo, dijo Locke, tiene un derecho inalienable a la vida, la libertad y la búsqueda de su propia felicidad. Ese derecho es vital para nuestra civilización occidental y forma la base de sus logros. Sin una realización generalizada del ideal de libertad, el progreso y la prosperidad que hemos logrado en Occidente no habrían sido posibles. Esto a menudo se ve oscurecido por el hecho de que los opositores a la libertad en todo el mundo también se han beneficiado de los logros y la prosperidad material de nuestra civilización. Incluso aquellos que rechazan nuestros ideales libertarios anhelan sus beneficios y la prosperidad que nos han dado. Bien lo expresa Hayek, cuando enfatiza que aquello que resulta relevante “no es qué libertad quiero ejercer personalmente, sino qué libertad necesita cada uno para hacer cosas útiles a la sociedad. Solo podemos asegurar esta libertad para la persona desconocida dándosela a todos”.
La premisa central de Hayek respecto de las relaciones individuo-sociedad (o mejor: libre iniciativa-beneficio social) es que lo conveniente para las partes al mismo tiempo es bueno para el conjunto. Quien busca su ganancia, quien se empeña por llegar más lejos en la carrera de honores, dividendos y logros es un actor que contribuye al crecimiento general. De ahí que todos los intervencionismos son criminales de manera multidimensional, pues junto con la afrenta moral que significa restringir derechos que son inherentes a las personas —como la propiedad, el pensamiento o el trabajo— afrentan a la comunidad con los derivados de la frustración y del atraso. Si se suprime la libertad de los individuos, estos pierden la oportunidad de contribuir a la construcción de una civilización avanzada a través de sus esfuerzos individuales. En el ámbito de libertad que se ha logrado, tantas personas pueden aprovechar sus oportunidades personales que el producto social general es más exitoso que cualquier intento de organizar por la fuerza una sociedad de acuerdo con las ideas de los planificadores, de los políticos, de los que creen que es en la restricción que ellos representan y no en la audacia que pretenden reprimir donde residen las energías que abren los horizontes de pueblos y personas.
Pero atención, esto no significa que simplemente podamos hacer lo que queramos. Para comprender la tesis del desarrollo virtuoso de la civilización, en opinión de Hayek solo una definición es realmente decisiva: nuestra libertad individual significa que no estamos sujetos a ninguna compulsión de otras personas que quieran aprovecharnos para sus propios fines. Si los demás no pueden impedirnos realizar nuestros propios planes de vida, somos verdaderamente libres y en esta libertad somos verdaderamente útiles a nuestros semejantes.