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    Botas

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2141 - 23 al 29 de Setiembre de 2021

    No hay hechos insignificantes, ni tampoco objetos que no tengan algo que decir. Ahí están las famosas botas campesinas de Van Gogh que pretextan el oceánico estudio de Martin Heidegger acerca de El origen de la obra de arte (1937) para testimoniar que la realidad forzosamente es sináptica, que todo es relación, vínculo. Van Gogh estaba en París en 1886, en Montmartre, y compró un par de botas usadas que nunca llegó a calzar; la única noticia que nos queda de ellas es un cuadro inmortal, suficiente y también enigmático.

    Heidegger aborda la pintura desde el motivo de las botas. Dice que, ante todo, las botas son una cosa, pero además un útil, esto es, algo a la mano. La cosa en sí es indiferenciada, pero el útil es lo que tiene sentido para nuestra necesidad, lo que forma parte de esa parte de la existencia que es el ser en el mundo. Y reclama que para comprender esta funcionalidad se aplique todo el esfuerzo en sorprender al útil en su acción, en su elemento, en el casto universo de su dominio. La escena es casi un cuadro de Millet: las botas campesinas las lleva la labradora cuando trabaja en el campo y solo en ese momento precisamente son lo que son. Esto quiere significar que la esencia de las botas, el para qué de las botas, consiste en vestir a la campesina cuando va al labrío, para que sus pies no se raspen contra las piedras ni contra los duros terrones, para que el hielo de las mañanas no la paralice; son botas de trabajo. Tal es la única finalidad por la cual la labradora tuvo la precaución de comprar esas botas.

    Ahora bien, se ha de entender que las botas no son el sujeto de la escena que imaginamos, sino que son parte de un sistema; la finalidad ulterior es el trabajo, en realidad, el sustento, la nutrición, la necesidad o la decisión de ser, de permanecer siendo, de querer ser. Para que el designio esté justificado deben concurrir una serie de acontecimientos y de objetos, entre ellos, las botas, porque la labradora no puede ir descalza a trabajar en pleno invierno, pero debe ir a trabajar para su manutención y quizá también para atender las necesidades de su familia. Y podemos aventurar más: conforme a la cultura a la que pertenece llevar el honesto pan a su casa es algo en lo que cifra de manera excluyente su dignidad. La labradora está en el trabajo con esa motivación última.

    Y aquí viene lo interesante según la presunción de Heidegger: una vez que el trabajo empieza a demandar a la labradora, las botas ingresan en el anonimato y pasan a integrar insensiblemente su ser, forman parte de su existencia. La labradora nunca fue consciente de las botas, salvo cuando sintió su necesidad y eligió comprarlas y cuando se las puso a la mañana; desde ese borroso día las botas dejaron de tener una existencia llamativa; es como si las hubiera somatizado, puesto que ya la labradora no está atenta a los detalles de su atuendo sino que vive su día sin pensar en ello. Su vestimenta queda subordinada a la finalidad de la acción, que es trabajar y trabajar. Así es como dichas botas sirven realmente para algo. Es en este punto donde discernimos la utilidad.

    No ocurre así cuando solo nos representamos un par de botas en general, cuando mentamos el concepto de bota; mientras nos limitemos a ver en el cuadro un simple ejemplo de zapatos vacíos es claro que nunca llegaremos a saber el para qué de la cosa, ni qué hace ese objeto en el mundo. Para entenderlo hay que ponerse en la situación de vida, en la existencia que le da origen y sentido a todo lo que existe; hay que ir hacia la fenomenología y capturar la inmediatez de la experiencia. Heidegger explica que la tela de Van Gogh tiene tal despojamiento que no nos permite siquiera sospechar cuál es el lugar en el que se encuentran los zapatos, nada que pueda indicarnos su pertenencia o destino, sino que se levantan en un mero espacio indefinido donde no tenemos ningún vestigio de nada, ni aun de algún resto de la tierra arduamente trabajada como para darnos una pista de su finalidad. Son un puro par de botas de campesino, y nada más. Y sin embargo, dice Heidegger, ahí está la oscura boca del gastado interior del zapato donde está grabada la fatiga de los pasos de la faena. En la ruda y robusta pesadez de las botas, dice, ha quedado apresada la obstinación del lento avanzar a lo largo de los extendidos y monótonos surcos del campo mientras sopla un viento helado.

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