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    Brasil en zona de turbulencias

    N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018

    El complejo panorama electoral que enfrenta Brasil de cara a las elecciones de octubre próximo ha acentuado las turbulencias en sus mercados financieros y en particular el cambiario, con el real depreciándose esta semana a niveles de 4,09 reales por dólar, el más bajo desde febrero de 2016.

    A las presiones generadas por la crisis turca, junto a la retracción en general que comienzan a mostrar los inversores de todos los mercados emergentes ante el panorama de menor liquidez global y tasas de interés más altas en Estados Unidos, se sumó esta semana la divulgación de encuestas de opinión que pintan un panorama muy complicado de cara a las elecciones brasileñas. En efecto, según el último sondeo de Datafolha publicado ayer miércoles 22, el expresidente Lula encabeza las preferencias con 39% de los votos, más del doble del segundo mejor ubicado, el ultraderechista Jair Bolsonaro (el Donald Trump brasileño) que tiene 19%.

    Un gran signo de interrogación surge en que casi con seguridad Lula no podrá ser candidato debido a que se encuentra en prisión cumpliendo una condena de más de 12 años por corrupción en el marco del tristemente famoso caso del Lava Jato. En caso de que finalmente sea excluido de la carrera electoral, Bolsonaro pasaría a ser el favorito con 22% de los votos, seguido de la ecologista Marina Silva (16%) y del candidato izquierdista Ciro Gómez (10%). El centroderechista exalcalde de San Pablo Geraldo Alckmin, el candidato preferido de los inversores y los mercados, apenas marca un 6% de intención de voto y por tanto se encuentra muy lejos de poder entrar en el casi seguro ballotage.

    Esta compleja situación política encuentra a Brasil con un ajuste fiscal inconcluso, una deuda pública que en consecuencia ha crecido a un ritmo muy acelerado en los últimos años, una economía que tímidamente comenzó a crecer —pero lejos de los ritmos históricos— y altos niveles de desempleo. En sentido positivo, hay que destacar la baja de la inflación a poco más de 4% anual, el hecho de que el déficit de la cuenta corriente fue de apenas 0,7% del Producto Bruto Interno (PBI) en los 12 meses cerrados en junio, que los ingresos de capital por inversión extranjera directa alcanzaron 3,25% del PBI en el mismo período, y que el país cuenta con un elevado nivel de reservas internacionales que supera los US$ 380.000 millones.

    El gran problema que enfrenta Brasil es la insostenible situación que presentan las cuentas fiscales y la dinámica de la deuda pública. El actual presidente, Michel Temer, implementó algunas medidas de ajuste que permitieron que el déficit consolidado bajara de 9% del PBI en 2016 a 7,3% del PBI en los 12 meses a junio pasado, al tiempo que el resultado negativo primario lo hizo a 2,5% y 1,3% en esos períodos.

    Pero hasta ahora no ha podido lograr la aprobación de la reforma previsional, elemento crucial para que la situación fiscal y el crecimiento de la deuda pública logren estabilizarse a mediano plazo. Y las chances de que lo logre antes del cambio de gobierno son cada vez menores, por lo que será tarea del próximo, donde las perspectivas no lucen mucho mejores si nos atenemos al resultado de las últimas encuestas.

    Junto al escaso dinamismo en materia de crecimiento económico que ha tenido Brasil en los últimos años, el alto nivel de déficit fiscal ha llevado a que la deuda bruta del sector público haya pasado de alrededor de 55% del PBI en 2014 a casi 80% en la actualidad, un ritmo que no se podrá repetir en el próximo gobierno. Tarde o temprano, de una u otra manera, el ajuste del sistema previsional se va a tener que implementar junto a otras medidas de saneamiento de las cuentas fiscales.

    El actual ruido político agrega mucha más incertidumbre respecto a cómo se hará el ajuste (ya que la opción no es si se hará o no, sino el cómo se hará). Ello se refleja rápidamente en los mercados financieros, que son los primeros en reaccionar, como se ha visto esta semana con la rápida depreciación del real así como la caída de la Bolsa de San Pablo y el alza del “riesgo país”.

    El deterioro del contexto externo para los mercados emergentes en general vuelve más urgente que el próximo gobierno dé señales claras de que se tomarán medidas para estabilizar la actual insostenible dinámica de las cuentas fiscales y de la deuda pública, así como para retomar un sendero de crecimiento sostenido y a tasas mucho más altas que las de los últimos cuatro años.

    Como es difícil que —a la luz de la realidad política que marcan las encuestas— vaya a haber definiciones claras en este sentido, lo más probable es que las turbulencias continúen al menos hasta que se instale el nuevo gobierno. Además de mirar con atención lo que está ocurriendo en Argentina, en Uruguay habrá que seguir con mucha más angustia la evolución del vecino norteño.

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