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    Cada vez más cuesta arriba

    N° 2018 - 02 al 08 de Mayo de 2019

    Lamentablemente, cada semana que transcurre muestra que el panorama económico y financiero de Argentina se deteriora un poco más, lo que obliga a nuevas improvisaciones por parte de su gobierno a los efectos de encontrar la manera de parar la suba del dólar, único objetivo que parece tener de cara a las elecciones de octubre-noviembre.

    Ahora, y con el aval del Fondo Monetario Internacional (FMI), este lunes 29 el Banco Central (BCRA) anunció un cambio en su estrategia de política monetaria-cambiaria, señalando que va a vender dólares por debajo del techo de la actual “zona de no intervención” —que en los hechos desaparece— ubicada en $ 51,448. Así, los montos, la frecuencia y la forma de dichas ventas serán a discreción del BCRA. También hubo otros anuncios: se elevará de US$ 150 millones a US$ 250 millones por día el máximo de las ventas toda vez que el dólar supere el “techo” de la actual banda cambiaria; hasta fines de junio no se comprarán dólares en el hipotético caso de que el billete verde se ubique por debajo del piso de la actual banda cambiaria (actualmente en los $ 39,755), y se ratificó que la absorción monetaria realizada por la venta de dólares será descontada de la meta de mantener un crecimiento cero de la base monetaria.

    En definitiva, el BCRA no va a esperar a que el dólar llegue al techo de la difunta “zona de no intervención” para vender dólares, tratando de que esta decisión, junto a la suba de las tasas de interés de las Letras de Liquidez —que esta semana llegaron al récord de 74% nominal (105% efectivo anual)— acote las presiones alcistas, al menos en el corto plazo. El impacto inicial fue positivo, ya que luego de alcanzar valores superiores a los $ 46,53 por dólar a fines de la semana pasada, el billete verde terminó abril en el entorno de los $ 44,22.

    La nueva discrecionalidad con la que podrá manejarse el BCRA en el uso de sus reservas puede tener un efímero impacto positivo en el muy corto plazo, como de hecho se observó ante la sorpresa del cambio de estrategia comunicado. Pero difícilmente pueda alterar las presiones de fondo hacia una mayor dolarización de las carteras, salvo que las encuestas de opinión muestren un cambio muy favorable hacia las chances de reelección del presidente Mauricio Macri, algo que hoy por hoy luce poco probable.

    Además, las nuevas medidas lucen como un “quemar las naves”, echando mano a casi lo único que quedaba disponible, que son las “reservas libres” que se han acumulado en el BCRA y cuyo monto no se conoce con precisión. El que el FMI, firme e histórico defensor de la “libre flotación”, haya avalado el cambio de estrategia, es también un síntoma de lo desesperante de la situación.

    En todo caso, independientemente del éxito relativo que pueda tener el BCRA, lo que queda cada vez más claro es que las posibilidades de recuperación de la economía argentina lucen cada vez más cuesta arriba, independientemente de cuál vaya a ser el resultado de las elecciones (de todas formas, es claro que según cuál sea este, será más o menos empinado el camino a recorrer, y más o menos rápida la eventual recuperación).

    Seguir apostando a una mayor inflación para cerrar el déficit primario vía la “licuación” de los salarios y de las jubilaciones, y a la recesión para eliminar el déficit de cuenta corriente por la vía de la caída de las importaciones (en el primer trimestre, y por primera vez desde 2011, Argentina tuvo “superávits gemelos”), no es algo sostenible en el tiempo. Tampoco lo es mantener tasas reales de interés tan elevadas para evitar que el dólar se dispare.

    Ya no tenemos los precios de exportación y los términos de intercambio del 2011 —y no los tendremos por mucho tiempo, si es que alguna vez se repiten—, por lo que hay que ajustar los niveles de gasto doméstico. El ajuste debe ser permanente y estructural, lo que impondrá difíciles decisiones desde el punto de vista político, básicamente en términos del gasto salarial, de seguridad social y en lo que se ha dado en llamar el “gasto social”, no solo en Argentina sino en toda una región que vivió el falso espejismo de la bonanza de los gobiernos progresistas. Hasta que este problema básico de ajustar el gasto al nuevo y reducido nivel de ingreso permanente no se solucione, y no se cambien radicalmente al mismo tiempo la política de inserción externa y el funcionamiento del mercado laboral, no habrá condiciones para que retorne la confianza y comience un proceso de inversión y crecimiento sostenido a mediano plazo.

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