N° 1975 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos entes son lo que son, definitivamente. El perro, la planta, la bicicleta, una iglesia. Todos están determinados por sus propiedades. Nada de su “naturaleza” los sorprende: nacieron para ser completamente lo que son en el colmo de su expansión y de sus posibilidades. Están terminados, sean lo que sean, cumplan la función que se quiera en el mundo. Cada uno tiene su esencia a la vista del universo. Serán iguales a sí mismos hasta que el viento o el olvido los amortajen y los borre del mundo. O serán eternamente. No importa. Ahí están.
El perro corre por la playa, feliz, como si no tuviera límites, habita en la infinitud del espacio. Es libre; lo dice su cola al viento, lo dicen sus ojos, que parecen sonreír ante tanta apertura.
El hibisco está en su maceta blanca, resistiendo el invierno, ignorando a los transeúntes que van por la vereda hacia donde silenciosamente se asoma; en esa tranquila contemplación pugna por sacar la segunda flor amarilla de este día; algo en sus venas quiere estallar, prodigarse.
La bicicleta fue apoyada junto al muro de la iglesia; alguien la dejó allí atada. Las venerables paredes, con sus ventanas de colores, con sus alegorías de pasión y entrega apuntan hacia el vértice, donde está el campanario. Y apuntan más arriba. Así lo quiso el arquitecto, que con la misma precaución del dueño de la bicicleta buscó atar su obra a algo más firme que los meros contrafuertes, pilares y cimientos de la estructura.
Todo esto está quieto y es perfecto en su giro, en su realidad esencial. No así ocurre con el hombre, que es problemático y que no puede ser reducido a las categorías que explican suficientemente al perro, a la planta, a la bicicleta, al templo y sus íntimos cristales. Cuando Heidegger sale a preguntar por el ser se topa con las cosas, con los entes que son las cosas, y advierte que todo cuanto puede saber de ellas está en sus propiedades. En su investigación sobre el sentido del ser descubre algunas evidencias que va enumerando: el ser no es algo aislado e inmediatamente aprehensible, sino que es siempre el ser de algún ente. Por eso, para responder a la pregunta por el ser, se propone interrogar a los entes. En la novena sección de la Introducción de Ser y tiempo explica que el Dasein, el ser-ahí, ese determinado ente que acostumbramos a llamar hombre, es el indicado para el análisis en virtud de su peculiar modo de ser, que se diferencia del modo de ser de los demás entes en dos aspectos.
Uno de ellos tiene que ver con la palabra existencia; el Dasein es un existente en el sentido de que se hace. Esto da inicio a todo un océano de investigaciones filosóficas y al daño colateral que es la moda ocasional de la corriente llamada existencialista; “la esencia del ser es su existencia”, dice Heidegger, y con ello quiere significar que no hay nada a priori en el Dasein, que el ser está como atrapado en el haz de posibilidades, es un rasgo del tiempo y la expresión de la verdad y de la libertad, es un ir en busca de sí mismo. Eso es posible porque el Dasein tiene algo que le falta a la bicicleta, al hibisco y a todos los demás entes: el Dasein es naturalmente reflexivo, se sale de sí mismo, se ve, se juzga, se proyecta, o, mejor dicho, se eyecta en un más allá de sí y de ahora; dicho de otro modo: se desdobla y elige ser lo que es en cada ocasión. El perro y la iglesia están prolijamente terminados y son lo que son, pero el Dasein siempre se está haciendo, siempre está eyectándose, escogiendo el ser que quiere ser, toma decisiones.
El otro aspecto diferencial del Dasein es más curioso y no menos radical: el Dasein, dice, es “cada vez mío”. Con esto pretende significar que “el Dasein es cada vez su posibilidad, y no la ‘tiene’ tan solo a la manera de una propiedad que estuviera ahí. Y porque el Dasein es cada vez esencialmente su posibilidad, este ente puede en su ser ‘escogerse’, ganarse a sí mismo, puede perderse, es decir, no ganarse jamás o solo ganarse ‘aparentemente’. Haberse perdido y no haberse ganado todavía, él lo puede solo en la medida en que, por su esencia, puede ser propio, es decir, en la medida en que es suyo”.
Desde esto último —nada menos que tener uno la condición radical de producir su ser— podemos afirmar que el hombre es su propia obra, su constructor y el resultado de la construcción. Su destino.