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    Caligrafía de la costumbre

    Columnista de Búsqueda

    N° 1896 - 08 al 14 de Diciembre de 2016

    La reducción política, como no acierta a tratar con la realidad sino con la ansiedad de los políticos y poca cosa más, siempre es laberíntica y termina confundiendo los fines con los medios. Y cuando hablamos de la libertad, esa confusión está en la primera línea. Es cierto: aunque suponga una paradoja, los liberales defendemos y queremos el Estado, pero de modo condicional e indirecto. Queremos Estado no para que haya políticos y censores, y filas interminables de cobradores de impuestos, sino para que nuestros derechos no sean vulnerados de ninguna forma; por eso queremos una Justicia transparente e imparcial y una fuerza pública obediente y firme. Y nada más. El resto, que es el vivir, por ahora no queremos delegarlo; preferimos ser nosotros, y no los que pretenden revistar como nuestros tutores, los que asumamos los riesgos y afrontemos las pérdidas y las ganancias que implica estar saludablemente a la intemperie. De ahí que la política nos preocupa menos de lo que parece, no creemos que las llaves del progreso estén en ese campo, en todo caso sí, sabemos, están sus principales obstáculos.

    Más que la política y sus tortuosos caminos nos interesa la cultura de una sociedad, sus costumbres. Cuenta Heródoto que los antiguos cretenses cuando se proponían maldecir a alguien, le espetaban: “Que los dioses te envíen una mala costumbre” como forma de desearle al antagonista una existencia de infortunios y desgracias, pues uno puede cambiar tranquilamente de camisa, de ciudad, de trabajo o aun de ideas con relativa velocidad y sin mayores contratiempos. Pero de una costumbre no se sale fácilmente. Montaigne describió perfectamente el fenómeno: “Consiste en apoderarse de nosotros de tal suerte, que apenas sí somos dueños de libertarnos de sus garras ni de razonar ni discurrir en qué consiste tal influjo. Diríase que con la leche de nuestras nodrizas penetra en nuestro ser el espectáculo del mundo, y así queda luego estereotipado para siempre; diríase que nacemos con la condición expresa de seguir la marcha general, y que los hábitos sociales que nos circundan y están en crédito se ingieren en nuestra alma con la semilla de nuestros padres, y son para nosotros los ordinarios y naturales; por donde nos acontece que todo aquello que queda fuera de los linderos de la costumbre, lo creemos fuera de los de la razón”.

    Se trata de entender, entonces, que lo arraigado es lo que manda, es el poder real; no necesariamente lo que está en los textos que con sincera convicción veneramos ni lo que luce en los discursos que a veces parecen tan vinculados a los valores que profesamos. Queremos un buen Estado de derecho únicamente como medio, como objetiva base de seguridad para construir una vida decorosa y esperanzada, no como solución ideal, automática y milagrosa a los dilemas que nos presenta la realidad; porque no lo es, porque no está en su naturaleza serlo, porque la realidad debe ser solamente lo que produzca el trabajo, la cultura, la visión, el coraje, la fe y la imaginación de las personas, y no lo que artificialmente dictaminan o engendran los gobiernos.

    Esta dimensión existencial de la política, que es justamente la que por lo general desprecian la mayoría de los políticos profesionales, fue vislumbrada por el autor de la primera Constitución de la Argentina, Juan Bautista Alberdi, que nos enseñó a precavernos de la devoción a la letra escrita y a registrar, en cambio, los hábitos y las conductas como los referentes positivos, incontestables de la armonía social: “Las constituciones escritas en el papel están expuestas a borrarse todos los días; las que no se borran fácilmente son las escritas en los hombres, es decir, en sus costumbres. La Constitución inglesa no está escrita, y por eso vive y gobierna Inglaterra. Una constitución escrita se revoca y reemplaza por otra, que se escribe en un instante; una costumbre solo se reemplaza por otra costumbre, que cuesta siglos formar”.

    El único fin que tiene la educación es precisamente el de sembrar y arraigar las costumbres de la libertad y del respeto; lo que despectivamente llamó Foucault el disciplinamiento. No está la educación para impartir conocimiento, sino para crear la necesidad de saber, para estimular la alegría de la búsqueda, para celebrar las posibilidades infinitas que ofrece desplegar cada uno sus potencialidades en una comunidad en la que no se ha de perder el tiempo temiendo por los abusos del poder, por las distracciones de las leyes.

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