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    Carnaval de fierros desbocados

    Mad Max: furia en el camino

    En la primera secuencia vemos al héroe solitario de espaldas, ensimismado en lo que queda de su oscura existencia, casi destruido, cubierto de arena. A su lado, un coche reventado, una chatarra que merece descansar en un cementerio. Al fondo, un enorme paisaje desértico. Por allí, debajo de una piedra, surge una lagartija. Cuando pasa cerca de nuestro héroe, este, sin darse vuelta y con una velocidad inusitada, captura al bicho y se lo lleva a la boca. Un resumen del estado de las cosas: la humanidad ha desaparecido, al menos como propuesta civilizada. Solo quedan animales que se persiguen unos a otros para devorarse. Y de inmediato, autos y camiones irrumpen en escena, esqueletos de fierros a toda velocidad con desquiciados guerreros en el control. Lo único que importa en este arruinado mundo son dos líquidos: el agua y la gasolina.

    Estamos ante la cuarta entrega de la saga, una vez más escrita y dirigida por el australiano George Miller. Y para que la película sea efectiva, debe tratarse de una sola, única e interminable secuencia de acción. De un lado, posibles parturientas que logran escapar a la dictadura de una bestia conocida como Immortan Joe. Son sus mujeres y han decidido huir hacia lo que creen que será un nuevo horizonte, tal vez con más verde y algo de tranquilidad. Tienen esperanza. Pero qué va, en ese mundo solo hay arena, pesimismo, miseria, muerte y más arena. La película fue rodada en Australia, Sudáfrica y Namibia.

    En el camino se encuentran con el guerrero solitario que no tiene nombre (antes era Mel Gibson, ahora es Tom Hardy). El espectador sabe que es Mad Max, aunque su identidad solo se revela al final de la historia. Y el resto es adrenalina. Tras ellas los guerreros de Immortan Joe dispuestos a recuperar el botín del jefe, a inmolarse por su dios, por su espantosa tribu pasada de fanatismo y deformidad.

    Si en las primeras tres películas había cincuenta autos y camiones, ahora hay trescientos. Si en las primeras entregas había explosiones, ahora hay diez veces más. El mundo está peor pero hay que poner más vehículos, más velocidad, más dementes. Los guerreros pintarrajeados cuelgan y se agarran de los fierros, combaten a los tiros, con lanzas, con lo que sea. Salen despedidos, son arrollados por las ruedas e inmediatamente sustituidos por otros. No se descuida el aspecto artístico en esta cultura de la barbarie: en uno de los rodados, como si fuese un mascarón de proa, viaja un músico, el bardo de la barbarie, que sacude una guitarra eléctrica al mejor estilo heavy metal, con dos columnas de parlantes a los costados de la carrocería a un volumen monstruoso.

    El interior principal es el camión desbocado donde viajan el héroe e Imperator Furiosa (Charlize Theron), la líder de las féminas que ha desafiado al horrible Immortan Joe. Consigna de los pasajeros del camión: que no los capturen. Consigna de sus perseguidores: capturarlos y descuartizarlos.

    No debemos buscar nada más. Bien sencillo, bien contrastado, completamente elemental. Hay que reconocer que para tan mínimo argumento, la cosa funciona. Y son dos horas de furia.

    Mad Max: furia en el camino (Mad Max: Fury Road). Australia-EEUU, 2015. Dirección: George Miller. Duración: 120 minutos.

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