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    Cartas al Director (I)

    La oposición y Montevideo

    Sr. Director:

    Habitualmente coincido con las columnas de Tomás Linn. Linn expresa el buen sentido, aportando información, reflexión e independencia, excluyendo dogmatismos, sofismas o agravios (en justicia, tal es el tono de Búsqueda, que encarna en sus columnistas de opinión). Linn se ha ocupado siempre de Montevideo. En los últimos meses, refiriéndose a la potencial coalición de blancos y colorados para disputar la Intendencia, le ha reclamado (la ausencia de) propuestas y proyectos concretos; así lo reitera en su columna de la semana pasada, pero en términos que creo merecen algunos matices. Veamos: (1) Linn reprocha a blancos y colorados no haber dedicado estos largos años en el llano a “imaginar, proyectar y diseñar una mejor ciudad”. Matiz: ante cada instancia electoral, partidos y candidatos formularon programas y propuestas, con más o menos rigor, profundidad y acierto; se dirá que no mucho, a tenor de los resultados; se dirá que a intermitencias electorales, como otras manifestaciones de actividad partidaria; se podrá decir que el esfuerzo fue insuficiente, pero no inexistente. (2) Linn protesta que la coalición no puede ser sólo la acumulación de los votos de uno y otro partido, sino que debe presentar propuestas. Matiz: la ausencia de programa de la coalición se explica lisa y llanamente porque todavía no hay coalición, sino trabajos políticos orientados a conformarla; mal puede tener propuestas una coalición que todavía no existe. (3) Linn interpela a los dirigentes de la potencial coalición porque, sin el respaldo programático hoy ausente, pretender ganar, o aún lograrlo, sería un acto fútil, vano, banal. Matiz: descontando (repito: descontando) que el objetivo de la coalición debe ser re-crear Montevideo, y que para eso es indispensable tener propuestas, programas, proyectos, planes, equipos gerenciales, apoyos ciudadanos, talentos técnicos y políticos a granel, una eventual victoria tendría “externalidades” que a nadie escapan: derrotar al Frente Amplio en Montevideo significaría simbólicamente el principio del fin de un ciclo, y la coalición de blancos y colorados un cambio sustancial en el sistema político; que de suyo no asegura ningún avance sustantivo, pero abre nuevos espacios para pensar y hacer la tarea colectiva.

    Tomás Linn está harto de vivir en este Montevideo degradado y está indignado con los elencos políticos, incapaces los unos de gestionar la ciudad y los otros de proponer alternativas sólidas y seductoras. Aparentemente, la mitad de los montevideanos también está harta e indignada, y expectante frente a la potencial coalición de blancos y colorados. Los dirigentes que han concebido primero y están trabajando ahora por su concreción, tienen clarita la dimensión del desafío, en sus múltiples vertientes. Nadie quiere ganar la Intendencia para salir en la foto; cualquiera en sus cabales entiende que meterse en la Intendencia lo expone al escarnio público, al muy probable fracaso político y a perder años de vida, literalmente; todos sabemos que para enderezar el rumbo no alcanza con el jolgorio de la campaña electoral, que se evapora el día después de la elección. Tenemos los papelitos claros.

    En los próximos días o semanas se formalizarán los espacios para establecer los acuerdos programáticos de la coalición. Habrá seguramente una primera “entrega rápida” vinculada a los plazos y requisitos legales para el registro del nuevo lema. La norma exige la presentación de un “programa o carta de principios” y es eso (sólo eso) lo que es posible acordar en el par de meses disponible. Después (recién después) se profundizaría la elaboración programática, tarea que tiene por plazo el 10 de mayo de 2015, fecha de la elección departamental, para cuando debemos tener desarrollado “hasta la minucia”, como dice con acierto Linn, el plan de acción que deberá implementarse desde el día mismo en que asuman las nuevas autoridades municipales coaligadas, si efectivamente la ciudadanía nos somete a la victoria electoral. En el medio, por cierto, y conforme se vayan acordando, habrán de producirse “entregas parciales” de programas y proyectos que, a mi juicio, no pueden formularse como “ideas” o “propuestas”, como es tradicional y está documentado en los “programas de gobierno” de todas las fuerzas políticas en todas las elecciones anteriores, sino que, inaugurando una nueva época también en esta materia, la coalición debería producirlos en detalle de diseño y ejecución, financiamiento y evaluación, supervisión y riesgos, y toda la parafernalia que viabiliza los proyectos de desarrollo. ¿Las elecciones se ganan con programas y proyectos (o en qué medida)? Es otro tema.

    La coalición de blancos y colorados para disputar la Intendencia de Montevideo sacude hasta los cimientos al sistema político y renueva la esperanza de los ciudadanos. Los dirigentes que están dando este paso históricamente gigantesco no son alegres aventureros electorales sino gente comprometida y consciente de su responsabilidad, vinculada además por un componente generacional que no es parte de la crónica pero no es ajeno al impulso. Tiene razón Tomás Linn cuando reclama lo que reclama, pero adviértase que esto recién empieza.

    Miguel Manzi

    CI 1.337.437-7 

    Pacheco Areco

    Sr. Director:

    En la edición pasada de ese prestigioso semanario publiqué una carta haciendo mis descargos en nombre de mi familia, ante los agravios innecesarios e injustos del senador Ope Pasquet contra la figura de Pacheco Areco, en la Asamblea General del 27 de junio del corriente. Se me dijo que el senador Pasquet publicaría una nota en el mismo semanario clarificando sus dichos. Para sorpresa de algunos, la carta del senador Pasquet, publicada a continuación de la mía el 4 de julio pasado, no clarifica nada, sino que insiste con la embestida sin sentido contra Pacheco, tergiversando la historia con una aseveración que es mentira. Pero además la emprende contra mí por la defensa que hice de mi padre, quien falleció hace 15 años luego de 50 años dedicados al servicio y la vida pública. A mí no me sorprendió en absoluto. Del burro no se puede esperar más que patadas, ¿verdad?

    Insisto, Pacheco Areco no apoyó, felicitó o arengó al presidente Bordaberry cuando éste disolvió las Cámaras, por decreto, el 27 de junio de 1973. Lo remarqué suficientemente en mi carta de la edición pasada, pero repito que Pacheco solo le envió un telegrama a Bordaberry advirtiéndole que asumía un protagonismo histórico y exhortándolo a preservar de las instituciones democráticas todo lo que pudiese. No conspiró con, ni apoyó a, Bordaberry en su decisión y tampoco lo felicitó por ello. Decir lo contrario es mentira. Pacheco Areco jamás fue golpista. Pudiendo dar un golpe de Estado él, no lo hizo. Dio elecciones libres y democráticas y se fue del país. Acató el resultado de las urnas y no aprovechó los 550.000 votos que le dio el pueblo, ni las difíciles circunstancias que se vivían en el país, para quedarse en el poder ni un minuto más de lo necesario. ¿Por qué habría de haber apoyado a Bordaberry con su golpe?

    Es cierto que Pacheco no renunció a su cargo de embajador, por las razones ya explicadas en mi carta del 4 de julio pasado. También es cierto que apoyo el “Sí” en 1980, pero siempre apostando a una salida anticipada de la dictadura, con el consejo de Eduardo Jiménez de Aréchaga y antes que se decidiera que habría candidato único y un Ministerio de Justicia en lugar de la SCJ. Pensaba que había que retornar a la democracia cuanto antes y después reformar la Constitución. Se equivocó por estar lejos y no comprender la situación, pero los presos se comieron 5 años más de torturas y en 1982 se rompió la tablita, quebrando a más de medio país. Ambas cosas, embajada y “Sí”, son verdad. Las razones pueden ser discutibles y tienen explicación. Pero también es verdad que Pacheco no apoyó ningún golpe, ni dejó de ser demócrata a lo largo de todo su accionar. Basta ver la actitud de Pacheco luego de su retorno a la democracia, dándole gobernabilidad a colorados, blancos y frentistas. Nunca tuvo rencor.

    Sin embargo, el senador Pasquet insiste que fue así, como lo hizo en 1982, y retoma el grito de guerra de Tarigo (que luego conoció a Pacheco y lo respetó y admiró para siempre) de “bagres de un lado y tarariras del otro”. ¿Es esa la nueva forma de hacer política de Pasquet, pegando a los correligionarios fallecidos, que no pueden defenderse, por hechos de hace 40 años? ¡Así nos va a ir con colorados que piensan y actúan de esta manera! Pacheco jamás respondió a los agravios de Tarigo y sus socios, porque siempre fue un hombre de partido. Hoy no puede hacerlo y tal vez no lo haría. Pero yo sí puedo. Soy un colorado de a pie y me corresponden las generales de la ley, así que voy a defender siempre a Pacheco desde donde esté y contra quien sea. Ya perdoné dos veces, en 1980, cuando tenía 16 años, y en 1982, cuando tenía 18.

    Pasquet empieza por pegarle al ex presidente Bordaberry, ante la sorpresa de su hijo en la Asamblea General. Le dio un palo al padre de quien le dio cobijo y lo abrigó, sacándolo del anonimato y regalándole una banca de senador. Le mordió la mano al que le dio de comer. Después le pega a Pacheco, insultando su memoria con mentiras y, por último, la emprende contra mí. A mí no me importa lo que nadie diga de mí. Nunca le llegué a los tobillos a mi padre, pero busqué mi perfil propio, saqué mi lista, fui diputado y creo que actué bien, con decencia y rectitud. Abandoné la banca por razones políticas, familiares y personales, que no tengo por qué explicar. No quería seguir discrepando con el gobierno de mi partido y quise, además, darle vida a mi sector político habilitando a mi suplente. Creo que no hay nada malo en renunciar a un cargo electivo. Por el contrario, creo que es noble y muestra que uno no está atado, ni pegado a ninguna silla. Pasquet entiende distinto, señalándome que no merezco respeto por haber renunciado a la banca con la que me honró el pueblo. El problema es que Pasquet también dejó su banca de diputado, con la que lo honró el pueblo, para transformarse en subsecretario de Relaciones Exteriores, cuando el Dr. Barrios Tasano fue canciller. Asumió el cargo y no abrió la boca ni para toser. Desapareció de la escena política hasta que reapareció para castigar correligionarios por razones de ética y moral. Luego, Pedro Bordaberry, en un acto de generosidad y bondad infinitas, le regaló una banca en el Senado. Así que, además de mentir, Pasquet es un hipócrita y tiene doble discurso.

    También señala en su esquela que es ridículo insultar de lejos, “a 10.000 kilómetros de distancia”, cuando sabía perfectamente que yo estaba en Montevideo. Arribé el 28 de junio y me fui el 7 de julio. Se lo dije a Pedro Bordaberry, a un amigo íntimo de Pasquet y a quien quiso leerme en Twitter. Además, solo respondí a sus insultos a mi padre. No sé por qué lo hieren los míos, si él la empezó insultando la memoria de Pacheco Areco. No me escondí detrás de la distancia, como insinúa Pasquet. Él, en cambio, se escondió detrás de sus fueros parlamentarios para difamar. A él lo defendió su investidura.

    Por ultimo, pretende que, por haberme ido del país hace 15 años, no tengo derecho a hablar de mi partido y del país. ¡Está loco! Soy un colorado de a pie y así seguiré hasta el último día de mi vida. No soy ni convencional, pero opino y opinaré como y cuando quiera sobre el partido y el país, esté donde esté. No solo sigo siendo uruguayo y colorado, sino que lo más sagrado y valioso que tengo, que son mis hijos, vive en Uruguay. También viven ahí mi madre, mis hermanas, mis sobrinos y mis primos. En Uruguay está enterrado mi padre y viven todos mis amigos, que son muchos, gracias a Dios, y mis recuerdos de tiempos mejores, cuando con mucho trabajo habíamos dejado de ser “bagres y tarariras” para ser todos peces. Así que opino y seguiré opinando sobre el Uruguay y el Partido Colorado mientras viva. No preciso permiso de nadie para hacerlo.

    El senador Pasquet se siente con derecho a decir que dio por terminado el episodio. ¡No, no! ¡No se confunda Pasquet! El episodio terminará cuando usted se retracte públicamente y el Partido Colorado desagravie a Pacheco Areco por su injusto e innecesario insulto. No descansaré hasta que ello ocurra. El 29 de julio se cumplen 15 años de su muerte. Siempre con ánimo componedor, sugiero que el Partido Colorado rinda homenaje a la figura inmortal de Pacheco Areco, con un acto en el Cementerio Central o en la Casa del Partido. Tal vez el senador Pasquet podría hablar por los no batllistas y alguien más podría hacerlo por los batllistas de ley. Sería una buena oportunidad para reparar un mal y encarrilar la historia descarrilada sin sentido por el senador Ope Pasquet de Vamos Uruguay.

    Jorge M. Pacheco

    Artigas y Argentina (I)

    Sr. Director:

    Artigas, el provinciano. “Artigas no quería la segregación de la Banda Oriental, pero tampoco aceptaba la dictadura de la oligarquía porteña”, dice Eduardo Acevedo y así nos lo enseñaron en la escuela durante el siglo pasado.

    Parece suficientemente claro el artículo 19 de las Instrucciones: “Que precisa e indispensablemente sea fuera de Buenos Aires donde resida el sitio del gobierno de las Provincias Unidas”.

    ¿Y qué tal el 20?: “La Constitución garantirá a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicana y que asegure a cada una de ellas de las violencias domésticas, usurpación de sus derechos, libertad y seguridad de su soberanía, que con la fuerza armada intente alguna de ellas (¿cuál?) sofocar los principios proclamados. Y asimismo prestará toda su atención, honor, fidelidad y religiosidad, a todo cuanto crea o juzgue necesario para preservar a esta Provincia las ventajas de la libertad y mantener un gobierno libre (otra vez, qué insistencia) de piedad, justicia, moderación e industria”.

    Siempre la libertad, pero ¿para qué? No para hacer lo que venga en gana sino para actuar política y económicamente dentro de un marco axiológico: honor, fidelidad, religiosidad, piedad, justicia, moderación.

    Puede ser que Artigas pecara de ingenuidad. Tal vez por eso se molestó cuando los diputados que portaban estas Instrucciones fueron rechazados por “vicios de elección”. Claro que es fácil juzgar con el diario del lunes y más cuando ese lunes es doscientos años después.

    Hay que entenderlo. Estaba sitiando Montevideo, tarea seguramente no fácil, y reflexiona: “Sería muy ridículo que no mirando ahora por sí, prodigase su sangre al frente de Montevideo y mañana ofreciese a otro nuevo cetro de hierro, el laurel mismo que va a tomar de sobre sus murallas”.

    Y por si, por poético, no queda claro, agrega: “La Provincia Oriental no pelea por el restablecimiento de la tiranía de Buenos Aires”.

    Chau Provincias Unidas al modo artiguista. Chau Artigas.

    Félix Luna y Ariel Ramírez lamentan en su Cantata Los Caudillos: “La pucha con la mala suerte que encontró desde Tacuarembó”, aludiendo a su postrer batalla. Pero es más que “mala suerte”. Artigas se enfrentó al sistema, un sistema del que los grupos que manejan el gobierno de Buenos Aires, no son más que una muñequita dentro de la matrioska.

    Artigas quiso Provincias Unidas del Río de la Plata y no lo dejaron. ¡Carajo!

    Guillermo Silva Grucci

    CI 1.090.243-0

    Artigas y Argentina (II)

    Sr. Director:

    Reflexiones acerca de las declaraciones de la presidenta argentina Cristina Fernández. En una entrega de laptops del programa “conectar igualdad” en la localidad de Pilar, la presidenta argentina volvió a reiterar la idea del Artigas argentino.

    Esto ha causado, en nuestro medio, manifestaciones de disconformidad e ironías al respecto, atribuyéndole animosidad, cuando no ignorancia a dichas declaraciones.

    Que la historia es subjetiva, creo ya no quedan dudas;  que la objetividad es sólo una pretensión metodológica, tampoco.

    Según el historiador Edwar Carr, quien coincide en esta valoración, el único problema de la subjetividad radica en abordar con rigurosidad los hechos históricos y de esta manera poder realizar las afirmaciones y análisis pertinentes.

    Esto nos lleva a definir a la historia como una construcción parcial, recortada, sesgada, de determinados hechos con la finalidad de demostrar una idea previa.

    Será desde este punto de vista que pretendo analizar la cuestión del “Artigas argentino”.

    “Artigas quiso ser  argentino y no lo dejamos, carajo”. La expresión de la presidenta no es ajena a la realidad excepto por algo: ¡Artigas fue argentino!

    Coqueteos y desavenencias con Bs.As. Muy poco es lo que se sabe de la vida del prócer. Es más: todo el racconto histórico, con características cuasi míticas, responden a lo que se conoce desde que a los 47 años se incorporó a la revolución y los nueve años siguientes de su accionar revolucionario.

    Artigas se incorporó a la revolución en el año 1811, siendo uno de los principales momentos la proclama de Mercedes, donde deja de manifiesto parte de sus ideales que serán el norte de toda su acción libertadora.

    Cabe preguntarse, ¿cómo se incorpora al proceso revolucionario?

    Este proceso había dado comienzo en 1810 con la conformación de la Junta de Buenos Aires y el estallido de la revolución en el Río de la Plata, una revolución que se proclamaba “pro fernandista”, defendiendo la reincorporación de España como tal, gobernada en ese momento por José Bonaparte, hermano de Napoleón Bonaparte, y por lo tanto bajo el dominio del imperio francés.

    En agosto de 1810, en Buenos Aires, Mariano Moreno, miembro de la Junta de Buenos Aires, redactó el Plan General de Operaciones que tenía como propósito insubordinar a las provincias del Río de la Plata. En tal sentido, debería contar con aquellos caudillos referentes de cada provincia para poder implementar el plan mencionado.

    De ahí que sus allegados le recomendaron que para la Banda Oriental podría contar con dos personas que cumplían con estas características, “un tal José Rondeau y un tal José Artigas”, dice entonces, aconsejando un camino a seguir: “atraerse a dos sujetos por cualquier interés y promesas, así por sus conocimientos, que nos constan son muy extensos en toda la campaña, como por sus talentos, opinión, concepto y respeto”. (1)

    Así entonces hace su aparición nuestro prócer. Conocidos son los derroteros de su historia y los hechos relevantes, de los cuales solo me detendré en alguno que me permita continuar con la línea argumentativa.

    A la Proclama de Mercedes siguió la Batalla de Las Piedras, el primer sitio de Montevideo, el armisticio de octubre, La Redota —expresión de los paisanos que significa derrota, aunque posteriormente se la poetizó bautizándola “El Éxodo” por parte de Frigerio en el año 1882 y que Artigas llamó la emigración—, el campamento del Ayuí, el Congreso de Tres Cruces y el de capilla Maciel, por citar algunos.

    Los problemas entre Artigas y Buenos Aires comenzaron a apreciarse una vez que se conoció cuál era la posición ideológica del jefe de los orientales y tuvo varios momentos de tensión. Uno de ellos lo constituyó el acuerdo de paz negociado por Buenos Aires para que se levantara el sitio de Montevideo, firmando el armisticio en octubre a partir del cual se inició la Redota una vez que Artigas fue elegido jefe de los orientales en la segunda asamblea.

    El segundo revés con la Junta de Buenos Aires lo tuvo el 14 de junio de 1812, cuando arribó al campamento del Ayuí Manuel de Sarratea, puesto al mando del ejército oriental con la orden de retornar a la Banda Oriental, reanudando las operaciones.

    Buenos Aires evaluaba de forma negativa los resultados que Artigas obtuvo con la Redota, lo que le permitió consolidar su liderazgo. De más está decir que Artigas logró sortear los obstáculos que le proponía la Junta porteña. Entre tantos derroteros se llegó al Congreso de Abril, expresión clara y unánime del pensamiento artiguista que trasciende todas las épocas y que configura al día de hoy un horizonte a seguir.

    En este Congreso que se proponía elegir los diputados a la Asamblea General y las propuestas que éstos debían llevar a la misma, se expresaron tres principios fundamentales: independencia, organización republicana y pacto federal. Este último es sin lugar a dudas uno de los más controvertidos y vistos negativamente por la Junta porteña, ya que estableció que cada provincia formaría su gobierno, más el gobierno supremo de la nación, y por lo tanto no existiría un poder central que, en realidad, era a lo que aspiraba a constituirse Buenos Aires. En cambio, Artigas bregaba por la unidad nacional y en sus propias palabras surgió “ni por asomo la separación”.

    Como respuesta a la propuesta artiguista, en junio la Constituyente rechazó sus mandatos alegando vicios de forma y en diciembre se convocó al Congreso de Capilla Maciel, una especie de contra congreso, despertando el enojo y el malestar de José Artigas que ya veía cómo la Junta porteña intentaba, a través de artimañas, injurias y difamaciones, hacerlo a un lado ya que estaba resultando caro a sus intereses de ejercer un poder centralizado.

    A todo esto, el 20 de enero del año 1814 Artigas, con sus tropas, abandonó el sitio instalándose en Purificación desde donde se gobernaría la Liga Federal.

    No es propósito de este escrito detenernos en el gobierno de Artigas y en su legado.

    Debemos decir que en el año 1820, asediado por las fuerzas portuguesas, con un Buenos Aires que las dejó hacer a sus anchas, con la traición de Pancho Ramírez, Artigas se vio obligado a retirarse al Paraguay pidiendo asilo a Gaspar Rodríguez de Francia.

    Se extendería así el período de dominación brasileña y la Banda Oriental seguirá siendo la Cisplatina por cinco años más.

    En 1825, la Cruzada Libertadora encabezada por Lavalleja y los hermanos Oribe —cruzada masona imbuida de sus principios— logró liberar a la Banda Oriental de la dominación brasileña llegando así a la Declaración de Independencia del 25 de agosto de 1825 en la Florida, donde entre otras cosas declaramos nuestra pertenencia a la Argentina.

    Suena fuerte, ¿verdad?

    Significa decir que cada 25 de agosto celebramos ser argentinos, como lo fue Artigas. Pero al comienzo de la nota decía que en coincidencia con Edward Carr, el historiador debe ser riguroso y a las pruebas me remito. Transcribo a continuación parte de la Declaración que permite fundamentar dichas aseveraciones:

    Art. 1 - Declara írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos, aclamaciones y juramentos arrancados a los pueblos de la Provincia Oriental, por la violencia de la fuerza unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil que la han tiranizado, hollado y usurpado sus inalienables derechos, y sujetándole al yugo de un absoluto despotismo desde el año de 1817 hasta el presente de 1825”.

    Incorporación de la Provincia Oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata: “La Honorable Sala de Representantes de la Provincia Oriental del Río de la Plata, en virtud de la soberanía ordinaria y extraordinaria que legalmente reviste para resolver y sancionar todo cuanto tienda a la felicidad de ella, declara: que su voto general, constante, solemne y decidido, es y debe ser por la unión con las demás Provincias Argentinas, a que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce. Por tanto ha sancionado y decreta por ley fundamental la siguiente:

    Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer período de la regeneración política de dichas Provincias”.

    Resuelto el misterio.

    Desde el año 1816, en el Congreso de Tucumán se había proclamado que estas provincias del Río de la Plata pasaban a ser la República Argentina y posteriormente se proclama la Constitución. Es decir, la Banda Oriental usurpada desde 1817 por el imperio de Brasil era parte de la Argentina y en 1825 retornó a su condición.

    Tanto es así que, enterado Lavalleja de la posición del gobierno argentino sobre lo expresado en la declaratoria de independencia, anunció: “Ya están cumplidos vuestros más ardientes deseos, ya estamos incorporados a la gran nación Argentina”.

    Esto llevó a que, acto seguido, Brasil le declarara la guerra a Buenos Aires. Pero esto ya es harina de otro costal, como por ejemplo el saber cómo transitamos a la independencia, el cómo llegamos a constituirnos en república y el papel que desempeñó la Masonería en este proceso.

    Para finalizar, creo haber cumplido con el propósito de demostrar que efectivamente fuimos argentinos, que cuando nos denominamos orientales era en relación al espacio que habitamos en referencia geográfica y que de ninguna manera pudimos ser uruguayos en 1825 porque el Uruguay no existió hasta 1830, por obra y parte de la diplomacia inglesa.

    El racconto, intencionado, de las desavenencias de Buenos Aires con Artigas tuvo como propósito demostrar ese “no lo dejaron ser argentino” y el porqué.

    Por más que nos pese, deberemos leer la historia y nótese que digo leer porque no hay nada que releer. Los hechos son claros y hablan por sí solos. El problema es que fuimos hijos del proceso de construcción de la identidad, el que sin duda responde a un proyecto nacionalizante que como todo proyecto requiere de un mito fundante y de acciones míticas, como el mito de los 33 o el propio Artigas.

    Será obra de quien lea juzgar. Pero sin lugar a dudas las palabras de la presidenta argentina sacan a luz algo que durante mucho tiempo se tergiversó en nuestra historia deformada y que será tarea nuestra aceptar que con aciertos y errores hemos transitado un camino en el cual hemos construido identidad, pero sin héroes de bronce sino con acciones cotidianas, de personas anónimas o del pueblo organizado.

    Prof. José Buslón Soto

    Artigas y Argentina (III)

    Sr. Director:

    Cristina, la historia no es un pijama a medida. Cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Pero lamento pensar que los argentinos, como han demostrado muchas veces a lo largo de su inquieta historia política, saben mucho de fútbol pero poco o nada de a quién elegir presidente.

    La actual presidenta argentina parece intentar iniciar el relanzamiento de políticas napoleónicas, como bien interpreta Arotxa en “El País”, y para eso usa una munición tan gruesa como impresentable: la manipulación de la historia para fines espurios.

    Que Artigas haya sido, pensado ser, intentado presentarse como...¡argentino! exigiría un desdoblamiento temporal impresionante: lo que escribió como Instrucciones en el año XIII se confunde con la primera mención constitucional de República Argentina en su Carta Magna de 1826, trece años después.

    Esa frutilla de la torta que doña Cristina quiere poner como zanahoria para que sus hordas la aplaudan y la sigan votando es totalmente inaceptable, como las declaraciones del embajador que la representa ante nuestro país.

    Solo quien lo amerita por virtudes propias merece mayúsculas y por el momento, la presidenta argentina está lejos de merecerlas.

    Mis respetos a la Historia, a Artigas y a sus hoy día denostados ideales.

    Lic. Juan Carlos Perusso

    CI 1.032.781-0

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