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    Causa de sí

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2116 - 25 al 31 de Marzo de 2021

    Decía Aristóteles que cada cosa apunta al bien, según las exigencias de su naturaleza. En línea con este postulado, Santo Tomás de Aquino sostenía que el bien para los seres humanos es en particular la felicidad, que consiste enteramente en el disfrute de la visión directa de Dios en la próxima vida. Estemos conscientes o no de ello, en esta vida la felicidad efectivamente se logra mediante la contemplación de Dios; es, establece el santo, lo que todos los seres humanos anhelamos. Esto significa que en cierto sentido la voluntad humana es libre, pero en un sentido muy restringido, porque en el plano mediato de la eternidad los seres humanos actuamos por razones teleológicas, con una finalidad que escapa a los dominios que se vinculan con el ejercicio franco de nuestra razón. En verdad no somos libres de elegir a favor o en contra de nuestro fin último; ese fin último está ligado a nosotros por la propia naturaleza de creatura a la que su creador asignó un destino, un para qué. Esa última finalidad no la podemos cambiar, no está en nuestra capacidad hacerlo. En la otra vida nos tocará estar o bien cerca de Dios o bien ardiendo o tiritando en un lugar de soledad, de incomprensión, de abandono sin consuelo.

    Pero, aunque parezca que somos prisioneros de un programa fatalista, Santo Tomás nos va a indicar que en verdad somos libres en un sentido fundamental: podemos elegir medios para ese fin. La situación existencial, el camino por este trabajoso valle de infortunios, vendría a significar puramente que nuestras elecciones —todas ellas, las grandes y las pequeñas— se toman con la idea consciente o secreta de conducir a ese destino final; pero a veces —he aquí el detalle de todas las diferencias— tomamos decisiones equivocadas. La respuesta de Santo Tomás proviene del optimismo intelectualista que está en Aristóteles y que está también en Sócrates y en Platón; afirma que actuamos mal por ignorancia o por distracción o por autoengaño.

    Guillermo de Ockham va a enfrentarse con este extremo desde las antípodas y pretenderá mostrar que cuando nos equivocamos muchas veces lo hacemos a conciencia, interferidos por el deseo, obedeciendo al deseo. Ockham está de acuerdo en que los seres humanos tienen una orientación natural, que tienen una tendencia hacia su propio fin último. Pero —aquí está el gran contraste— no cree que esas tendencias restrinjan sus elecciones. Para Ockham, así también como para Aristóteles y para Santo Tomás, uno puede elegir los medios para lograr su fin último, pero además, y esta es la base de toda la polémica, puede elegir si efectivamente quiere y busca ese bien final, pues no está probado, dice, que se desee ese bien final.

    En aquella época debe haber sido terrible plantearle al hombre semejante posibilidad. Ockham incorpora un factor que se liga con la controversia sobre los alances de la libertad y que consiste en determinar que el individuo es capaz de construir por sí mismo su propio destino conforme a una decisión absolutamente propia, esto es, creativa y presumiblemente responsable. La idea de que el hombre pueda desencuadrarse de una escritura previa de su destino y creer que puede intervenir no en lo que va a hacer o no hacer, sino en lo que su voluntad elige y responsablemente quiere, ha sido considerada como una de las bases para los desarrollos intelectuales del pensamiento humanista. Ahora bien, quitar a Dios del camino de la libertad del hombre puede parecer una proeza en ciertos ambientes, y de hecho tal vez lo fuera en su tiempo, pero también implica el riesgo del relativismo absoluto capaz de derivar en el desierto de las posibilidades sin nombre y sin límite, de la falta radical de una base para construir identidad. Desde el punto de vista histórico, sin embargo, no deja de resultar interesante; Guillermo de Ockham estaba en pleito doméstico con las autoridades de su congregación y también con el mando superior de la Iglesia y entre las varias formas de contestar encontró esta distancia, este desvío.

    Con plantear que el hombre es autor de su futuro ya este pensador incorpora una noción importante para la comprensión de la complejidad del concepto de libertad, que es el poder, y no se refiere al poder sobre las cosas, —es decir sobre la fuerza de la gravedad, la rotación y traslación de los planetas, la enfermedad, la lluvia, la tristeza o la muerte—, sino el poder a la manera de Niezstsche, en cuanto destino personal, creación de sí, causa de sí.

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