N° 2012 - 14 al 20 de Marzo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDebemos a Vilfredo Pareto el mérito de actualizar a Maquiavelo en clave de desencanto moderno. Cuando el florentino leyó la Política de Aristóteles y las descarnadas crónicas de Tito Livio decidió que la única manera de entender las relaciones del poder y las innúmeras miserias de la política, que tanto conocía de cerca, era bajo la óptica de un radical escepticismo; entendió que los hombres que buscan el poder no actúan jamás por fines filantrópicos, que los objetivos de la política son siempre superiores a los límites que naturalmente pone la ética, que los políticos saben que las personas son en general ingenuas y propensas a dejarse engañar y actúan en consecuencia. En fin, Maquiavelo entendió que las pasiones en toda su línea jerárquica, desde las más nobles a las más bajas, son las que gobiernan las conductas y preferencias de gobernantes y gobernados, que la razón nunca es de la partida a la hora de lidiar con los intereses públicos y que en promedio nada bueno se gesta en el corazón de los que luchan para conquistar o conservar o desafiar el poder.
Pareto, a finales del siglo XIX y principios del XX, recogió esas honestas decepciones y levantó una teoría del funcionamiento de las sociedades que se funda precisamente en la identificación de los motivos subalternos de la lucha por el poder. Desmontó, por lo mismo, toda la parafernalia retórica del democratismo en uso, demostrando que en la vida real, a diferencia de lo que ocurre en las cátedras, en los libros y en los discursos, no existe la tan mentada horizontalización del poder, que todo gobierno, todo partido político, por más generosas y límpidas que luzcan las ideas que se invocan como propias, no dejan de ser asociaciones destinadas a la búsqueda de control sobre la voluntad de los que están bajo su influencia o dominio. Dijo que la vida política y la vida social en general es un enjambre de elites que se disputan parcelas del vasto coto de caza que es el mundo habitado por la indolente masa de ciudadanos.
En esta perspectiva el cambio social o las transformaciones de las que da cuenta la historia no son más que un trastocamiento de elites, conmociones ruidosas o discretas al interior de los selectos grupos que comandan el curso de los acontecimientos en el que está envuelta la colección de distraídos a los que la mayoría de los manuales que tratan del tema identifican con nombre de ciudadanía. A esta franja pasiva se le hace creer que es activa, que produce, que decide. Pareto habrá de demostrar que la realidad es siempre realidad de las elites, que no hay nada por fuera de sus determinaciones; salvo, claro está, el derrame hacia los que están abajo. Si vemos cambios en la historia, es porque las elites se modifican.
La investigación de Pareto se orienta a entender estas curiosas variaciones. Leo algunos fragmentos de ciertos parágrafos de su Tratado General de Sociología con aclaraciones sobre el punto: Las aristocracias no duran. Por las razones que sea, es incontrastable que, al cabo de un cierto tiempo, desaparecen. La historia es un cementerio de aristocracias. (...) No es solo por el número por lo que ciertas aristocracias decaen, sino también por la calidad, en el sentido de que disminuye en ellas la energía y se modifican las proporciones de los residuos que les ayudaron a adueñarse del poder y a conservarlo. (…) La clase gobernante es restaurada no solo en número sino, y esto es lo que importa, en calidad por las familias que vienen de las clases inferiores, que le aportan la energía y las proporciones de residuos necesarios para mantenerse en el poder. (…) Donde uno de estos movimientos cesa, y peor aún, si cesan ambos, la parte gobernante va hacia su ruina, que a menudo lleva consigo la de toda la nación. Es causa poderosa de turbación del equilibrio la acumulación de elementos superiores en las clases inferiores, y viceversa, de elementos inferiores en las clases superiores. Si las aristocracias humanas fueran como las razas elegidas de animales, que se reproducen durante mucho tiempo, aproximadamente con los mismos caracteres, la historia de la raza humana sería enteramente distinta de como la conocemos. Gracias a la circulación de las clases selectas, la clase selecta de gobierno está en un estado de continua y lenta transformación, fluye como un río, y la de hoy es distinta de la de ayer.
Por haber corrido el telón para ver de qué está hecho el escenario en el que nos creemos actores Pareto merece, con mucho, nuestra estima.