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    Champán para todos

    N° 1963 - 05 al 11 de Abril de 2018

    Música, poesía, intérpretes.

    Pero en el tango siempre hay algo más.

    Hubo un lugar donde actuó la espectacular Mistinguette, de cuya visita se cuenta que, tras festejar en un reservado borracha de champán, salió olvidando su pollera, hecho que causó un gran revuelo por el intento de verle, más al natural, sus increíbles piernas.

    Ese sitio lo visitaron, en sus 35 años de reinado en la noche de Buenos Aires, escritores como Pirandello y Albert Camus, nobles como el duque de Windsor y el príncipe Bernardo de Holanda, gente del espectáculo como María Félix, Orson Welles, Vittorio de Sica, Maurice Chevalier y Errol Flynn, músicos, bailarines y cantantes como Malcuzinsky, Stocovsky, Josephine Baker, Tito Schippa —quien cantó una noche, a la entrada, porque se lo pidió una anciana mendiga— y gente tan extraña como Alí Khan o el polígamo marajá de Kapurthala con su séquito de esposas, y tan indefinible como Walt Disney, que cada noche regalaba dibujos, ebrio, de Mickey y Donald a las bailarinas.

    Era el Tabarís, el cabaré más famoso de Sudamérica en su época, al que Le Quotidien parisino promocionaba así: Si vous allez á Buenos Aires, n´óubliez pas de faire un tour au Ta-Ba-Riz.

    Más allá de la resonancia de sus visitantes y de la actuación de famosos artistas contratados, siempre fue un espacio para el tango: Gardel era habitué y cantó repetidas veces y en su escenario debutaron, muy jóvenes, Troilo y Pugliese. Pichuco le confesó en un reportaje a María Esther Gilio:

    —A los catorce años, ya de pantalón largo, empecé a trabajar contratado; ahí conocí a Vardaro, a Contursi, a Osvaldo. Hacíamos tango de vanguardia. Íbamos a trabajar a las seis de la tarde y no parábamos hasta que se iba el último borracho. Había días en que terminábamos tocando con el sol en la cara.

    El Tabarís encabezó la Belle Époque de la noche y la bohemia loca de los cabarés. Entre la multitud de tangos que hablan de ese tiempo y esa vida hay que mencionar, cuanto menos, a Zorro gris, Grisetta, Madame Ivonne, Acquaforte, Tal vez será mi alcohol, Che, papusa, oí, Mano cruel, Esclavas blancas, Pucherito de gallina, Pompas, Moneda de cobre y Aquel tapado de armiño.

    El Tabarís fue inaugurado el 7 de julio de 1924 en Corrientes 831, en la planta baja del Royal Pigalle, accidentadamente: no funcionó la calefacción y la honorable y nutrida concurrencia debió permanecer, y hasta bailar, con sus abrigos.

    Su fascinante historia comenzó en 1905, cuando el local superior lo ocupaba el diario de origen francés Le Courrier del Plata; poco después fue adquirido por el teatro Royal, que ubicó en el espacio disponible, abajo, al cabaré Royal Pigalle, que cerró al poco tiempo. En 1924, Andrés Trillas, francés hijo de españoles que había llegado al Río de la Plata a los 14 años, compró el edificio, reconvirtió en teatro el Royal Pigalle y creó en su antiguo lugar, a todo lujo, el cabaré al que Cadícamo dedicó este verso: —Che bacán de rango misho, te diré algo:/ me alegra relojearte entre toda la mersa que va al Tabarís

    Los hombres entraban de smoking y las damas de vestido largo. Concurrían parejas, pero la mayoría del público eran hombres solos que usaban algunos palcos y reservados, ocultos por espesos cortinados, para caer en la tentación de las llamadas “poupées de importación”: jóvenes francesas y polacas, las primeras en fumar en público, con las que, al menos a partir de la medianoche, había que tomar abundante champán —cada copa costaba la mitad del sueldo de un trabajador común— y luego acordar el precio del encuentro carnal.

    Pero a toda fiesta le llega su final.

    En la madrugada del 19 de enero de 1959, desbordado por una muchedumbre, discurrió la última noche del mítico Tabarís. Una fortísima crisis financiera impuso el cierre.

    Por años alquilado, por años abandonado, a punto de ser demolido, el edificio se salvó porque en 1981 lo compró el empresario teatral Carlos Rottemberg. No obstante, no fue la salvación definitiva: también acuciado por deudas, Rottemberg lo alquiló a una iglesia evangélica —una de tantas paradojas sorprendentes en la aventura del tango y sus lugares—, aunque en 2006 recuperó oxígeno económico, rescindió el contrato y sumó allí dos salas más a su circuito de escenarios.

    Dicen que aún hoy por los alrededores hay quienes creen advertir, en una brisa de fiesta, los espíritus de Gardel, la Baker, la Mistinguette, Chevalier, los nobles y, claro, del gordo Pichuco…