N° 1858 - 10 al 16 de Marzo de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa afición hipertextual lo llevó a Borges a traficar con el arte de Dante como pocos lo han hecho con tanta luz. El resultado perfecto fue El Aleph, otro de sus varios cuentos en los que, al igual que Dante en la Comedia, se introduce como personaje.
El cuento está narrado en primera persona por una voz que desde las primeras frases adivinamos, por su desolación y su manejo escéptico e irónico de las conjeturas, que tiene alguna relación con el escritor Borges que conocemos. El tono melancólico con el que administra lo irreparable, la pérdida, esa incurable imposibilidad que como decorosa llaga subyace en sus poesías de amor de todas las épocas es el mismo, no otro, con el que abre el cuento: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación…” Pocas líneas más abajo tenemos nuevamente el elemento autobiográfico, que recuerda la descolocada relación de Borges con las hermanas Lange, y con otras mujeres de la misma estirpe y clase, a las que pensaba impresionar con su incipiente actividad literaria e intelectual, y de las que no obtuvo sino la admirada conmiseración. En el aniversario de Beatriz decide ir a visitar la casa de la joven, en la calle Garay, y en virtud de que ella está muerta, dice, se encuentra pensando que ya “no estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos”.
Tenemos, pues, a una Beatriz ida para siempre, tenemos al escritor que medita acerca de su soledad, que es mordido por el destierro de la incomprensión como Dante lo fue por la maldad de los Güelfos blancos, y lo que faltaba para completar el cuadro de la ceremonia hipertextual era Virgilio, que el sentido del humor de Borges encarna en el disparatado Carlos Argentino Daneri, el exacto inverso —por su grotesca fatuidad y notoria incapacidad rítmica y su crasa falta de delicadeza— del poeta al que Dante imitó y adoptó como modelo, según confiesa en el canto I del Inferno. La trama, al igual que en la Comedia, consiste en tentar la posibilidad de que el escritor se pueda encontrar otra vez con la Beatriz muerta, antes de lo cual ha de pasar por el infierno, que en el cuento de Borges consiste en escuchar los irregulares y espantosos alejandrinos de Argentino Daneri. El encuentro tendrá lugar no al borde del Purgatorio, sobre la cima de la esperanzada montaña, sino en el decimonono escalón de la escalera del sótano de la casa de la calle Garay, donde había vivido Beatriz; allí hay un punto que contiene el universo. La experiencia, como la del personaje Dante en la Comedia, es del todo mística; el Aleph le permite entablar diálogo con todos los retratos y con las cartas obscenas de Beatriz, con los llorados despojos aguardándolo en el cementerio de la Chacarita, con su irrecuperable mirada, con los íntimos desprecios que atesoraba para ese engañado amante cobarde y platónico que nunca le mereció la bendición de una sonrisa. Al término de esa turbulenta epifanía, y cuando todavía estaba bajo el influjo de las fantásticas visiones, escucha la voz “aborrecida y jovial” de Carlos Argentino, que le dice: “Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!”·
Es desde esa exacta línea que toda la fábula —el mágico escalón donde está el diminuto punto aleph, que encierra todo el infinito, todos los colores, todos los sonidos, todos los rostros, todas las realidades pasadas, presentes y futuras, que expone el mundo como lo vería un dios omnipotente y omnisapiente; la mujer que no lo quiso nunca y que albergaba sórdidos secretos—, todo, en los tres tiempos que le son asequibles al hombre, parece convertirse en realidad, se hace posible. Una calle reconocible de Buenos Aires, una casa como tantas, la ligera y casi incidental mención de unos apellidos fácilmente identificables en el almanaque de Gotha del patriciado local —los Villegas Haedo, los Alessandri, el doctor Bonfanti—completa el conjunto de indicios que encontrarán su rotunda convicción cuando aparece el nombre de Borges —escritor, poco o nada amado por las mujeres que creyó amar, en la época de la escritura del cuento y apenas reconocido por su talento y su cultura— los rasgos terminantes de realidad.
Le creemos a Dante cuando baja los ojos ante los implacables reproches de Beatriz, en los bordes del Purgatorio; lo sabemos sufriente y lo que Beatriz le dice, con un amor similar al de la madre que recrimina severa pero amorosamente la inconducta de su hijo, desarma la entereza del poeta y lo hace ruborizarse. Los lectores nos apiadamos y avergonzamos con él. Con análoga eficacia, cuando Daneri nombra a Borges la fábula cierra el cerco sobre nuestra incredulidad y nadie, desde entonces, se atreve a negar que no hay un Aleph en cierta casa de la calle Garay y que la herida que Beatriz le dejó al poeta todavía está manando sangre.