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    China: ¿parte de la solución o del problema?

    N° 1672 - 26 de Julio al 01 de Agosto de 2012

    Con Europa en recesión como consecuencia de la crisis de deuda soberana que comenzó hace más de dos años y con Estados Unidos mostrando señales de desaceleración evidentes en los últimos meses, los ojos de todo el mundo nuevamente vuelven a centrarse en la economía china porque lo que ocurra en el gigante asiático será determinante para la marcha de la economía mundial en los próximos trimestres.

    Los últimos indicadores conocidos para la economía china han mostrado señales mixtas. Por un lado, el nivel de actividad mostró una desaceleración en el segundo trimestre del año, cuando el PBI creció 7,6% en relación al mismo período del año pasado, la tasa más baja desde comienzos del año 2009. La desaceleración ha sido particularmente marcada en la producción industrial y en los flujos de comercio exterior, tanto a nivel de exportaciones como de importaciones, aunque las ventas minoristas y la inversión en activos fijos se mantuvieron relativamente bien. Por otro lado, los datos de inflación a junio mostraron una reducción significativa (los precios al consumo crecieron 2,2% respecto a junio de 2011, el ritmo más bajo en 29 meses y casi la mitad del objetivo de las autoridades de 4% anual), al tiempo que las cifras de préstamos bancarios y de agregados monetarios mostraron una recuperación en los últimos dos meses, lo que parecería estar indicando que las medidas de bajas de encajes y de las tasas de interés adoptadas por las autoridades chinas han comenzado a tener los primeros impactos.

    Esta semana, el FMI presentó su informe anual sobre China y llegó a la conclusión de que la economía china “parecería estar atravesando por un ‘soft-landing’ aunque sigue enfrentando riesgos muy significativos”. También señaló que conseguir efectivamente un “aterrizaje suave” representa un desafío significativo y confirmó que espera un crecimiento del PBI de 8% para 2012 (levemente por debajo del 8,2% que proyectaba en abril) y una aceleración del crecimiento al 8,5% para 2013 (frente a 8,8% que preveía en abril).

    Como para todo el resto del mundo, el riesgo más significativo que enfrenta la economía china es el de un deterioro mucho mayor del contexto externo por una profundización de la crisis de deuda europea, aunque a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países, el gobierno de Pekin se encuentran en una posición muy buena como para responder al eventual mayor deterioro de las condiciones externas con nuevos estímulos fiscales o monetarios.

    En todo caso, y más allá de que es claro que China tiene los medios para neutralizar —al menos en el corto plazo— los impactos de una eventual profundización de la crisis de deuda europea, los desafíos que enfrentan sus autoridades para conseguir un “aterrizaje suave” de su economía en medio de un ambiente externo menos favorable son muy significativos.

    En primer lugar, China todavía debe lidiar con las consecuencias del enorme programa de estímulo fiscal y sobre todo crediticio que aplicó en 2009 para enfrentar el impacto de la crisis financiera internacional desatada por la quiebra de Lehman Brothers y el colapso del mercado hipotecario “sub-prime” en Estados Unidos, por un monto equivalente a casi 40% del PBI. Dicho masivo programa de estímulo contribuyó a “inflar” todavía más la “burbuja” en el mercado inmobiliario chino y agravó el problema del exceso de capacidad instalada en muchos sectores productivos, lo que en un contexto de demanda deprimida en todo el mundo como el que hay ahora, llevó a una importante baja de la rentabilidad en la mayoría de las empresas. Tanto los problemas en el mercado inmobiliario como el exceso de capacidad instalada en muchos sectores provocará un deterioro importante en la calidad de la cartera de créditos de los bancos y, seguramente, el gobierno chino deberá destinar grandes recursos para recapitalizar su sistema financiero.

    En segundo lugar, aunque muy ligado a lo anterior, China deberá “rebalancear” su demanda interna, disminuyendo sustancialmente el ritmo de inversión y aumentando el consumo del sector privado; algo que es muy difícil de hacer rápidamente, sobre todo teniendo en cuenta que el “milagro” chino de los últimos 30 años estuvo basado justamente en la inversión y en las exportaciones.

    En tercer lugar, si bien es cierto que la baja de la inflación en los últimos meses permite al gobierno chino un mayor margen para seguir reduciendo las tasas de interés y continuar expandiendo la política crediticia vía nuevas rebajas en las tasas de encaje, el reciente repunte de los precios de los granos en los mercados internacionales puede hacer que la situación cambie muy rápidamente. Además, dado que todavía hay que “digerir” las consecuencias de la anterior ronda de estímulo de 2009, las autoridades chinas probablemente sean muy cuidadosas en relación a la magnitud del eventual estímulo monetario y crediticio adicional a aplicar.

    Finalmente, hacia fines de este año se debe procesar el recambio decenal en el liderazgo del Partido Comunista chino así como a nivel de las autoridades de gobierno. Esa circunstancia puede dificultar la toma de decisiones en el área económica en medio del proceso de transición política.

    Teniendo en cuenta esta realidad, y más allá de que lo más probable es que efectivamente China consiga un “soft-landing” para su economía, es seguro que el tipo de influencia que tendrá sobre la economía mundial y sobre los precios de las materias primas será totalmente diferente al que se dio durante los años 2009 y 2010.

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